Tercera parte: breve de su origen 2025…
Octubre 9
12:30 p.m.
Strasbourg
Una sombra, antes de que partiera, antes de que intentara atravesar el gran charco, me susurró al oído una misión: “Debes hacer una parada en esta localidad y, sin falta, comer un croissant en su plazoleta central”. Hoy, la primera parte ha sido cumplida; la segunda es aún un vaticinio pendiente.
Pero tengo la certeza, la intuición inquebrantable, de que ese momento llegará. Y, estoy seguro, será vertiginoso.
Capital de la región de Alsacia, cerca del rio Rhine, capital cultural del país y una cede política europea, Strasbourg.
Me han hablado tanto del país por tiempos eternos, pensando algún día pisar esta tierra y corroborar ese chisme de capa caída y deleitarme del sudor histórico del país. Al cruzar la frontera, lo que siento es algo tranquilo, sin aspavientos de por medio. La emoción de cruzarla obviamente anula lo anterior, pero no me delata mucho ese sentir.
Al entrar a esta ciudad, ha cambiado esa percepción.
No entiendo ni un carajo de francés, pero estoy aquí, en un parqueo buscando ruta exacta a donde dirigirme, veo tanto lugar abierto, gente transitar y parezco un extraño en marte.
La Rue du Sanglier no era un simple paseo, sino un preámbulo cargado de expectación. Avanzábamos por el pavimento empedrado siguiendo un magnetismo invisible que nos conducía hacia un encuentro excepcional: la Cathédrale Notre-Dame de Strasbourg, la indiscutible joya de la corona del arte gótico francés.
Al desembocar en la plaza, la visión es sobrecogedora. La catedral se alza majestuosa, emergiendo entre calles de ensueño como la Rue Mercière, donde las casas de entramado de madera parecen rendirle sumisión. Su eminente aguja, que durante siglos fue la estructura más alta de la cristiandad, parece perforar el cielo alsaciano con una elegancia inverosímil, es una obra que logra detener el tiempo y dejar sin aliento al visitante incluso antes de cruzar el umbral.
En el interior, las vidrieras irradian una luz con colores y detalles deslumbrantes, y el famoso reloj astronómico que se encuentra ahí, ofrece un manojo de minuciosidades para apreciar.
Recorrimos la Rue du Bain-aux-Roses hasta toparnos con uno de los numerosos canales que serpentean la ciudad. Cruzamos el Pont Sainte Madeleine y, desde esa perspectiva, se pudo apreciar la arquitectura distinguida del Palais Rohan.
La Petite France y sus peculiares callejones, un paseo que se siente como un auténtico retroceso en el tiempo. Recorrer la Rue des Dentelles fue una paranoia; un lugar fascinante y cargado de encanto. Finalmente, a lo lejos, el paisaje se completó con la imponente visión de los Ponts Couverts, con sus característicos puentes y sus tres históricas torres.
Estar finalmente en Estrasburgo se siente como una locura absolutamente bendecida. Es irónico cómo los planes de viaje se reescriben constantemente, esta ciudad fue, en principio, un punto clave e inamovible en el itinerario original; sin embargo, las contingencias nos obligaron a considerarla una opción sacrificable.
El recorrido se desvió hacia otras rutas, pero, de alguna manera mágica, el destino nos devolvió a la senda prevista. Y me alegro profundamente de que así fuera.
La ciudad es bellísima, una joya donde la historia franco-alemana se funde en cada fachada. Siento una punzada de revés al no poder detenerme más tiempo, al tener que pasar por alto tantas callejuelas y museos, sumergirme en el pulso local y la elegancia cultural que la definen, pero la ruta nos llama.
Confío a pesar de todo, en que ese momento de inmersión total llegará más adelante, cuando las condiciones lo permitan.
Mi resistencia cedió por completo: caí rendido y seducido en Estrasburgo.
Octubre 9
8:05 p.m.
