
La barrera del prejuicio se rompió y, por primera vez, la música no solo se escuchó, sino que retumbó con una fuerza excesiva.

Estoy viajando en el tiempo, soy un espectador anacrónico de la magnificencia imperial.

El frío implacable, se colaba por los resquicios del vehículo como un cuchillo helado. No era solo el aire; era la tierra misma la que parecía exhalar un aliento gélido.

La fotografía que yo anhelaba no admitía tales distracciones; necesitaba el alma desnuda de la arquitectura, no su versión comercial y ruidosa.

El viaje no fue un capricho, fue una revelación. Se manifestó como la única grieta posible en una pared que cada mañana se sentía más alta y más gris.