
Pertenece a ese territorio inseparable donde no se entra acompañado. Su sonido exige soledad, no la soledad vacía, sino la habitada, la fértil.

La barrera del prejuicio se rompió y, por primera vez, la música no solo se escuchó, sino que retumbó con una fuerza excesiva.

El mundo exterior se vaciaba mientras la vida ocurría a unos pocos metros, detrás de cristales que me devolvían mi propio reflejo de derrota.