La última Mission

En mi cabeza no había espacio para nada más. La música pesada ocupaba cada rincón disponible de mi radar como una marea oscura y cómoda, y todo lo demás —lo suave, lo luminoso, lo que sonara a domingo— era chatarra, ruido sin alma, cosa de gente que no entendía. Esa certeza absoluta que solo da la adolescencia, ese convencimiento de haber descubierto algo que los demás no merecían. 

Andaba por el universo tarareando el do re mi en voz baja mientras caminaba por los pasillos de la mítica galerías Brasil, buscando en las tiendas de discos la portada más macabra del momento, algo que simulara mis nervios de acero de la época, calaveras, sangre estilizada, bosques que parecían respirar mal. Cuanto más perturbadora, mejor. Como si la fealdad deliberada fuera una forma de honestidad que el mundo brillante y ordenado no podía permitirse. 

No sabía, claro, que eso también era una forma de buscar belleza. Solo que la mía tenía colmillos. 

Fue por medio de una amiga de moda que sucedió, como casi todo lo que ciertamente transmuta. Esas cosas que no anuncian su llegada, que no piden permiso, que simplemente entran y reorganizan algo adentro sin que uno se dé cuenta hasta después, cuando ya es demasiado tarde para ser el mismo de antes. 

La aliada apareció con un disco x en la mano —o tal vez fue una cinta que en esos tiempos venían a ser la misma cosa— y lo extendió como quien ofrece algo sin saber bien el peso de lo que está entregando. Yo lo miré con esa superioridad tranquila que da tener esos años de adolescencia y estar absolutamente seguro de todo. 

No jodas, le dije. Yo no escucho webadas. 

Lo dije así, sin rodeos, con esa economía de palabras que uno confunde con carácter cuando en realidad es solo recelo a que algo nuevo le mueva el piso. Le dije, si tenía algo más metalero, algo a la altura de mis estándares —y mis estándares eran altos, o al menos así los llamaba yo—, que lo trajera. Si no, que se vaya a la mierda sin apuro. 

Y ella, que me conocía bien o que simplemente no tenía paciencia para mis defensas, no discutió. No se enojó. Solo sonrió de ese modo que tienen las personas que ya saben cómo termina la historia. 

No seas cojudo y escucha esta cinta, me dijo. Después hablamos. 

No hubo negociación. No hubo argumento. Solo esas pocas palabras y la cinta ahí, esperando, indiferente a mis ideologías.

Bueno. No había opción. O al menos eso me dije para no admitir que tenía curiosidad. 

Voy a intentar, pensé. Y eso, viniendo de mí en ese entonces, ya era bastante. 

El disco —la cinta, más bien— quedó tirada al fondo de la habitación. No en un lugar visible ni en un lugar de honor, sino en ese rincón donde van las cosas que uno no quiere, pero tampoco termina de botar. Debajo de algo probablemente. Junto a calcetines sin par y papeles sin destino. 

No me llamaba la atención. O eso me decía.

La verdad es que ni la miraba, que es distinto. Mirarla hubiera implicado reconocer que existía, que ocupaba espacio, que estaba esperando algo. Mejor ignorarla con convicción. Mejor tratarla como lo que era: una tontera que alguien me había puesto en la mano sin pedirme permiso y que merecía estar lejos, muy lejos, fuera del radio de mis días y mis certezas. 

La única razón por la que seguía ahí era que tenía que devolverla. Eso era todo. Una deuda pequeña, sin peso moral, pero deuda al fin. 

Y, sin embargo. 

Hay momentos en que algo en el aire cambia sin avisar. No hay señal, no hay música de fondo que indique que esto es importante, que lo que viene va a quedarse. Solo es una tarde como cualquier otra, con esa luz particular que tienen las tardes cuando uno tiene esa edad y el tiempo parece infinito y también completamente vacío. Uno de esos momentos donde la cosa fluye sola, donde algo dice ahora, donde ir hacia lo desconocido se siente menos como una decisión y más como dejarse llevar por una corriente que ya estaba ahí. 

La tomé. La cinta pirata, sin carátula, sin nombre visible, toda ella artesanal, humilde y sin pretensiones. Hecha a mano en algún lugar, copiada de alguna copia, pasada de mano en mano hasta llegar a la mía sin saber que lo haría. 

Le di play. 

Y sonó. 

