(Ultima parte: El ocaso de la fuga)
Octubre 12
5:00 a.m.
Roma
El motor de la van se ha apagado, y con él, el eco de los kilómetros que nos ha regalado la E35. Hemos conquistado la noche y, por fin, hemos alcanzado la ciudad eterna. La llegada, como ya estaba previsto, se ha terminado en plena madrugada, tras serpentear por una ruta que exigió cada ápice de la concentración. Es un destino inoportuno por la hora, agotador por el esfuerzo, pero la satisfacción es inmensa: estamos en Roma.
A esta hora, la metrópolis se revela en un estado de vigilia suspendida. El bullicio diario, el rugido de la vita romana, ha cedido su espacio a un silencio majestuoso. A primera vista, la ciudad se levanta como un coloso oscuro, inmensa y cargada de un peso histórico que se siente palpable incluso a través del cristal.
Las grandes avenidas se encuentran semi desiertas, sus luces brillan con una intensidad que el escaso tráfico de esta hora no logra disipar, y esas sombras envuelven los monumentos añadiéndoles un aura de misterio y antigüedad.
El móvil en mi mano se siente como una pesada carga, contiene la ambición de un novato, un mapa trazado con una urgencia irreflexiva, la voluntad de abarcarlo todo en un puñado de horas.
Querer dominar Roma en una mañana es un espejismo, una dulce locura.
El nombre de los lugares —Piazza Navona, el Panteón, la Fontana di Trevi— se arremolinan en mi cabeza, y la lista de pendientes es tan vasta que la sensación de desborde es inmediata y física. La ciudad es demasiado grande, demasiado rica para ser consumida de un solo golpe.
El conflicto del novato.
La lógica se impuso al entusiasmo desmedido. El primer movimiento, el más crucial del día fue pragmático: parquear el coche y examinar la estrategia.
Mientras evaluábamos el mapa, la respuesta se impuso por sí misma.
Le planteé a Gino la necesidad de una prioridad innegociable:
“Loco” —le dije, visitar el Coliseo es lo principal, es el pilar de este viaje. Es el único elemento que no puede esperar. Todo lo demás tendrá que aguardar una ocasión más pausada y merecida.
Él asintió de inmediato, comprendiendo la necesidad de ser precisos ante el poco tiempo.
Este roadtrip se ha convertido en un peregrinaje batallador, corto y agotador, pero centrado en los hitos esenciales. Hemos puesto el marcador en el Coliseo.
El resto del descubrimiento, la auténtica inmersión romana, queda pospuesta.
Octubre 12
5:25 a.m.
Colosseo
La madrugada se disipaba lentamente tiñendo el horizonte de una promesa rojiza. Hemos culminado la travesía, llegamos justo cuando el silencio de la noche cedía al primer aliento del día. La fortuna, caprichosa aliada del viajero, nos sonrió al revelarnos un espacio para parquear por la Vía Eudossiana, una inesperada bienvenida que parecía otorgada por los propios dioses romanos.
Camino por la Piazza del Colosseo cerca de la estación del metro, aun a oscuras entrando por la Vía Celio Vibenna circundando la ciudadela, más allá el foro romano y el Palatino. No hay gente alrededor por estas vías, no por ahora, solo un par de cámaras buscando el ángulo perfecto al amanecer.
Y allí, en el corazón mismo de la Roma ancestral, se alza El Anfiteatro Flavio.
No es una mera estructura, sino un coloso de piedra que se impone a la propia gravedad y al tiempo. Su silueta, recortada contra el cielo pre amanecer, es la definición tangible de la eternidad.
Es imposible pararse hoy frente a sus arcos destrozados y sus muros horadados por el tiempo sin sentir el peso abrumador de dos mil años de historia oprimiendo el aire.
El día no solo amanece; se revela con una majestuosidad sin aviso. La noche ha sido desmantelada por un cielo azul implacable y despejado. El brillo celestial de ese sol naciente no es un simple destello, sino una iluminación divina que golpea el Coliseo justo en el margen donde estoy detenido. Esta luz dora las ruinas, intensificando las texturas de la piedra milenaria.
¡Es un amanecer triunfal CSM!
Observar este espectáculo es presenciar una metáfora tangible: la luz que baña el anfiteatro es un reflejo vívido del esplendor incomprensible y la complejidad brutal de la civilización romana. Es la hora en que el Coloso parece despertar, mostrándonos en cada sombra y cada arco la inmensidad de su ingeniería y su espíritu indomable.
Esta no es solo diseño; es el eco petrificado de la gloria, la crueldad y la grandeza de un imperio que dictó el curso de una civilización. Cada bloque de travertino, cada sombra proyectada en la arena invisible, parece vibrar aún con los rugidos de la multitud, el toque de las espadas y el destino de gladiadores y emperadores. No se trata solo de verlo, sino de sentir la fábula fluir a través de uno, reconociendo que uno está parado, hoy, justo en el centro del mundo antiguo. Es un momento de humildad y de asombro absoluto.
No hacen falta palabras adicionales. Podría intentar enumerar los datos, citar lo ya escrito, hablado y escuchado sobre este monumento que ha sido testigo mudo de dos milenios de historia humana, pero esas son meras crónicas; la experiencia es otra dimensión.