Freiburg
Retornamos a Alemania por Kehl tomando la ruta A5. Pasamos por Offenburg hasta llegar a Freiburg im Breisgau, el punto de acceso al Schwarzwald (bosque negro). El ambiente era perfecto, un cálido respiro de octubre y una promesa palpable de vida nocturna que emanaba de esta vibrante ciudad estudiantil.
Dejamos la van cerca, como ya es costumbre, en el centro, cerca al cine Friedrichsbau, entre tranvías, mercados y frescura, nos acercamos a la primera entrada a la ciudad antigua, el Martinstor (años 1200s), sobre la calle Kaiser-Joseph-Straße. Inicialmente eran cuatro entradas a la ciudad, pero hoy solo perduran dos, siendo esta la principal.
Cruzamos la imponente puerta y, sin desvíos, la calle nos escupió directamente en la Münsterplatz. La plaza central nos dio la bienvenida con un silencio histórico, roto solo por el murmullo de la gente. Dos visiones compitieron al instante por la atención de mi retina, anclándome al sitio:
A un lado, el Historisches Kaufhaus, siendo un golpe absoluto de color, un rojo espectacular que ardía bajo el Cielo noche, su fachada gótica tan ricamente ornamentada que parecía sacada de un cuento de hadas.
Al centro, dominando el espacio y el tiempo, se erguía la Münster Unserer Lieben Frau, la Catedral de Freiburg. Su estilo gótico-románico es una promesa que se cumple, no decepciona. La base, de contornos firmes y casi cuadrados, soporta una galería que se despliega como una estrella de piedra.
Al levantar la vista hacia su pináculo, sentí que el lugar me atraía.
Admirable lugar para visitar durante cualquier día del año. Buen dato hoy.
Octubre 9
10:30 p.m.
Basel
El despertar suizo desde niño ha sido una emoción, no un destino. Era el recuerdo latente de una promesa dificultosa, una fantasía de postal y nieve algo lejana a mis bolsillos. Y esa ficción infantil, esa quimera, se engendró en realidad hoy.
Cruzamos la frontera entre Alemania y Suiza. La verdad es que ni siquiera me di cuenta. No hubo estruendo, ni rito, ni un cartel lo suficientemente pomposo como para obligarme a detener el auto y documentar el instante. Simplemente, la vía A5 nos absorbió, deslizándonos imperceptiblemente hacia Basel.
Serpenteamos los alrededores, analizando la ciudad como un mapa en un juego de estrategia. ¿Por dónde entrar? ¿Qué sería más viable para dos viajeros que andan destino sur? La decisión se tomó en menos de cinco minutos, a lo clásico. Directo al centro.
La tercera ciudad grande no era la postal que alguna vez observé, en su lugar, me encontré con la sobriedad eficiente de la Europa central. Calles pulcras, arquitectura imponente, y un silencio ordenado que se sentía tan suizo como los relojes de alta gama. Lo primero que noté fue la ausencia de caos. La gente se movía con un propósito, sin prisa, pero con una dirección clara. Aparcar, por supuesto, fue la primera bofetada de realidad a la fantasía.
Durante un instante fugaz, consideré hacer una parada, una visita relámpago a un secretario encubierto que anda rebuscando su número mágico por estas calles. Pero la lógica de la ruta, el tiempo y las circunstancias se impusieron. La visita fracasó ni bien se pensó.
Así que, sin más desvíos ni misiones secretas, y como ya es costumbre en este viaje, nos dirigimos a la arteria principal, el corazón de la ciudad.
Mi primera impresión fue una especie de déjà vu arquitectónico. Basilea me recordaba a algún lugar ya visitado, un rincón de la memoria que no pertenece a este viaje, sino a épocas pasadas. Era familiar, sí, pero con el añadido forzado de todos esos detalles clichés europeos que se ven en las películas, flores en los balcones, fuentes antiguas, esa pulcritud casi irreal. Mantuve la guardia alta; no iba a hacerme ilusiones fácilmente.