Es raro recordar esta secuencia. Raro de una manera que no tiene nombre exacto, pero que uno reconoce igual. 

Es como volver a ver una película que ya sabes de memoria —cada escena, cada corte, cada silencio— y aun así algo en ella te agarra de nuevo. No con la misma fuerza de la primera vez, sino con una fuerza distinta. Más quieta. Más honda. La primera vez te mueve porque no sabes lo que viene. Esta vez te mueve precisamente porque sí lo sabes, y aun así ahí estás, mirando. 

Las paredes de la habitación cobran vida cuando uno recuerda así, con esa intensidad involuntaria. Los afiches que colgaban ahí —elegidos con esa seriedad absoluta con que uno decora su cuarto a esa edad, como si cada imagen fuera una declaración, un manifiesto, una frontera— de repente dejan de ser papel y se vuelven presencia. Te miran. Respiran. Forman parte del sonido, del momento, del muchacho que todavía no sabía lo que estaba a punto de pasarle. 

La memoria hace eso a veces. No te devuelve los hechos limpios y ordenados sino el ambiente entero. El olor, la luz, la textura de las cosas. Y uno se da cuenta de que no estaba solo recordando un momento, sino habitando de nuevo un mundo que ya no existe salvo adentro suyo. 

Eso es lo raro. Y también lo extraordinario. 

Porque ni bien terminó de sonar Wasteland —la primera canción, la que abrió todo sin pedir permiso— un calambre interno pasó por las vías desagradables de mis gustos. No fue un corriente. No fue una decisión. Fue un empujón fantasmal, suave como el eco de algo que siempre estuvo cerca invitándome a repetir la canción. Como si una mano invisible hubiera rozado el hilo exacto que sostiene la memoria y el deseo, algo se movió en ese espacio sin nombre que existe entre escuchar y sentir. Y ese instante se desplegó en frecuencia abierta —una corriente invisible que no pidió permiso, que descendió directamente al delirio con la certeza tranquila de quien conoce el camino. Se filtró en el gusto con la paciencia silenciosa de la lluvia que no sabe que moja, sino simplemente cae, y al caer, transforma.

Algo permanecía cierto en el aire: yo resistía. Sostenía firme ese sonido que evitaba, construyendo sin saberlo una muralla de indiferencia con ladrillos frágiles. Pero la indiferencia verdadera no tiembla, y la mía temblaba. Porque en algún lugar entre la niebla interior, entre los pliegues de lo que uno cree que no quiere, ese sonido me llamaba con voz de cosa antigua, de esas que no gritan, que simplemente persisten, como el perfume de una habitación que ya nadie ocupa. 

¿Qué ocurrió después? Sencillamente, me envolvió. 

Me tomó con esa gentileza extraña que solo tienen las cosas que saben que no necesitan apresurarse. Y la banda quedó suspendida persistentemente en ese firmamento íntimo que cada uno construye en silencio. Entre mis cinco constelaciones de subsistencia, brillando con esa luz particular que tienen solo las cosas que llegaron cuando menos se las esperaba y decidieron, sin preguntar, quedarse. 

Ha pasado mucho tiempo. El tipo de tiempo que no se mide en calendarios sino en capas. Un tiempo largo, poroso, habitado por el olvido y sus silencios cómplices. Unos cien años de soledad, o algo que en la piel se siente igual. 

Y entonces, sin que el universo lo anunciara con fanfarrias —porque las cosas infalibles rara vez llegan así— el día esperado comenzó a tomar forma en el horizonte. La banda tocaría cerca, en este mismo lugar donde he permanecido tanto tiempo que ya no sé bien si elegí quedarme o simplemente dejé de irme. 

Esos días volverían a tomar importancia y esa cinta, ya perdida, volvería a resonar en mi mente como haciendo tributo a la terquedad mía de no entenderla en su momento. 

Hay melodías que no nacieron para ser universales, sino para ser fieles a sí mismas. No son para todos los oídos, pero quienes logramos descifrar su código encontramos un banquete que sacia cualquier sed creativa. Ahí, en esa periferia musical, es donde elijo estar.

The Mission

El tiempo ha moldeado costumbres que creía cuajadas de por vida, y eso para mí es innegociable. Hoy todo se siente sintético, plástico y efímero. Por eso decidí ir directo al venue, plantarme en el box office y comprar mi ticket de papel. Soy de la vieja escuela: necesito pruebas físicas para todo. No me interesan los códigos en el celular ni el resto de cojudeces modernas que ahora nos quieren encajar para todo. 
Y si que se pudo. 

