El Aventurero

La invasión de las frecuencias irrumpe en silencio: el encuentro fortuito entre una circunstancia, una melodía y una Big band. 
Cuando sucede, no se limita a sonar en la frecuencia de tu sintonizador —se ancla a un momento preciso, se funde con tu realidad más cercana y se instala en ella sin llamar a la puerta, como si conservara el derecho legítimo de dictar la banda sonora de nuestra existencia durante un periodo en el olvido. Creo. 

Es una simbiosis extraña y casi parasitaria; nuestra cotidianidad se convierte en un eco constante de esas armonías que deciden quedarse a vivir en los momentos más mundanos, transformando el acto de caminar por la calle o lavar los platos en una escena cinematográfica de la que no podemos desbandarse. Considero. 

En ese punto, ya no escuchamos la música; somos el escenario donde la melodía ocurre, aceptando la rendición dominante ante un arreglo musical que ya nos pertenece —o a la que ya no pertenecemos—. Sospecho. 

Fue hace mil años, en Lima. Por alguna radio local empezaron a sonar canciones en un idioma que no era el de siempre, aunque el enganche fue inmediato. Nadie lo vio venir: unos franceses entrando por la puerta grande en un país que no suele abrir esa puerta. Y de pronto, sin que nadie lo hubiera predicho, la siguiente discusión llegó envuelta en francés.
Era una idea extraña, casi absurda; intentar descifrar un idioma del que no entendíamos ni un carajo, pero que, de alguna forma inexplicable, se filtró en el sistema de toda una generación. 

Al principio cabíamos en una mesa; después, ya no había mesa que nos contuviera. 

Ya perdí la cuenta tras los años de ausencia, pero no sus discos. No sé si los perdí o me los robaron, pero alguna huella habría quedado. 

Ver cómo luego de otros mil años de enfado, la historia se repite con la precisión de un metrónomo etéreo. Esos momentos anormales, esas prácticas que alguna vez hicieron temblar las estructuras del mítico Amauta limeño, resonarán esta noche con una crueldad idéntica. 

No es solo una repetición; es una continuidad vibracional. 

La cima del monte no será solo un punto geográfico; será la escala absoluta de esta odisea, el escenario final de unos sonidos de ayer que se alza justo cuando la expedición europea comienza a desvanecerse en el calendario. 

La frecuencia nos une, y esta noche, Lyon será el nuevo epicentro de esa explosión que aún no termina. 

Y tras haber devorado los espectaculares jardines del sur francés —que ahora se desdibujan en el espejo retrovisor como un paraíso perdido—, nos hundimos en el flujo hipnótico de un tráfico ajeno, un río de metal y luces que ignora nuestro cansancio. 
A eso de las 7:08 p.m., cuando la luz del día se rinde ante la penumbra, emergió de la neblina el primer rayo del destino. Allí, irónico y estático en la distancia, un cartel dictó nuestra sentencia: Lyon, siguiente salida. 

Fue una transición imperceptible que, al rato, la ciudad nos envolvió y aparecimos ante la magnitud del Coliseo. Todo se manejaba de buena forma que nada se sentía pesado por la incomunicación francesa. Quizás pecamos de tontos al manejarnos en un idioma con mucho desinterés, pero de algún modo esa fricción funciono. Al final, logramos entendernos, aunque el proceso sea un misterio; simplemente ocurrió. 

Camino directo al LDLC Arena, ya fuera con la mirada puesta en lo que venía o completamente perdidos en lo que quedaba atrás, esos pasos fueron una mezcla extraña de melancolía, angustia y destellos de alegría del hoy. Me encontraba desatinado al momento, tenía bichos en la mente y polillas en la panza. Me detuve un rato, algo exhausto del proceso, intentando descifrar las coordenadas de este halo donde el tiempo parece haberse doblado sobre sí mismo. 
¿Dónde estaba? ¿Hacia qué abismo me dirigía con esta inercia de sonámbulo? 

El entorno era una paradoja hiriente. Todo se manifestaba con una ambigüedad espectral y, sin embargo, cada detalle poseía la claridad tajante como tus respuestas. No había término medio, solo el vacío o la revelación necesaria. Esos pasos pesaron años en mi como aquella vez en el Amauta. 

