

Tenía clavadas sus estrellas en el cielo, mezcladas con el resplandor artificial de las pantallas.

A veces, conectar con alguien va más allá de las lenguas; surge de esa sintonía única que se da de manera totalmente espontánea.

Aquella, constelación fija en el firmamento; yo, polvo estelar de paso por un reino extraño, flotando en la fragilidad de lo efímero.

Pertenece a ese territorio inseparable donde no se entra acompañado. Su sonido exige soledad, no la soledad vacía, sino la habitada, la fértil.

La barrera del prejuicio se rompió y, por primera vez, la música no solo se escuchó, sino que retumbó con una fuerza excesiva.