Después de tantos años de devorar sus discos en el solitario fondo de los lugares habitados, por fin llegó el momento de verlos en vivo. 
Mientras compro una cerveza y sostengo mi ticket con la otra mano, algo define este momento. Es el peso de saber que lo que por tanto tiempo fue un mito en mi cabeza, hoy se volverá efectivo, tangible y ruidoso, justo ahí, sobre el escenario. 

Los primeros acordes caen como algo que ya conozco pero que siempre me sorprende. Estoy adelante. No elegí estar aquí —o quizás sí, de una forma que todavía no entiendo del todo. Hay algo en la adolescencia que te deja una deuda silenciosa, un cargo de conciencia que no se puede saldar con palabras. Solo haciéndolo.

Esta primera canción tiene eso. La sensación de ir hacia algo que podría destruirte y aun así no detenerte. Lo desconocido como imán. Lo peligroso disfrazado de libertad. Los elementos que rodean la música —el viento, la tierra, algo indomable— se van volviendo violentos a medida que la escucho, como si la canción supiera lo que yo todavía no me atrevo a nombrar.

Entonces aparece Wayne con esa guitarra de doce cuerdas y su sombrero de siempre, y a su lado Simon y Craig. Los veo y algo se asienta. No el miedo —ese sigue ahí. Pero sí la certeza de que no estoy solo en este viaje hacia el caos de Beyond the Pale

La segunda toma de la noche en Baltimore, Hands Across the Ocean es, en su esencia (creo), una conmovedora exploración del dolor. Del daño específico y sin adornos de la separación, de ese hueco que deja otra persona cuando se va y que uno aprende a habitar sin terminar nunca de acostumbrarse del todo. Parece ser un mapa del anhelo. De esa corriente subterránea que persiste, aunque la distancia física se vuelva definitiva, aunque el tiempo haga su trabajo metódico y las circunstancias cambien de forma. 
La conexión emocional que describe la letra no desaparece. Simplemente aprende a vivir en otro registro, más silencioso, más hondo. Esta letra transmite una profunda sensación de añoranza en su momento cuando la ejecutan.  
Estoy con dos latas en mano. 

Atrapado en la gravedad de otro ser, Garden of delight florece como refugio donde el tiempo se olvida de sí mismo. El amor aquí no promete suavidad, sino verdad. Llamas que marcan, heridas que no piden perdón. Y, aun así, en ese fuego, habita la única paz conocida. 
Lo sagrado y lo terrenal se disuelven el uno en el otro. El Edén no está perdido, sino vivo en un roce de manos, en una mirada que se vuelve horizonte. 
Y entre las cenizas, paradójicamente, nace la calma, quemado y a salvo al mismo tiempo, embrujado por la única magia que importa. Así se sintió la versión extendida de la canción y lo ya descifrado años atrás. 

La letra describe a Severina como solo se describe aquello que excede lo humano sin dejar de serlo completamente. Un regalo de los dioses, dicen las palabras, y uno las escucha y no las cuestiona porque hay ciertos versos que llegan con su propia evidencia, con esa autoridad suave de las cosas verídicas. No hace falta haberla conocido para entender de qué hablan. Basta con haber visto alguna vez a alguien que parecía pertenecer a otro orden de la realidad y aun así estar ahí, de pie, en el mismo mundo de todos.

La cabeza en las nubes. Los ojos con estrellas adentro. 
No como metáforas vacías sino como descripción literal de una forma de existir, de una manera de moverse por la vida que ignora la gravedad de lo cotidiano y flota, ligera y luminosa, en una altura que otros solo alcanzan a intuir desde abajo.

Severina danza entre polvo mágico y luz de luna, y en ese movimiento hay algo que la letra no necesita explicar porque se explica solo: es una mujer que no baila sobre la tierra sino con el cosmos, que gira en sintonía con algo más antiguo y más vasto que cualquier cosa que tenga nombre conocido. 
Escucharla esa noche, con el sonido expandiéndose en el aire y las dos latas ya casi vacías, fue entender que algunas canciones no hablan de personas reales sino de arquetipos. De figuras que el aliento humano necesita inventar para recordar que existe algo más grande. Severina era eso. Un nombre para lo inefable. Una forma de decir lo sagrado sin que sonara a distancia. 
Estoy en trance. 