Y una vez más, en esta odisea de prisas y desafíos, la espera ha cobrado su mejor y más gloriosa revancha. Toda la ruta, todo el agotamiento y el sacrificio de kilómetros incesantes, se justifica y se disuelve en este instante de pura contemplación.
La meta se ha cumplido, y no de cualquier forma, sino con la espectacularidad de un amanecer ante una arquitectura icónica de la humanidad. El gran Coliseo Romano ha sido conquistado, asegurando su lugar como la segunda maravilla del mundo en mi lista personal de peregrinajes.
En este preciso y glorioso instante, al sentir el peso del tiempo y la calidez del sol sobre mi semblante, no solo estoy viendo historia; estoy viajando en el tiempo, soy un espectador anacrónico de la magnificencia imperial.
Octubre 12
10:50 a.m.
Descifrar la eternidad
Entender Roma exige tiempo y paciencia, una lección que aprendemos mientras navegamos una ruta alterna, equilibrando la variación de paisajes con el peso de la debilidad. Este viaje no es solo un traslado; es una revisión del pasado. Es volver a las páginas de esos manuales de cuentos universales que ojeábamos en la facultad, con la promesa íntima de algún día verificar su peso en el tiempo y el espacio.
Hemos venido a confrontar esos episodios, a dejar de ser meros espectadores para convertirnos en testigos —y a la vez, en corroboradores— del inmenso peso de la historia sobre el mapa.
Dejando atrás la Ciudad Eterna, el asfalto nos ha tragado a través de Capranica, Vetralla y Grosseto. Una estela de villas y paisajes efímeros que, por la concentración del manejo, se escapan a la percepción consciente, convirtiéndose en nombres murmurados por el viento.
La idea inicial era ambiciosa y audaz: llegar hasta Pisa, un chapuzón en el Mar Mediterráneo y luego emprender la salida de Italia.
Pero hay que ser claros, el organismo es un tirano exigente que el cronograma. Es imposible imponer la voluntad a la materia agotada. Si, esta repetido mil veces en estos apuntes del diario, pero es así el día tras día.
Nos hemos detenido en un pueblo sin nombre destacado, para un acto crucial de humildad viajera, replantear el viaje. Sí, una vez más, la ruta ha demostrado que ella es quien dicta las reglas. Y en esta pausa, se revela la verdad: los grandes descubrimientos a menudo suceden no en el destino, sino en el repliegue estratégico.
La catedral de Colonia, el castillo de Eltz, el duomo de Milano y el coliseo de Roma, agotaron totalmente mis expectativas, creo haber traspasado lo visual y la emoción que, a esta instancia del viaje, siento que nada podría levantarme del asiento y hacerme correr al encontronazo. Ese feeling está copado hoy.
Luego de este necesario repliegue estratégico y un análisis descarnado de la situación, la incertidumbre se disipa. La base nos llama.
Ha llegado el momento de declarar el inicio “oficial” del retorno a Kiel, el puerto de origen que funge como la base logística y emocional de este roaddtrip. Pero el camino de vuelta no será una simple retirada. Antes de culminar la travesía, nos espera un objetivo ineludible, el encuentro con Estyb en Torino, un paréntesis de camaradería y el vibrante eco de un concierto.
Pasaremos por las afueras de Livorno, Pisa y parte alterna de la Toscana.
Octubre 12
7:00 p.m.
Genova
Optamos por la carretera alterna en vez de la principal, pensando llegar más rápido al norte italiano, grave error. Lo que prometía ser un atajo eficiente se convirtió en una odisea a través de una red secundaria de caminos sinuosos y una red de túneles anclados en el tiempo, demostrando una vez más que la prisa es, a menudo, la peor consejera en la planificación de un viaje.
Bordeamos la ciudad desde las colinas y desde aquí arriba, el puerto se ve muy interesante y llamativo. Es una postal vibrante de actividad y verticalidad. Las aguas, de un azul profundo que contrasta con el ocre y la terracota de la arquitectura, están salpicadas de veleros que parecen miniaturas y grandes buques de carga que se mueven con una solemnidad casi bíblica. Un punto de observación privilegiado que ofrece una panorámica sobrecogedora.
Las edificaciones sobre las colinas son lo que verdaderamente captura la mirada. Se amontonan en una lucha desesperada contra la gravedad, escalando las laderas escarpadas con una obstinación arquitectónica fascinante. Filas interminables de casas de mil colores alrededor mientras atravesamos la ciudad. Este patrón crea una ilusión óptica y hace parecer que casi todo está algo apretado, como si la ciudad hubiera sido comprimida por la presión de los montes que la custodian.
La ruta, por pura inercia y la inexorable gravedad de la carretera, nos llevó, de manera inevitable directamente a la salida más inmediata.
Es así como nos metimos en una hilera interminable de túneles y tráfico que cortaban y perforaban la espina dorsal de la ciudad portuaria.
Estos túneles no eran simples pasajes; eran cámaras claustrofóbicas, oscuras y ruidosas, que amplificaban la ansiedad. Cada boca de túnel prometía la salida solo para desembocar en otra densa arteria de asfalto, un cuello de botella tras otro.
Allí, en el corazón palpitante del tráfico local, el problema no era solo la congestión, sino la actitud, nos encontramos inmersos entre conductores poco centrados (o quizás, demasiado centrados). El concepto de “espacio seguro” se evaporó. Las distancias se miden en centímetros, los intermitentes son meras sugerencias y el claxon, lejos de ser una advertencia, parece un saludo cotidiano.