Sin embargo, el centro se reveló rápidamente como una tortura organizada. Se suponía que habíamos llegado al corazón, pero nos encontramos en una arteria estrangulada. Un dolor de cabeza hecho de adoquines. No sé cómo funciona la logística aquí, pero cada calle principal estaba acordonada por una red interminable de tranvías, gigantes de metal que no tienen piedad con los automóviles. A esto se sumaba un millón de bicicletas zigzagueando como insectos veloces.
Estábamos sufriendo, el motor se quejaba al momento exacto de cada frenada y la frustración nos asfixiaba. “Señor,” murmuré en voz baja, “perdónanos por ser tan tercos y ortodoxos al ir en contra de la toxina del planeta con este auto, justo hoy, justo aquí.” Justo cuando el mapa mental colapsó por completo, creo haber entendido un madrazo invisible, una orden silenciosa emanada del propio centro de la ciudad, que nos gritaba sin palabras: “¡Largo de aquí!”
El anticlímax de Basel, la frustración era total. Simplemente no pudimos llegar. La Catedral, ese faro que debió haber sido nuestro primer punto de peregrinación, quedó inalcanzable, enclavada en medio de ese nudo pesado de no vehicular. No se entendió mucho de la ciudad: ni el flujo, ni la lógica, ni las reglas. Solo se supo manejar y estorbar, sintiéndome como una pieza cuadrada intentando encajar en un agujero redondo suizo.
No pudimos, nos fuimos.
Quizás me equivoqué en la aproximación; quizás la culpa fue del puntazo inicial o de mi terquedad de conocerla. Pero así fue, sin gloria ni entendimiento, fue mi primera hora en Suiza. Y que puedo opinar de Gino, no creo alienar muchas palabras, se notaba el estrés y sudor frio de esta hora aquí.
Transitamos Basel en un destello de impotencia. Nos invadió una desazón enorme. En lo personal, el sentimiento agridulce de haber cumplido un sueño solo para verlo empañado en tiempo real. La impresión del niño, la que prometía prados alpinos y chocolate, quedó totalmente eclipsada. Fue aplastada por el fastidio, los tranvías y las bicicletas. Lo siento por ser contracorriente a la farsa verde.
Basilea se convirtió en el lunar incómodo del roaddtrip. Una mancha inesperada en el mapa que, irónicamente, me enseñó una lección sobre la diferencia entre la fantasía y la realidad eficiente y cara de los Alpes.
Octubre 10
6:18 a.m.
Asombro en los Cantones
En un tramo anónimo de la autopista, la necesidad de un descanso se impuso. La molestia picante de Basel —nuestra renuncia obligada a indagar en lo anormal— aún me quemaba por dentro. Pero la misión era una cadena que arrastrábamos, y las reglas eran un dogma simple: si el plan falla, suelta el pensamiento y sigue.
Torino es la promesa de un respiro, un punto de encuentro vital en el hogar de Estyb, otro viejo socio limeño. Sin embargo, el camino no concede treguas.
Cerca de Bern, la tecnología nos traicionó con una sincronía cruel: mi móvil se quedó mudo, la señal se cortó sin previo aviso, mientras Gino maldecía al ver su paquete de datos agotarse en el peor momento. Estábamos a ciegas, con la ruta a Italia programada a cuatro horas de distancia. El destino, o quizás nuestra propia negligencia, nos jugó la partida en el caos digital, desviamos la ruta, tomando el carril equivocado como si una fuerza invisible quisiera devolvernos las bofetadas a la ciudad que dejamos atrás.
Las cuatro horas planificadas se estiraron hasta convertirse en doce horas completas. Nos miramos, cansados, pero con una resignación implacable. Ya no importaba. Habíamos perdido el tiempo, pero no el rumbo.
“No importa,” sentenció Gino, su voz ronca de cansancio. “Igual llegamos a Torino.”