Like a Child Again, ha sobrevolado por mi mente interpretándose como una celebración de cómo la intimidad profunda puede sanar heridas del pasado y restaurar una sensación de alegría y vulnerabilidad.
Me haces sentir tal como un niño —un niño de nuevo— ​​simboliza el retorno a un estado de asombro despreocupado y puro, intacto por las complejidades o los traumas de la vida adulta. La intimidad profunda hace eso. Las mejores canciones saben de eso. Cuando alguien te ve de una manera que desarma en lugar de amenazar, cuando una voz o un acorde llega justo al lugar donde guardaste algo que creías perdido, algo sana. No dramáticamente, no de una vez. Sino despacio, casi sin permiso. 

Esa noche, la canción hizo exactamente eso. Restauró algo. Una sensación de alegría sin explicación, de vulnerabilidad que no asustaba, sino que se sentía, extrañamente, como llegar a casa. Como si el niño que uno fue hubiera estado esperando todo este tiempo en algún rincón quieto, y la melodía simplemente le hubiera dicho, en voz baja y sin ceremonia, que ya podía salir. 
Brutalidad de canción, hubiera preferido la versión piano, pero hoy quedo perfecta así, en su forma original. 

Butterfly on a Wheel, podría ser una trova que explora la dualidad del amor como una fuerza tanto destructiva como sanadora, alguien sugirió una vez. 
Mientras suena, noto algo en el ambiente. Hay una calidez que no estaba antes, o quizás sí estaba y yo no la había visto. Los del ayer —los que estuvieron, los que de alguna forma siguen estando— creo que me vieron de una manera que no esperaba. No sé si fue la forma en que me moví, o en que me quedé quieto, o simplemente que la canción hizo lo que sabe hacer: abrir algo en la gente.

Hay una satisfacción extraña en gustar sin haberlo intentado del todo. Como si la canción me hubiera prestado algo de su verdad y eso fuera suficiente. 
La mariposa sobre la rueda no escapa —pero tampoco deja de ser mariposa. 
Creo que entendí eso aquella noche. 

I still believe in God, but God no longer believes in me. 
Hay personas que no pertenecen del todo a ningún lado. Que viven en el espacio intermedio, en esa tierra de nadie que existe entre los extremos y que el mundo raramente sabe cómo nombrar. La letra parece referirse de alguien así. De uno que conoce el cielo lo suficiente como para añorarlo y el infierno lo suficiente como para reconocerlo, pero que no termina de instalarse en ninguno de los dos. Que orbita entre ambos con la extraña dignidad de los que aprendieron a habitar la incertidumbre sin que eso los destruya del todo.

Entre la inocencia y la experiencia existe un umbral que la mayoría cruza sin darse cuenta, un día cualquiera, sin fanfarrias ni ceremonias. Pero hay quienes se quedan parados exactamente ahí, en el filo, mirando hacia los dos lados con la misma mezcla de reconocimiento y extrañeza. Demasiado vividos para la pureza de lo primero, demasiado sensibles para el cinismo cómodo de lo segundo. Atrapados en una lucidez que a veces se parece demasiado al dolor. 

Esta canción traza una narrativa de alguien atrapado entre extremos, Over this land, all over this Wasteland

Deliverance, desde el primer verso, tiende la mano y señala hacia algo que está más allá de lo literal, más allá de lo que puede tocarse o demostrarse. Invita a creer. No con la urgencia desesperada de quien necesita convencer, sino con la calma serena de quien ya sabe y simplemente abre la puerta para que otros entren si así lo eligen.

Indagar en el saber ancestral que no se aprende, sino que se recuerda, que duerme en capas profundas de la memoria humana esperando la frecuencia exacta que lo despierte. En la leyenda y el mito, que no son mentiras adornadas sino verdades que eligieron otra forma para sobrevivir al tiempo, para llegar intactas hasta nosotros a través de siglos que no fueron gentiles con las cosas delicadas. 

Deliverance invita al alumno a creer en la magia, el saber ancestral, la leyenda y el mito. 
Voy viajando sin moverme hacia un reino que no existe en ningún mapa pero que esa noche, por unos minutos perfectos, fue consumadamente real. 