La tensión se incrementa por el contraste normativo, se siente que no se sigue la norma, al contrario, se maneja al máximo. Es una danza de alta velocidad en la que la paciencia es una debilidad y la vacilación es castigada con un rugido de motor a tus espaldas. Los conductores italianos parecen poseer un sexto sentido para el dinamismo, interpretando las reglas de tráfico como un punto de partida, no como una restricción.
La presión es absoluta. El auto se convierte en una burbuja de estrés donde cada decisión debe ser instantánea y firme. Sudorosos y con los sensores a punto del colapso avanzamos por estas vías.
Es la cultura de conducción agresiva italiana en su máxima expresión.
Densos túneles activan los nervios a esta hora.
Octubre 12
9:20 p.m.
Torino
Luego del tornado de hace poco, ahora viene algo de tranquilidad en el recorrido.
La carretera, antes una cinta convulsa de asfalto gris batido por el viento y el miedo, se extendía ahora bajo un cielo oscuro que era una promesa de paz. Había quedado limpia, extrañamente pulida. Un silencio pesado, casi reverente, había reemplazado el aullido del huracán.
Tocamos Alessandria por la E25 para tomar la E70 directo al tropezón con el amigo Estyb. Mientras las señales de tráfico pasaban junto a la ventanilla como hojas impresas, era imposible no sentir el cambio de ritmo. Este tramo era una especie de tregua y descanso nacional en esta guerrera ruta macondiana.
Entramos a Torino casi sin saberlo y en un instante ya estamos aquí. La ciudad se reveló de golpe, pasando de campos abiertos a una marea de edificios solemnes de piedra parda, con arcadas que prometían una historia densa y un menu excelente. Seguimos la ruta que nos sugirió el ragazzo; un GPS humano, un nombre olvidado que ahora era un hilo firme en este laberinto europeo.
La mente viajó, mucho más lejos que esté presente italiano.
A Estyb lo conozco desde el laberinto del barrio post punk de la era fluvial accidentada de la Lima gris.
Éramos sombras flacas, echando ron por el parque con la otra gente, discutiendo sobre sonidos irreverentes y la inutilidad de los mapas del futuro.
El tiempo no pasó, se doblegó; un siglo fue un chasquido. Y ahí llegamos, luego de otros doscientos años de silencio y ciudades intermedias al empalme. Un contacto que se sentía tan orgánico como el primer pisco en el parque.
Por teléfono se asoma al sonoro clásico, ese timbre de voz inconfundible que no ha envejecido un solo día. “Parquea el auto aquí y no hay problema, busssss…” La frase llegó cargada de la familiaridad de antaño.
Llegamos a su aposento. Estyb abrió la puerta con esa característica que ya conocía, la misma que desafiaba cualquier adversidad o diferencia horaria. El olor a hogar, a comida y a humanidad, inundó la respiración, desplazando el aroma a gasolina y polvo de la carretera. La mochila cayó al suelo con un golpe sordo, un peso menos en la espalda y otro peso menos en el ánimo. Finalmente se podrá dormir en un colchón, una superficie estable donde la gravedad haga su trabajo, y roncar hasta que nos dé tos.
La ciudad, esa urbe piamontesa de elegancia pétrea y pasado regio, se rindió al momento crucial de nuestro encuentro. Éramos tres almas desterradas de Lima, por fin sincronizadas bajo un mismo techo. La nostalgia fue inmediatamente exorcizada por la ofrenda culinaria del anfitrión, una monumental y suculenta olla peruana, no solo como alimento, sino como un néctar del hogar que nos abrazaba con la fuerza de un juramento ancestral.
La máquina de sueños al caer la noche y la travesía nocturna entraba en espera, la energía acumulada nos impulsó a la conquista de Torino. El vehículo, un diminuto, pero indomable Fiat 500. Abandonamos el santuario de la mesa para deslizarnos por la vía Errico Giachino, una arteria que nos condujo a través de la penumbra de la ciudad, teñida por los faroles dorados que revelaban la arquitectura barroca.
El objetivo no era casual, sino un atraco cervecero: la Birreria Manhattan.
Tras un corto viaje que pareció cruzar no solo kilómetros sino también los años que nos separaban, llegamos al umbral de la protesta de la noche. Una carbonada piamontesa en sartén de hierro, unas birras y cotorreo incesante.
La mesa se transformó en un recipiente donde se fundían las épocas. Éramos tres hombres, algo extraños por el peso de los años transcurridos y el bagaje de mil historias tejidas en geografías distintas. El tiempo nos había tallado, nos había enriquecido y, quizás, nos había endurecido. Sin embargo, la esencia perduraba, y ese reencuentro, esa primera noche sagrada en Torino, era la prueba irrefutable de una proximidad inquebrantable.
Estábamos aquí, redimiendo el pasado, celebrando el presente y bebiendo por todos los futuros.