Y así, la única meta se convirtió en el descanso.
Empezamos a serpentear el contorno del majestuoso lago Geneva, un espejo de agua que reflejaba la pálida luz de la mañana. En sus orillas, Lausanne y Montreux se deslizaban a nuestro alcance, dos perlas de civilización ancladas en la inmensidad.
Esto no era solo un paisaje; era la encarnación perfecta de la postal, la Suiza que se vende en los escaparates y en las barras de chocolate. La geografía era dramática y perfecta: la cordillera sujetando el cielo, el lago extendiéndose hasta el infinito, y en medio, una alfombra de campos de un verde tan intenso que parecía recién lavado.
Vi manadas de ganadería pastando con una placidez ajena a la prisa que llevamos, y los viñedos, escalonados en terrazas imposibles, ofrecían un testimonio silencioso de siglos de trabajo.
El aire que se colaba por las ventanillas era un bálsamo. No era solo fresco; era denso y limpio, perfumado con la humedad de la neblina que empezaba a posarse sobre las casas de diseño moderno que se asomaban al agua.
“Aquí se respira bien”, le dije al cielo, sintiendo por primera vez en doce horas que la tensión se disolvía de mis hombros.
Era una vista que nos obligaba a detener la prisa, una pausa visual agradable hasta lo purificador, un pequeño regalo del destino antes de volver a enfrentar el asfalto y la misión.
Es la Suiza que debía pisar primero.
Octubre 10
7:58 a.m.
Vouvry
Ella y El vivieron un tiempo cerca de aquí, no hace mucho mi universo cambio y hoy es un sueño prendido eternamente.
El rugido del motor había pasado de ser un sonido constante a un lamento. La aguja de la gasolina se había hundido peligrosamente en la zona roja, el coche urgía de benzina. Era una parada obligatoria, impuesta por la mecánica, no por el deseo.
Detuvimos el vehículo en un área de descanso insignificante, un pequeño parche de asfalto en medio de la aparente nada Suiza. Mientras Gino se ocupaba del surtidor, yo me bajé a estirar las piernas, la mente todavía procesando la belleza del lago Lemán.
Y fue entonces, entre el olor a combustible y el silencio campestre, que mis ojos captaron algo.
No era solo un encuentro, era un regalo inesperado que se manifestaba justo en ese lugar anónimo. Como si el universo hubiese aprovechado la pausa forzosa: mi madre se presentó hoy aquí. Su figura, su voz, su esencia, se hicieron presentes en la tranquilidad de esa estación de servicio perdida. Una conexión inexplicable, un recuerdo vívido o tal vez un objeto que llevaba su huella; fue un recordatorio emocional tan poderoso como si ella hubiese estado físicamente a mi lado, un ancla en medio de la misión y la carretera.
Octubre 10
9:17 a.m.
Bovernier
El hambre se impuso.
Improvisamos un desayuno guerrero, digno de la tiranía del asfalto: pan, jamonada fría y agua, consumidos de pie junto a la puerta del coche. Habíamos encontrado una pequeña saliente, un mirador improvisado, perfecto para nuestra última pausa antes de dejar Suiza.
Mientras masticábamos el bocado áspero, el paisaje nos obligó a alzar la vista. Era una escena de doble faz: a nuestra izquierda, la pureza brutal de la naturaleza. Un riachuelo de aguas glaciares rugía, cayendo directo y sin piedad desde la cumbre nevada que nos coronaba. Su sonido era un pulso constante. A la derecha, la tímida huella humana, un par de negocios de fachadas gastadas, diminutas casas de madera enclavadas en la ladera y la cinta gris de la autopista que serpenteaba como una cicatriz.
Mientras masticábamos ese pan medieval, no podíamos evitar sentir la soledad majestuosa del lugar. Era una burbuja de silencio y paz que se nos regalaba justo antes de la frontera. Una despedida serena de un país que nos había regalado vistas perfectas y desvíos provocados. Este era el último sorbo de aire suizo antes de la inmersión en la siguiente etapa del viaje.