En caballo por Sirio. Así de simple y así de imposible. Galopando por alguna constelación interior donde las distancias no se miden en kilómetros sino en intensidad, donde lo que uno desea con suficiente silencio a veces encuentra la manera extraña de materializarse. 

Bird of Passage. El nombre solo ya era suficiente para mover algo adentro. Quería que sonara. Lo quería con esa clase de querer que no se expresa en voz alta porque sabe que es demasiado, que es mucho pedir, que los conciertos tienen su propia lógica y sus propias leyes y que el deseo personal de uno es apenas una variable menor en esa ecuación enorme. Pero el octavo sentido no entiende de ecuaciones. El octavo sentido opera en otro plano, más amplio y menos negociable, y esa noche me llevó exactamente ahí: a un nivel donde el mundo físico aflojó su grip y algo en mí se desprendió, liviano, hacia una frecuencia que no tiene coordenadas exactas pero que se reconoce en el cuerpo cuando uno llega. 
No era el momento para tocarla, mañana lo es. 

Tower of Strength
Me perdi… 
Y entonces la canción que sonaba me encontró ahí, en ese estado de desprendimiento. Y la entoné. Cada vocablo, cada sílaba, desde ese lugar donde las palabras no son solo palabras sino actos de pertenencia. Porque esa letra es un homenaje. Un tributo a quien estuvo, a quien sostiene, a esa figura que algunos llaman pareja y otros llaman guía y otros simplemente llaman presencia, esa presencia que brinda un apoyo emocional tan inquebrantable que uno a veces olvida que existe hasta que imagina, por un segundo, lo que sería sin ella. 

Es un cántico para los que llegaron desde lejos y desde siempre, para la base devota que construyó una catedral invisible alrededor. 

La resiliencia emocional no se declama. Se canta. Se canta en voz alta en la oscuridad de un concierto rodeado de extraños que en ese momento no son extraños, que en ese momento son exactamente lo mismo que uno: personas que eligieron estar ahí, que eligieron esta música como parte del lenguaje con el que entienden sus días. Y esa noche, con el final acercándose y Sirio todavía brillando en algún lugar de adentro, cantar fue la forma más honesta que encontré de decir que había valido todo. Cada disco devorado. Cada año de espera. Cada instante de terquedad antes de rendirme a algo que ya era mío desde antes de saberlo. 

Y esa noche, sucedió. 

No con estruendo. No con señales. Simplemente sucedió en silencio, casi de puntillas, mientras uno miraba hacia otro lado.

La velada que prometía un festín de perlas olvidadas (joyas rescatadas del fondo de la memoria), se desplegó, en cambio, como una lista de canciones pequeña y perfecta. 

Un hilo invisible atraviesa los años desde aquel casete —reliquia táctil de otro tiempo, de otras manos, de otra versión de uno mismo— hasta el día del ayer. 
La que llena exactamente el hueco que tiene tu forma. 

The Mission pertenece a ese territorio inseparable donde no se entra acompañado. Su sonido exige soledad —no la soledad vacía, sino la habitada, la fértil— y en ese silencio compartido solo con uno mismo, sus canciones se vuelven un lenguaje cifrado. Encargos escritos quizás para otros, destinados quizás a nadie, y que sin embargo aterrizan con precisión en el momento exacto en que se necesitan. 

Siempre a solas. Siempre así. Como si el canto supiera que hay cosas que solo pueden descifrarse cuando no hay nadie mirando. 
Esos sonidos del casete olvidado aún penan — suspendidos en la niebla del presente, sin terminar de irse ni de quedarse. Fantasmas de cinta magnética que regresan envueltos en la lírica penetrante de canciones devastadoras. 

Y entró. La canción, el sonido, algo que venía pegado a esas notas y que no era solo música sino otra cosa, algo sin forma precisa. Entró y se quedó. Se instaló en algún lugar debajo de las palabras y encima de los huesos, y desde ahí habitó el gusto por mucho tiempo. 

Por mucho tiempo. 

Como si siempre hubiera estado esperando ese cuarto, esa tarde, esa cinta sin carátula para finalmente tener donde vivir. 


The Mission
Soundstage, Baltimore, MD
09.06.2023

Setlist:
Beyond the Pale • Hands Across the Ocean • Garden of Delight • Swoon • Naked and Savage • Saverina • Like a Child Again • Afterglow • Never Again • Butterfly on a Wheel • Wasteland • Deliverance • Tower of Strength