Octubre 13
Torino del ragazzo
La jornada se inauguró con el ritual matutino, un desayuno clásico italiano, rápido y potente, previa caminata por el barrio. El clima jugaba a favor, la temperatura, aunque fresca, se mantenía en un rango suave y tolerable, lejos del rigor helado. El cielo se presentaba nublado, no con amenaza, sino con una serenidad difusa que filtraba la luz, confiriendo a las calles un tono melancólico y cinematográfico. Era, sin duda, un día de esplendor contenido, perfectamente orquestado para la inmersión y la exploración profunda.
Iniciamos el descenso al laberinto subterráneo. Chapamos el metro y lo que el destino decida.
La tarea de describir y catalogar las vivencias se torna cada día más compleja y deliciosamente intrincada. A medida que las jornadas se suceden, la memoria comienza a tejer un tapiz donde los límites geográficos se difuminan. No es solo un cúmulo de recuerdos, sino una amalgama sensorial compuesta por tantas “pinceladas” de momentos inesperados y detalles fugaces que, paradójicamente, casi todas las ciudades visitadas parecieran converger en una sola entidad. Esta saturación de estímulos ha generado una dulce confusión en mis “sensores”, volviendo el registro una labor menos de cronología y más de captura de esencias.
La metrópoli emerge con una personalidad fuertemente definida, aunque sutilmente entregada. La ciudad no grita su grandeza, sino que la presume con una elegancia barroca permanente que se extiende a lo largo de barrios enteros. Este lucimiento histórico no está fosilizado; al contrario, dialoga con una profusión de edificios modernistas que no solo añaden años a la historia, sino que inyectan capas de sofisticación arquitectónica y diseño atemporal. Es una urbe de arcadas interminables y palacios de piedra que susurran historias de la Casa Savoia.
La vida de Torino transcurre apaciblemente a orillas del río Po, un elemento que aporta serenidad y estructura al paisaje urbano. Este no es un lugar de atracciones turísticas aisladas; es un ecosistema donde la historia, la cultura y la gastronomía de la región del Piamonte se empalman de una manera que resulta genuina y, crucialmente sin prisas. La experiencia turinesa invita a la lentitud, a saborear cada plaza y cada rincón con calma.
Sin saberlo inocentemente, caímos de golpe por la Piazzetta Reale. El impacto visual es inmediato y sobrecogedor, la imponente presencia del Palazzo Reale di Torino, antigua residencia de la realeza, se complementa con la riqueza arquitectónica del Palazzo Madama. Siendo un testigo mudo de la trascendencia de Torino, al haber sido la primera capital de Italia, un dato que resuena con un peso cívico palpable. Y, por supuesto, es imposible recorrer Torino sin notar su silueta distintiva, la Mole Antonelliana.
Un detalle fundamental que eleva la calidad de la experiencia turinesa es la atmósfera que se respira, se percibe un gran movimiento en sus calles, una vibración constante de la vida local, pero notablemente con una baja afluencia de turistas. Este dato, a menudo buscado por el viajero que escapa de las multitudes masificadas, es un punto a favor extraordinario. Significa que la ciudad se vive, se consume y se habita principalmente por sus ciudadanos, permitiendo que la visita se sienta como una inmersión auténtica en el ritmo piamontés, lejos del bullicio de otros destinos italianos más saturados.
El regreso a la posada marca un punto de inflexión en el día, devolviendo el ritmo pausado a la experiencia. Tras las inmersiones barrocas y modernistas de la jornada, la recompensa es puramente doméstica y genuina. Estyb se mandó una carbonada, si otra, pero esta vez hecha en casa y para bajarla un vino tinto. ¡Buena!
Mas tarde, vagabundear por el Complejo del Lingotto (la fábrica Fiat) y visita al estadio de la Juventus al otro extremo. Ya van dos.
El tránsito se ameniza con un par de cervezas que, por su elección, ya insinúan un sabor de la Italia menos conocida, Ichnusa (Cerdeña) y Messina (Sicilia), al menos en mi caso.
La cena es, de nuevo, un acto deliberadamente sencillo y auténtico, una pizza “meramente local” allá en la esquina de la Quilca italiana.
Recordar la adolescencia en un contexto de exploración adulta añade una capa de nostalgia y perspectiva. Se contrastan las esperanzas y las realidades de la juventud con el presente vivido en la ruta, creando un poderoso sentido de continuidad en la vida. Torino ha proporcionado el escenario, pero la verdadera riqueza ha estado en la conexión humana y el alimento emocional.
Resonando en mil palabras, cebada y comida local.
¡Buena tertulia en el parque, Grazie ragazzo!
Octubre 14
11:15 a.m.
Del latín al galo
El día comenzó después de un meritorio descanso que solo un buen viaje sabe exigir. Tras una noche reparadora, la mañana se selló con una larga ducha revitalizante y el último desayuno italiano.
El proceso de empacar se sintió diferente, ya no era una simple tarea, sino el acto de cerrar un lapso. Nos despedimos de Estyb con sincero afecto, prometiendo mantener el contacto, y le dijimos adiós a la ciudad que tan bien nos había acogido. La vía recorrida hasta ahora había sido transitada de buena forma, dejando en el aire la clara sensación de volver en esta subsistencia u otra.
Dejamos atrás los paisajes urbanos, y poco después de Avigliana, hicimos una parada estratégica. Llenamos el tanque con el último gas italiano y nos aprovisionamos de galletas para el trayecto que se avecinaba.