Octubre 10
10:40 a.m.
Great St. Bernard Pass
La ruta de la absoluta improvisación. Cero planificaciones de tiempo y, honestamente, cero intereses en los costos. Estábamos intoxicados por la burbuja alemana, donde los peajes son un mito. Gino lo había vaticinado: “Ya verás, te cobrarán hasta el parpadeo”. Pero no fue hasta la primera caseta de cobro que el chiste se convirtió en realidad. Bueno, de ahora en adelante esa será la regla.
El ascenso nos consumía lentamente. La ruta, una serpiente de asfalto zigzagueante, nos obligaba a avanzar con una cautela casi reverencial. La sentía familiar, con esa misma belleza desafiante de la serranía peruana. Era un problema delicioso. Pero el esfuerzo palidecía ante la recompensa: ¡Qué vistas!
La carretera se ceñía a la colina, un borde estrecho donde el sol de la mañana se mezclaba con una punzada de frío. En las alturas, la nieve brillaba como azúcar espolvoreada, custodiada por un verde exuberante. El paisaje era un tapiz de casitas de madera que desafiaban la gravedad y camiones de carga que transportaban el pulso del comercio transfronterizo. La ruta era una flecha empinada, directa al vientre de la cordillera.
Entonces, el túnel: la entrada a Italia.
Había soñado con los Alpes, pero nunca sospeché que cruzarlos resultaría en esta experiencia alucinante y transformadora. Hay algo en la magnitud de estas cumbres que resuena con una fuerza antigua. Siento que este lugar ya estaba escrito en mi mapa personal, una cita pendiente en una agenda de vidas anteriores que ahora, de repente, se vuelven tangibles. El frío, el silencio y la luz no son nuevos para mí; son recuerdos que vuelven a respirar en cada paso de este viaje.
Esa hazaña, cruzar la espina dorsal de Europa, se había materializado. Una experiencia cumplida y sobrecargada.
Atravesamos los Alpes ruta E27 por el Gran Pase de San Bernardo.
Octubre 10
11:45 a.m.
Aosta
El acceso a Italia por esta ruta no es solo un trayecto; es un portal mágico. Es una experiencia que comienza con la imponente despedida de los Alpes, donde la carretera se convierte en un susurro que desciende suavemente desde las alturas.
A cada curva, la ruta de descenso regala panorámicas que cortan la respiración, un despliegue de vistas que son verdaderamente espectaculares. No son solo montañas; son titanes cubiertos de un verde aterciopelado que se funde con el azul profundo del cielo.
La atmósfera es un eco familiar recordando poderosamente la belleza serena de la Suiza sureña. Aquí, el tiempo parece haberse detenido y como que decidió reinar en estas laderas.
A lo largo del descenso se despliegan pequeñas comunidades alpinas, pintadas con colores pastel y tejados de piedra que se anidan en los valles. Sus nombres se escapan de la memoria momentáneamente, pero su esencia es perene, son refugios donde solo el plácido pasar del tiempo aún ejerce su dulce tiranía.
Todo este paisaje está envuelto en una atmósfera luminosa y acogedora, un clima cálido que toca la piel, un cielo de un azul intenso casi irreal, y la promesa de un clima seco que perfuma el aire con olor a pino y tierra.
Llegamos a al comienzo con una mezcla de gratitud y un dulce agotamiento provocado por toda esa belleza asimilada.
Ante tal serenidad, la necesidad de descanso es sencillamente inevitable, permitiendo que el espíritu se recargue antes de continuar el camino.
Octubre 10
4:40 p.m.
El desvío italiano
La jornada exigía una pausa vital, ósea, necesitábamos municiones para el camino, ese combustible tanto para el vehículo como para el espíritu del viajero. El punto de reabastecimiento más inmediato nos señalaba a San Germano Vercellese, una pequeña comunidad que se anidaba a un lado de la autopista secundaria, casi como un secreto guardado entre los campos del Piamonte.