Eran las 8:28 p.m., el ambiente se alzaba ante nosotros como la entrada a un feudo olvidado, una frontera entre lo cotidiano y lo ofrendado. Al cruzarlo, me vi enfrascado en una marea humana, un hervidero de almas que compartían una misma sed de fascinación. El aire mismo parecía cargado de una electricidad invisible; todo a mi alrededor destilaba una magia densa, casi tangible que hacía que los bordes de la realidad se despintaran.

Se siente ese sudor animal en espacios cerrados, que apenas se pudo ingresar. Lleno desde la entrada hasta el infinito allá arriba donde castigan la vista. La realidad se fragmentó en mil pedazos de cristal luminiscente. No era un techo que cubría nuestras cabezas, sino un cosmos falsificado y dominador, una bóveda infinita poblada por pequeñas luces que danzaban en el vacío. Parecía que un cielo estrellado de luciérnagas multicolores hubiera sido capturado y confinado en esa sala. Las luces fluctuaban en un vaivén hipnotizante, como si cada destello fuera un latido suspendido, esperando desesperadamente la nota musical acorde. 

Al ingresar nos dieron pulseras amarillas con un plástico en medio cuya función no lograba descifrar en medio del alboroto. Con la mente en otra parte, la desabroché y la hundí en mi bolsillo, olvidándola al instante mientras me abría paso hacia la noche. 

En plena oscuridad, mi bolsillo brillaba y digo ¿qué coños pasa? 
Oh, que pendejo soy, es la candela que sobrevuela en todos los presentes. Mi bolsillo ya no cargaba un pedazo de plástico, sino un fragmento del cielo estrellado que estaba por reventar. Yo también tenía la mía. Es la pulsera de hoy. 

Antes del viaje, le comento a Gino la idea de ir a este show ya que estaremos más o menos cerca o quizás la ruta nos pierda por esos lares y podamos hacer de esto una realidad antigua. ¿Sería maldito no crees? Le dije. 
Al principio lo dudo, claro, sabiendo que la banda ya no convoca como antes en lados opuestos donde vivimos; pero creo que insistí tanto que el hombre terminó cediendo. Al final dijo: bueno, ¡que chucha vamos! —total, para ese entonces ya estaríamos de vuelta del roadtrip, y sería la manera perfecta de coronar el periplo.

A principios de año intenté verlos en otra ciudad, pero por cosas del destino el viaje no se dio. Esta vez, como por arte de magia y con el tour agotado, la banda anunció una nueva fecha aquí, justo en los días que estaremos de regreso y Lyon no está lejos de la ruta. Y claro, encajó a la perfección en el plan maestro.

El estruendo de la apertura ya vibraba en los huesos. Mientras el pantallon del escenario daba la señal de partida para la primera agitación de la noche, la primera rola se filtraba en el sistema nervioso mientras hacíamos acto de presencia. 

Secuela subliminal. 

Fue un inicio sólido y aunque exploraron sonidos que me resultaron ajenos, la calidad fue indiscutible y, el contagio colectivo hizo el resto. 
Me queda claro que la distancia es el enemigo musical: mil veces preferible el sudor y el aguante en la cancha que la comodidad estéril de un asiento en la grada. Definitivamente, es otro sentir y aunque la edad avance, la cancha será por siempre todo. 

La puesta del escenario es casi perfecta, pero bien equilibrada con un pequeño stage al medio fondo del campo, donde pasaron gran parte del show muy cerca a los de atrás como yo, y un intermedio en la pasarela, algo redondo para todos. 

Y como si fuera un bucle infinito, las imágenes del video se proyectan en mi mente y me transportan a ese baile que aún te debo en algún rincón del mundo. De fondo, el eco de L’amour fou lo envolvía todo. La pantalla encendida era el único faro en medio de la euforia; un pulso de luz que precedió a la explosión de una lluvia de papelitos y luciérnagas suicidas revientan alrededor. 

Llegué buscando algo y terminé quedándome anclado al sonido de las efemérides. Lugares que parecen flotar en el limbo, perdidas entre dos reinos justo donde el mapa se deshace; ahí es donde me encontré en Salômbo. En el segundo escenario, la música se desnudó en un formato acústico que nos voló la cabeza. Nicola estaba tan cerca que podía leerle las arrugas como si fueran un mapa de su propia historia, coronado por esa peluca descomunal que, a su edad, parece más un manifiesto de rebeldía la calvicie que un accesorio. 