A eso de las 3:25 p.m., cuando cruzamos la frontera entre Italia y Francia. La transición fue marcada por lo que, hasta hoy, se sintió como el túnel más largo que habíamos recorrido, una experiencia casi subterránea que simbolizaba el paso de un mundo a otro.
Sin embargo, tras el paso fronterizo, decidimos tomar un cambio de rumbo radical. Si, de nuevo.
Optamos por abandonar las autopistas rápidas y costosas, en favor de calles secundarias y pequeños caminos vecinales. Nuestro objetivo ya no era solo la velocidad, sino experimentar la ruta de forma más subjetiva, inmersos en el paisaje rural francés, evitando tributos y dejando que la carretera nos contara su propia historia.
Alrededor de las 4:10 p.m. El itinerario se desplegaba ante mí como un pergamino de promesas olvidadas. Nombres resonantes, casi líricos, desfilaban al margen de la carretera: St. Avre-La-Chambre, Aiguebelle, Montmélian, y la familiar dulzura de Myans. Cada señal que pasaba no era solo una indicación geográfica; era una postal que la vida urbana nunca podría replicar.
Sentía que no estaba simplemente de copiloto en la nave, sino navegando a través de un cuento de hadas. Las colinas de Saboya, aterciopeladas y cubiertas de una niebla que prometía frescura, ascendían con una dignidad silenciosa, salpicadas por caseríos de piedra que parecían haber permanecido inalterables durante siglos. Todo el paisaje, desde Novalaise hasta Sainte-Marie-de-Alvie, era de una tranquilidad tan palpable que casi dolía. Era la vida lejos del rugido de la ciudad; era el antídoto al cemento y al estrés.
El trayecto me llevó a diminutos remansos de paz, Le Mollard y también Le Pin. Ahí, donde el tiempo parece haber frenado su paso, pude ver claramente la imagen de una vida sencilla esperándome. Mi mente se detuvo en un campo idílico, justo antes de llegar a Saint Genix. Un viejo y robusto roble se erguía en solitario con sus ramas extendidas como brazos invitando al descanso.
Me vi a mí mismo, nítidamente, recostado en la base de ese árbol, sintiendo el áspero abrazo de la corteza y el aroma a tierra húmeda. Era la imagen de la plenitud absoluta… pero la visión se desvaneció casi tan rápido como llegó. Es una paz que uno solo puede saborear un instante, no por mucho tiempo. El camino siempre llama, la búsqueda continúa.
Aun así, la promesa del sur de Francia persiste. A medida que los nombres cambiaban, de la historia de Aoste al encanto rural de Montcarra y el final tranquilo en Saint Savin, la convicción se fortalecía. Muchos otros pueblitos sin mencionar quedaron atrás.
Definitivamente, el Sur de Francia, es un regalo.
Lo recomiendo sin reservas.
Octubre 14
8:05 p.m.
Lyon
El reencuentro con la nostalgia sónica.
La música, esa constante indomable, ha sido la única base en mi pasar perpetuo, el ancla que me ha mantenido a flote en las décadas cambiantes.
Una banda extraña a lo habitual lleno un vacío masivo de gente angustiada hace dos mil años. No fui la excepción, ni ellos tampoco. Cantan en francés mientras ladro francés, pero me hechizo.
Hoy es importante verlos, volver a ver a esta tira de músicos.
A pesar del largo viaje, mi experiencia de la ciudad fue casi nula. No conocí nada de ella. Lyon se redujo a una nebulosa de farolas y asfalto. La ruta fue puramente funcional, calles que iban directamente desde la boca de la autopista hasta el frío y masivo aparcamiento del recinto del show.
Esta noche no es tuya, es para la memoria y el sonido de ayer. Pero lo prometo, mi próxima cita nocturna será contigo, con tu luz y tu historia. La música me trajo aquí; tú me harás volver.
8:40 p.m.
LDLC Arena, Lyon
Un día lo haré todo en memoria… ayer fue.
Indochine.
Octubre 15
Revuelta
9:32 a.m.
La euforia de la noche anterior había sido una fuerza bruta capaz de arrastrar la razón y la geografía. Entre el eco atronador de la guitarra y la liberación de décadas de nostalgia, el mundo exterior se había disuelto en una bruma. Francamente, no tengo ni la menor idea de cómo llegamos a parar por aquí. Fue un acto reflejo, un pilotaje automático impulsado únicamente por la necesidad de detener el vehículo antes de colapsar.
Al final, aparcamos el coche y dormimos en un cementerio en Joudes. Lo sé, suena inverosímil y casi novelesco, pero en ese estado de agotamiento sublime, la quietud de las lápidas de esta pequeña localidad rural pareció el refugio más lógico y silencioso del mundo.
Supongo que todo esto se mezcló, la fatiga, la euforia y el frío punzante, y no importó a dónde llegar. Al despertar, el fresco era un castigo siberiano. Pero, al mismo tiempo, ¡qué anécdota!
La música nos llevó a dormir entre los muertos y despertar ante una paz insospechada.
Casi sin darnos cuenta atravesamos varios pueblitos dormidos, impulsados solo por la poca energía que nos quedaba y el deseo inconsciente de ver qué había más allá. Sin embargo, en la claridad de la mañana, era imposible ignorar el encanto. Cada comunidad, incluso vista en el fugaz pasar, era digna de una visita prolongada; como mencioné antes, esta parte de Francia es un verdadero placer para quien se anime a hacer el recorrido en coche. Cada kilómetro es una promesa de belleza discreta y profunda.