Es crucial mencionar que la travesía en Italia está definida por una decisión firme, la huida de los horrorosos peajes. Esos precios desorbitados en las grandes arterias nos impulsaron a optar por las vías secundarias, un desvío que, aunque indudablemente más lento, ha resultado ser una bendición. Nos regalan mejores paisajes, una inmersión auténtica en el tejido rural italiano. Así, nos entregamos a la serpenteante y encantadora vía SP11.
El camino se convirtió en un desfile ininterrumpido de historia y cotidianidad italiana. Cruzamos Vercelli, donde el arrozal piamontés empieza a ceder el paso a las plazas históricas; pasamos por la elegante Novara, con su cúpula imponente dibujándose en el horizonte; rozamos la periferia de Trecate y finalmente, alcanzamos la histórica Magenta. En cada una, la velocidad era mínima, lo que nos permitía un vistazo pequeño deslizándonos por las pequeñas callejuelas que exudan el aroma de cada una.
Con un suspiro de anhelo y la promesa de volver (espero), solo pudimos seguir adelante, llevándonos de cada pueblo la fugaz pero valiosa imagen de su sombra.
Octubre 10
7:30 p.m.
San Ciro
Y así, en un delicioso desvío improvisado, hicimos la primera parada simbólica, La Scala del Calcio, o como el mundo entero lo conoce con reverencia, el Estadio San Siro.
No estaba marcado en el mapa original, fue un regalo del azar, un impulso irresistible que nos llevó directamente a este coliseo de sueños y batallas deportivas.
Alcanzamos prácticamente tocar sus inmensas estructuras en la quietud de la noche. Caminar por sus alrededores es sentir de inmediato el peso de la historia. Es un esfuerzo silencioso por intentar comprender la magnitud de los dramas que aquí se han librado. Cada grada, cada torre, parece respirar la épica del fútbol, conteniendo los gritos de victoria y los lamentos de la derrota. Nos detenemos, intentando descifrar la esencia de las leyendas que han pisado este césped, y reviviendo mentalmente la vibración de tantos musicales realizados aquí.
Lo mejor de esta visita inesperada es la soledad reverente que envuelve. No hay ni un alma esta noche por acá; el gigante de hormigón y acero reposa, majestuoso y enigmático. Así es mejor, pues la ausencia de multitudes permite una conexión más profunda y personal con el lugar. La atmósfera es pura, el espacio es libre, y la fotografía es limpia, capturando la grandeza arquitectónica sin distracciones, inmortalizando el momento en que este templo del deporte se entregó por completo a la mirada.
Con esta imagen grabada en la memoria, me preparo para el verdadero abrazo de la ciudad.
Cerca del hipódromo y el PalaLido, decidimos explorar el área en busca de alojamiento.
Al principio, parecía un bosque de proporciones inmensas, pero pronto la duda se instaló: ¿era tan grande o estábamos dando vueltas en círculos? Nos perdimos en una extraña división, una zona de parques impecables y edificaciones de alta, seguida inmediatamente por calles cuyo aspecto era menos agraciado, visiblemente más “movidas”.
La advertencia recibida por teléfono de hace un momento resonó con fuerza: “No te quedes por ahí, no es recomendable”. Lo entendí sin necesidad de más detalles. El ambiente olía a algo, a movimiento inquieto.
Al final, buscando una zona segura, nos detuvimos cerca del hipódromo. Aparcamos y decidimos hacer tiempo en el parque hasta media noche para continuar.
Octubre 11
12:30 a.m.
Milano
Hacia el corazón palpitante de la metrópolis, como manda la ley de este viaje.
A diferencia de la tensa exploración anterior, el trayecto hasta el centro se desenvolvió sin mayores sobresaltos, hasta que el simple acto de estacionar se convirtió en una declaración de guerra urbana.
