
Aquella, constelación fija en el firmamento; yo, polvo estelar de paso por un reino extraño, flotando en la fragilidad de lo efímero.

Pertenece a ese territorio inseparable donde no se entra acompañado. Su sonido exige soledad, no la soledad vacía, sino la habitada, la fértil.

La barrera del prejuicio se rompió y, por primera vez, la música no solo se escuchó, sino que retumbó con una fuerza excesiva.

Estoy viajando en el tiempo, soy un espectador anacrónico de la magnificencia imperial.

El frío implacable, se colaba por los resquicios del vehículo como un cuchillo helado. No era solo el aire; era la tierra misma la que parecía exhalar un aliento gélido.

La fotografía que yo anhelaba no admitía tales distracciones; necesitaba el alma desnuda de la arquitectura, no su versión comercial y ruidosa.