Al filo de las 2:07 p.m., el cambio se hizo notorio. Cruzamos el río Rhine, que sirve de frontera natural, y de repente, ya estábamos en Alemania.
De regreso a Kiel y fin de este roadtrip en medio de un viaje.
Llegando pasada la medianoche hoy, 16 de octubre.
Octubre 17-20
Pausa Hamburg
Se impone ahora una recuperación absoluta, una tregua necesaria después de la turbulencia de un viaje tan intenso y transformador.
Si bien sé que esta es una ruta difícil y lenta, que exige paciencia para que el espíritu se asiente y la vastedad de lo vivido encuentre su anclaje, reconozco que es la vía más confiable para asegurar que cada experiencia se metabolice y me impulse hacia el verdadero destino.
Es la pausa la que da peso al movimiento.
El cuerpo, quizás por la intensidad acumulada o el cambio de clima, me ha recordado su fragilidad, manifestándose con una tos y un ligero resfriado. Solo me queda acatar su llamado a la quietud, tomándomelo con demasiada calma que la situación impone.
Al tercer día, luego de haber contemplado la ciudad, hoy, Octubre 18, nos dirigimos al sur de esta vasta nación para reencontrarme con la ciudad por donde pisé por primera vez suelo teutón, un lugar que he redescubierto como un recipiente lleno de vida y diversión inagotable. A donde dirijo la mirada, incluso en la pequeña parte que he explorado, encuentro un estímulo, una promesa de asombro o una actividad que llama a la participación.
El epicentro donde la autenticidad choca con la leyenda urbana, es el barrio de St. Pauli. Es un lugar donde la melancolía de un pasado obrero se disuelve y la nostalgia se rinde incondicionalmente ante una majestuosidad libertaria que no conoce límites ni prejuicios.
La calle Reeperbahn se alza como el nervio principal, un verdadero horno de entretenimiento que irradia calor y expectación hasta las horas más insólitas de la noche. Su infame zona rosa no es solo una perdición, sino una revelación que te toma por sorpresa con su descaro sincero, un espectáculo para el cual mi experiencia previa no me había preparado.
Caminar por Herbertstraße es una inmersión total en lo prohibido y lo fascinante, una experiencia que se siente como una locura desmedida, pero es, sin lugar a dudas, una locura de la buena, la única posible en un puerto donde las reglas sociales parecen haberse disuelto con el salitre del mar.
Al final de la calle, las siluetas de Los Beatles, plasmadas en acero, irradian extrañamente bajo este sol algo fastidioso que me impide fotografiarlas con claridad. Más allá, caminando por todo el laberinto de callejuelas y esquinas llenas de neón y promesas olvidadas, está el Club Indra, ese local discreto donde ellos tocaron por primera vez, afianzando un sonido y una identidad que cambiarían la historia.
Siento una vibración extraña, una conexión palpable con ese pasado rugiente.
Esta visita, sin duda, no es la visita clásica que uno esperaría.
Hoy es el cumpleaños de Gino, el compadre que hizo posible este viaje. Para celebrarlo, después de regresar de Hamburgo y previa invitación de Peter, iremos a ver el clásico, Der Klassiker, ¡Salud, brother!
Los días restantes son de cuarentena, ya se siente el frio seco del norte, toca conocer algo mas cercano a la base, Kiel.
Heikendorf y Laboe, pequeñas ciudades muy parceidas y conocidas por ser destino playa y diversión en verano. Particularmente populares entre los aficionados a la vela y deportes acuáticos en el mar Báltico. En Laboe, se encuentra el Monumento Naval de Laboe, una imponente edificación de 1927. A pocos pasos de allí, se pudo explorar el submarino U-995, que actualmente funciona como un fascinante museo.
Octubre 22
11:25 a.m.
Berlin
Debí haber viajado a casa hace dos días, pero algo no encajo en el sistema portuario. Esto ocasiono otro reajuste al itinerario y me regalo la última cena.
El reloj marcaba apenas las 6:05 a.m. cuando los ecos de Kiel comenzaron a desvanecerse en el retrovisor. Lo que nació como una ocurrencia espontánea, una de esas bromas que cobran vida propia entre risas, terminó por cristalizarse en una expedición hacia el corazón palpitante de la capital germana.
Existe una certeza vibrante en el aire: esta jornada no será un simple traslado, sino una experiencia fenomenal.
Una vez más, el diseño de esta travesía recae en la inventiva de Gino, quien ha trazado la ruta con el entusiasmo de un explorador. Bajo la mirada atenta y la inspección rigurosa del “jefe”, nos lanzamos a conquistar los kilómetros que nos separan de la metrópoli, una distancia que —aunque se mide en poco menos de cuatro horas— se siente como un puente entre dos mundos.
Una vez en la autopista A24, el entorno comienza a susurrar historias de otros tiempos. Me advierten que abra bien los ojos, creo haber estado por aquí.
A medida que avanzamos hacia Berlín, el paisaje se transforma. Se perciben los sutiles contrastes estéticos y estructurales, vestigios de una división pasada que aún parece palpitar en la arquitectura del horizonte. Cruzar esta frontera invisible es, en esencia, viajar a través de la memoria de Alemania, avanzando en línea recta hacia una ciudad que ha sabido reinventarse sobre sus propias cenizas.