Las señales de “Solo Residentes”, omnipresentes y severas, nos forzaron a una caza metódica y exasperante por un fragmento de asfalto legal. Desde el asiento, la frustración era palpable, la ciudad te abría sus puertas, pero te negaba el derecho a quedarte cómodamente.
Mientras el coche se arrastraba, pude absorber el espectáculo por el Espejo de Neón desde la ventanilla, una pantalla panorámica que gritaba: ¡El Sábado ha comenzado y la gente lo sabe! Era noche de fiesta por todo el centro.
Había llovido recientemente. El pavimento de piedra y asfalto ya no era una superficie gris; era un lienzo de roca volcánica mojada, un espejo titánico que capturaba y duplicaba la caótica luz de la noche. Los neones destellantes, las luces de los faros y los reflejos dorados de las farolas se fundían en un brillo constante bañando las calles en una irrealidad eléctrica.
En ese reflejo, se movían las verdaderas estrellas, tumultos de gente, una marea que se derramaba desde las arterias y los callejones.
No divagaban, desfilaban.
Cada grupo, cada pareja, cada figura solitaria parecía estar en una misión trascendental en busca de su propia “noche perfecta”, un concepto tan efímero como la espuma del champán.
Era fácil leer el código genético de este lugar en la forma en que caminaban. En este recipiente urbano, la “facha” era la moneda de curso legal, el estatus y el pasaporte. La gente aquí no vestía ropa; se enfundaba en armaduras cuidadosamente seleccionadas. Uno podía percibir la dedicación, la devoción casi religiosa con que se habían consumido las mejores telas, los cortes más precisos, todo para el ritual de la ostentación nocturna.
Me habían advertido: “Estás en Milano, la capital global de la moda.”
Y al ver esa pasarela viva, ese derroche de diseño reflejado en el asfalto mojado, la verdad me golpeó con la fuerza de una revelación. No era una ciudad que seguía la moda; era la ciudad que dictaba la propia existencia de la moda.
Cruzamos el arco y rápidamente fui absorbido por la Galería Vittorio Emanuele II, un portal que se sentía no solo distinto a la calle, sino perteneciente a otra dimensión. Era el Contraste Absoluto cristalizado.
La vista se disparó hacia la cúpula monumental, un firmamento de cristal suspendido en el aire por una intrincada red de hierro forjado que parecía, más que una estructura, una joya arquitectónica gigante. La luz, filtrada y domesticada por el vidrio, se derramaba sobre el suelo de mosaico pulido, donde los patrones geométricos giraban y danzaban bajo los pies.
Aquí, la Arquitectura, la clase y la fina opulencia no solo convivían, sino que se magnificaban. Era un grito al unísono tan perfectamente orquestado que resultaba intimidante.
Caminar bajo esa cúpula no era un paseo; era una agresión al bolsillo disfrazada de ballet cortesano, un privilegio que se respiraba solo en las pausas de la vida real.
Las fachadas de las tiendas no eran simples escaparates; eran altares. Los nombres que dominaban el espacio eran el panteón de la moda global, templos establecidos por dioses del diseño que, codo con codo, entonaban la misma sinfonía de consumo implacable. Cada marca, desde la más tradicional hasta la vanguardista, se había instalado allí para cantar un himno silencioso al dinero y al estatus.
Es más que un pasadizo. Es un espectáculo curado donde cada escaparate, cada mosaico y cada persona en movimiento son parte de una puesta en escena perfecta.
La gente pasea, se toma un café en alguno de los locales históricos (carísimo, claro), y simplemente disfruta de estar bajo este techo espectacular. Es la mezcla perfecta de arquitectura imponente y gente normal (y no tan normal) tratando de tener un buen rato.
Al emerger de la sombra elegante de la Galería Vittorio Emanuele II, la visión me golpeó en primera. Lo que vi, no fue solo un edificio; fue una revelación arquitectónica. Allí, en el corazón palpitante de Milán, se alzaba el Duomo dominando la Piazza que lleva su nombre. De pronto, el bullicio de la ciudad se convirtió en un murmullo distante, y solo quedó el diálogo mudo entre el cielo y esta mole de mármol.