Hasta ahora puedo decir, siempre he mantenido una distancia prudente, casi cínica, con esta canción. Si soy honesto, Canary Bay es la pieza que menos he apreciado en todo mi rodaje; me parecía un producto excesivamente pegajoso, común y masticado, de esos que se te pegan como un chicle en la suela y terminan por agotar la paciencia. Para mí, operaba en una frecuencia totalmente distinta a la mía, en un canal que yo simplemente me negaba a sintonizar. 
Pero hoy, el aire cambió de golpe. 
Ver a los franceses adueñarse del ritmo, entregándose a la pista con una euforia tan genuina que parecía que estaban escuchando el himno de una generación entera. Bailaban con una energía que desafiaba mi desprecio y, de pronto, algo hizo “clic”. Me contagiaron. 
La barrera del prejuicio se rompió y, por primera vez, la música no solo se escuchó, sino que retumbó con una fuerza excesiva. ¡Sonó de la concha de su madre! Fue como si la canción se lavara la cara y recuperara una dignidad que yo nunca le quise otorgar. 

El tiempo pone cada nota en su lugar cuando el contexto es el adecuado. 

El auditorio dejó de ser un recinto de cemento para convertirse en un lienzo vivo. Mientras los primeros acordes se instalaban en la cabeza, el cielo del lugar se tiñó de un turquesa vibrante sobre un fondo púrpura profundo creando una atmósfera casi onírica, como si estuviéramos suspendidos en el centro de una nebulosa. Miss Paramount, qué lujo necesario, una de esas piezas anómalas que en su momento se atrevió a sonar en la fiesta de la vecina. 
En un instante de introspección, bajé la mirada por un segundo para asimilar la magnitud de lo que estaba pasando en una marea rítmica, perdiendo el control bajo esa luminosidad irreal… dos mazazos juntos era lo que pedía. 

El telón parece amansarse, bajando la guardia a la lentitud de J’ai demandé à la lune. Es un momento de calma extraña, casi hipnótica. El ambiente se ha vuelto denso y cálido. En este rincón de la noche, el vaso parece cobrar espuma, como si el mismo aire la agitara en un último aliento de frescura. Todo se ha vuelto de un color amarillo ámbar, un espacio monocromático donde el tiempo se estira y las certezas se desdibujan. Nicola la canta mansamente y con fragmentos que los cercanos la entienden telepáticamente. 
Me encuentro ahí, suspendido, tratando de entender la lírica del mismo modo en que paso los días intentando descifrarte, buscando un significado oculto entre las pausas, una señal clara en medio de la melodía. 

De pronto cambia todo y la pegajosa Un été français lleva lo suyo con esa insistencia rítmica que se te mete bajo la desazón sin pedir permiso y me detengo a pensar si alguna vez la dejé pasar como ruido de fondo. 
Es curioso ver cómo a tantos les apasiona, cómo se rinden ante ella con una resolución casi desalmada. Pero lo mío es distinto, es algo que ocurre en el silencio de los gestos sin necesidad de pronunciar una sola palabra, sin romper el hechizo del aire cuando le paso la mano en un abrazo acústico extraterrenal. 
Es una tregua sacrosanta; la canción común se vuelve un himno privado para ellos, y el gesto más simple se transforma en un puente hacia otro mundo.

Se mandaron algunos ecos del pasado dentro de lo moderno que hoy profesan y yo convencido de que se perderían en el ruido del olvido. Pero ahí estaba la famosa Rebeca de Trois nuits par semaine, emergiendo entre la estática para entrelazarse con Kao Bang y su exagerado coro intenso casi teatral que estalló a mi alrededor como una orquesta de reproches. Muy buenas. 