Al cruzar los umbrales de la capital, la fisonomía de la ciudad se revela como un manuscrito arquitectónico. Lo primero que asalta la vista es la imponente presencia de las edificaciones de estética soviética, moles de hormigón con su geometría austera y funcionalista. Sin embargo, esta severidad se ve interrumpida, de forma casi disruptiva, por un modernismo audaz y vanguardista. Berlín no es una ciudad que oculte sus cicatrices; al contrario, las exhibe en una mezcla ecléctica donde lo clásico y lo futurista coexisten en una tensión vibrante.
Al adentrarnos en el corazón neurálgico, la atmósfera se espesa. La ciudad se siente antigua y sabia, pero palpitante de una vitalidad inagotable; un hormiguero humano donde cada calle parece ser el escenario de una historia en curso. El pulso urbano se manifiesta en un tráfico denso y parsimonioso, una coreografía de metales y luces que se intensifica a medida que nos aproximamos al centro. Aquí, en el núcleo de la urbe, el ritmo se vuelve pesado, obligándonos a ralentizar nuestra marcha y a absorber, casi por ósmosis, la energía de una capital que nunca termina de descifrarse.
Decidimos entregarnos al azar y vagar por Mitte, el núcleo histórico donde la esencia de la ciudad se siente más densa. Los pasos nos llevaron a lo largo del río Spree, cuyas aguas fluyen serpenteantes por la zona central, actuando como un espejo que refleja la dualidad entre la piedra antigua y el cristal contemporáneo.
Buscamos refugio para el vehículo en la Bundesstraße 2, la arteria que atraviesa el pulmón verde de la metrópoli: el Tiergarten. Es un parque de dimensiones colosales, un océano de vegetación que respira en medio del asfalto. Al pisar su suelo, es imposible no evocar el eco de los millones de pies que bailaron aquí durante el mítico Love Parade.
Caminamos hacia la Siegessäule, la Columna de la Victoria, un monumento de una importancia vital que se alza como el eje del mundo en esta parte de la ciudad. Para alcanzarla, nos sumergimos en la penumbra de un túnel subterráneo que desemboca, como un rito de iniciación en el centro mismo de la plazuela. Y allí, se erige esa figura dorada que he visto varias veces en Der Himmel über Berlin, la diosa Victoria coronando el cielo berlines, al salir de nuevo a la luz.
Al recorrer este lugar, una inusual sensación de pertenencia me envuelve; no es solo familiaridad, sino algo más profundo, como si esta tierra guardara ecos de un recuerdo inaccesible. Es una resonancia extraña, casi como si ya hubiera transitado estas mismas calles en otro tiempo, aunque mi memoria consciente no lo registre. Curiosamente, la lectura que he estado realizando últimamente amplifica esta experiencia, pues me ilumina con comprensiones repentinas sobre el mundo mientras, paradójicamente, me sumerge en un mar de conceptos y reflexiones confusas. Es un proceso.
Retomamos el camino a lo largo de esta misma vía fundamental sintiendo la historia bajo nuestros pies. En la ruta, pasamos frente a la escultura Der Rufer, una figura imponente que parece capturar y liberar una emoción desesperante y cruda. Desde este punto de reflexión, nos dirigimos hacia la icónica Brandenburger Tor, imponente monumento de Estilo neoclásico.
La Puerta de Brandenburg no es simplemente un arco triunfal; es un testigo mudo y majestuoso que ha servido de telón de fondo para los acontecimientos históricos más importantes y dramáticos de Alemania y del mundo. Su sola presencia evoca el peso del pasado. Es increíble contemplarla sin recordar que, justo aquí, durante casi tres décadas, estaba el Muro de Berlín.
El recorrido continúa envolviéndonos en capas de cuentos. A un lado se alza el majestuoso Reichstagsgebäude, Edificio del Parlamento. Justo al otro lado, encontramos el Denkmal für die ermordeten Juden Europas.
Turistear por la Pariser Platz es un poco fatigoso, hay un enorme flujo de gente, ¡caray! Que difícil resulta tomarse la foto aquí.
Le dimos caminata a lo largo de Unter den Linden, un bulevar que parece susurrar historias antiguas. El trayecto nos llevó directamente a la mole reconstruida del Berliner Schloss, el Palacio de Berlín, que se alza ahora como un formidable portal entre el pasado imperial y el presente cultural.
Justo al frente, la inconfundible cúpula de la Berliner Dom, la catedral, domina el horizonte. Su presencia es rotunda, una obra maestra neobarroca que se sienta con gracia regia junto al barrio de los museos. Es imposible no detenerse y admirar su opulencia antes de continuar.
Siguiendo el flujo de la ciudad, un chorro de agua me llamó la atención. Ahí estaba, la Neptunbrunnen, la Fuente de Neptuno, un vibrante ballet de bronce y agua. Desde este oasis mitológico, la mirada se alza, inevitablemente, hacia el cielo. La Berliner Fernsehturm, la Torre de Televisión de Berlín, perfora las nubes con sus 368 metros, proyectando una silueta tan imponente que parece el ancla visual de toda la metrópolis.