Y no sé en qué momento planearon tocarla con tanta saña, tan cerca de la piel que el golpe me devolvió de un plumazo al siglo anterior. El cambio fue brusco, casi violento; L’aventurier apareció de pronto en el estacionamiento de mi memoria, iluminando rincones que creía oscuros. 
Desarmado, sin voz para cantar y conformándome con balbucear una poesía que mis sensores recordaban mejor que mi mente. Que bien se escucha y la ejecución de la banda fue contundente. 
Fue el punto alto de la noche. Un instante suspendido donde me pregunté si de verdad he crecido o si el tiempo, en realidad, se ha quedado congelado esperándome en este acorde. 

Si de mí hubiera dependido, habría tachado parte del setlist para meter esas canciones que te obligan a pedir la última y no irte nunca. Esos temas que de verdad te permiten embriagarte hasta perder los tornillos del camión, soltar el freno y dejar que el pasado te pase por encima. Pero el azar es caprichoso y la lista era la que era. Así estuvo la noche, un equilibrio extraño entre la sobriedad del momento y el deseo de haberme perdido del todo. 

Quedan detalles sueltos, flecos que explorar, y puede que alguno te atrape. Pero hay laberintos que ya fueron recorridos, escritos y grabados con más autoridad de la que yo podría invocar, y seguir por ahí tiene un precio: hacerse pesado. Y siendo el novato crónico que soy, prefiero no abusar. Algunos tesoros de este tour están mejor guardados en otras voces, en otras fuentes. Yo solo abro la puerta, tú decides si entras.

Me basta con la certeza de que esta noche se ha grabado en el relieve de lo memorable. Hay una belleza extraña en la pérdida de la brújula como haber desviado la ruta original para terminar precisamente aquí, no fue un error de cálculo, sino el acierto más lúcido de toda la travesía. 

A veces, el destino no se encuentra en la línea recta, sino en esa curva imprevista que decidimos tomar por instinto. Este lugar, este instante, es mucho más que una escala; es la nota final que justifica cada kilómetro y cada pueblo suscrito en el camino que empezó hace dos semanas. Si el viaje fue una búsqueda constante, el cierre ha sido una redención. No solo hemos llegado al final del mapa, sino que hemos descubierto que la forma en que se baja el telón —con esta paz sonora, con esta luz Indochine— es, por mucho, lo dominante de esta historia. 

Esta noche, la bulla no solo llenó el recinto; si no que también bajó hasta el fondo de mi inventario acalorado y removió con violencia el baúl de los recuerdos. Ver cómo lo que alguna vez nos definió vuelve a la vida, con más cicatrices, pero con una potencia renovada, capaz de hacernos sentir frescos y antiguos al mismo tiempo. Al final, el cambio no era el enemigo, sino el vehículo para que el pasado volviera a rugir.

Indochine no vino a calcar mis nostalgias ni a interpretar, nota por nota, las memorias que guardo bajo llave en los cajones de siempre. Se ahorraron el ejercicio fácil de la clonación para entregarnos, en cambio, una fiereza de acordes y una puesta en escena que arrasó con cualquier curiosidad. Para alguien como yo —un viejo testarudo, un centinela de lo inmutable que mira el cambio con sospecha—, ese despliegue de fuerza bruta fue una bofetada de contexto necesaria. Fue suficiente para recordarme que la música, cuando es auténtica, no pide permiso para evolucionar.

Al final, no somos nosotros quienes elegimos la música; es ella la que nos encuentra en el momento justo del naufragio o del vuelo. Creo. 

No queda más que agradecer al lejano amigo, Gino, por los tickets del concierto y el perpetuo viaje a ninguna parte. Verdaderamente has realizado una proeza digna de elogio, mi estimado camarada. ¡Te la rifaste man!


Indochine
Arena Tour 2025
LDLC Arena, Lyon
14 de octubre 2025

Setlist: 
Ma Vie est à Toi • L’Amour Fou • Le Chant des Cygnes • La Belle et la Bête • Sanna sur la Croix • Annabelle Lee • Victoria • No Name 
Salômbo • Mao Boy • Marilyn • Canary Bay • Miss Paramount • Punker • J’Ai Demandé à la Lune • College Boy • Un Eté Français • Alice & June • La Vie est à Nous 
Station 13 • Des Fleurs pour Salinger • 3 Nuits par Semaine 
Kao Bang • Un Jour Dans Notre Vie • Tes Yeux Noirs
L’Aventurier • En Route vers le Futur


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