El camino se vuelve más ruidoso, más denso. El glamour histórico cede paso al hervidero del comercio y la vida moderna. Entre el tumulto constante de voces y pasos apurados, distingo un ícono global: el Weltzeituhr, el Reloj del Mundo. Ver cómo sus esferas de tiempo giran, marcando el pulso de ciudades lejanas, me recuerda que estoy en una encrucijada internacional.
Y entonces, tras esa última curva, el espacio se abre de golpe. La energía es palpable, el aire vibra con el movimiento. Lo he logrado. Estoy en Alexanderplatz, ni más ni menos. Que exhibición.
De regreso al coche, la caminata es excepcional. Apreciar por segunda vez los mismos escenarios es un placer duplicado, la arquitectura se vuelve familiar, los detalles antes pasados por alto ahora saltan a la vista.
Y casi al llegar al Tiergarten, nos detuvimos. Se alzó ante nosotros el Sowjetisches Ehrenmal, el imponente Monumento de Guerra Soviético. Fue un encuentro sobrio y poderoso. Una ola de flashbacks bajo mis pies.
El motor del auto cobró vida, y con un suave balanceo, dejamos atrás la vibrante calle para sumergirnos por el más allá de la ciudad. En el camino, pasamos por el icónico Checkpoint Charlie, un recordatorio tangible de la división de la Guerra Fría.
Finalmente, el coche se detuvo. Ante nosotros se extendía la East Side Gallery, no un simple fragmento de hormigón, sino un lienzo de 1,316 metros de arte cargado de tiempos.
Caminar a lo largo de este muro es una experiencia inmersiva.
Berlín me ha demostrado ser el lienzo perfecto para recorrer la historia a pie, aunque rápidamente me di cuenta de que su verdadera magnitud desafía esa idea. Es mucho más extensa, y se siente indiscutiblemente más grande y abrumadora que cualquier otra ciudad europea que haya pisado. No se trata solo de kilómetros, sino de una densidad emocional que lo cubre todo.
Hoy, me llevo una impresión fugaz pero intensa: la he absorbido en poco tiempo, sumergido en este espacio melancólico que aún no logro definir del todo. Está cargado de ecos, de recuerdos silenciosos y pesados que se sienten en el aire. Es esa atmósfera particular, esa gravedad histórica, lo que finalmente me empujó y me trajo hasta aquí. Y ahora que he cruzado ese umbral, la breve visita se siente insuficiente, casi un robo a la experiencia.
La certeza que me deja el día de hoy es cristalina: tengo que volver a Berlín. Esta no es una ciudad para ser vista de paso. Siento que le debo meses de mi tiempo, dedicarme a desentrañar sus capas, a entender esa dualidad entre la modernidad vibrante y la profunda cicatriz. Necesito caminar sus calles con calma, no como un turista, sino como alguien que busca una respuesta o, quizás, dejar una parte de sí mismo en su inmensidad.
Octubre
Kiel
Al anochecer, Gino me sugirió un bar por el centro, vamos a ver a este músico que toca bien piola. Yo no tenía el menor ánimo; la idea de hacer cualquier cosa era impensable, tirado aún a la cama.
Tras un momento de insistencia, cedí. Sin meditarlo: “A la mierda, vamos”.
La noche apenas comenzaba a tomar forma cuando el Irish Pub, en el corazón de Kiel, nos tragó por completo. Al pasar de la hora inicial, fuimos inmediatamente absorbidos por una atmósfera densa, acogedora y ligeramente ahumada que olía a cerveza negra y a madera vieja. Dentro, en el pequeño escenario, la escena ya estaba cantada: Eric Abtal, un greñudo guitarrista y alma claramente musical, nos impartía una verdadera lección con su acústica. Cumplidor.
La energía era contagiosa. Mientras el ‘Prost’ resonaba en brindis ocasionales, y la mirada se cruzaba fugazmente con rostros desconocidos, sentí cómo la promesa de una noche memorable se cumplía. Algo en esa mezcla de música sincera, la calidez parroquial y la distancia amistosa de las otras mesas hizo que las horas se deslizaran con una extraña y profunda sensación de agrado. Fue un momento inesperado de confort y buena música para volar, un pequeño hallazgo en el centro de la ciudad que amontonaré.
Ahora lo sé: el destino no puede detenerse ayer, y su poder de alcanzar a moldear incluso mi forma de hoy.
Este viaje ha resultado sorprendente en todo sentido, manifestándose como un tapiz tejido por la experiencia que abarca desde la reverencia ante el detalle más minúsculo —un color fugaz al amanecer, el eco silencioso de un paso en un lugar olvidado— hasta la inmensidad majestuosa que he presenciado, sea en la arquitectura imponente o en la panorámica abrumadora de paisajes indomables. Su impacto no se desvanecerá con facilidad; de hecho, cada vivencia, cada epifanía y cada encuentro se han cristalizado, quedando tatuados en mi mente para siempre no como un recuerdo borroso, sino como la esencia viva que define la perspectiva. En lo personal, siento que este periplo no fue solo un movimiento físico, sino una profunda reconciliación y una afirmación de la energía, una verdad que resuena al sentir que he cumplido conmigo mismo y con el silencioso legado y las aspiraciones no resueltas de vidas pasadas, otorgándole a la existencia un nuevo y resonante propósito.
Queda ahí…
Octubre 2025