Es la materialización de un sueño eterno, un compendio deslumbrante de arte gótico tardío y toques renacentistas que se fusionan para crear un espectáculo milanés inigualable.
La primera impresión es de una belleza tan extrema que roza lo prohibido, una majestuosidad que anula cualquier intento de crítica. Caí rendido a sus pies, no por debilidad, sino por la fuerza imponente de su diseño.
Cada uno de sus contrafuertes y pináculos parece esforzarse por alcanzar el cielo, coronados por los más miles de estatuas que velan eternamente sobre la ciudad. Es un ejército silencioso donde cada figura cuenta una historia, desde el nivel del suelo hasta la cima donde la “Madonnina” irradia su dorado fulgor. Es un mar de detalles tan vasto y, al mismo tiempo, tan delicado que la mirada no sabe dónde posarse primero.
Me muevo, cambiando el ángulo de mi contemplación, como si intentara descifrar un secreto profundo. Desde la derecha, el Duomo parece una fortaleza; desde el frente, una ofrenda cincelada; desde la izquierda, un encaje de piedra suspendido en el aire. Que trance tengo ahora, es un tacto visual embriagador.
La luz de la luna se filtra y se quiebra en la superficie del mármol, haciendo que la catedral parezca cambiar de tono sin darse cuenta, palpitando con la vida de la piazza.
No son solo formas; son emociones esculpidas. Puedo saborear sus entornos, asimilando cada curva y arista con una intensidad que se siente casi subliminal, profunda y visceral. Es esta intensidad, esta conexión inexplicable con la materia inerte y la historia viva, lo que me atrapa.
Describir cada uno de los miles de detalles que componen su fachada resultaría una tarea exhaustiva, una que no estoy dispuesto a emprender ahora.
Hoy, la mente se rinde a la experiencia pura. La necesidad de análisis se desvanece ante la urgencia de sentir. Solo deseo verla desnuda bajo la luz de la noche, cuando las sombras profundizan sus relieves y las luces artificiales la dotan de un aura etérea. Quiero sentir la paz y la locura de estar aquí, testigo de esta belleza inmortal.
La escala de esta emoción ha desbordado mi memoria, tal y como ha ocurrido con otros lugares visitados en este viaje. El Duomo di Milano no es solo un destino; es una medida de la ambición humana, un hito que marca indeleblemente el alma del viajero.
Octubre 11
2:30 a.m.
Remanso italiano
El brillo marmóreo de Milán se había desvanecido en el espejo retrovisor, reemplazado por la promesa borrosa de Torino en el horizonte. Sin embargo, la distancia entre el deseo y la realidad se medía en kilómetros de fatiga acumulada. El cansancio ya no era una sensación, era un peso palpable que se había instalado en cada músculo.
No podíamos avanzar más; estábamos, sin sugerencias, molidos, deshechos y al límite de nuestra resistencia física. Necesitábamos un santuario improvisado, un merecido descanso que, a esas alturas, se sentía como una exigencia vital.
La carretera E64, en las proximidades de Greggio, se convirtió en nuestro campamento forzoso. Nos detuvimos en un punto muerto, donde el paisaje era solo una extensión gris bajo un cielo opaco. El frío por esta parte de Italia, implacable, se colaba por los resquicios del vehículo como un cuchillo helado. No era solo el aire; era la tierra misma la que parecía exhalar un aliento gélido.
Dormir en el coche dejó de ser una incomodidad para convertirse en una forma de disciplina valerosa. Ya no se trataba del proceso suave de conciliar el sueño; era un acto de rendición obligada, un mero cierre de ojos para darle una tregua mínima al cuerpo. La conciencia permanecía en el umbral, atenta al crujir de la carrocería, al paso de los camiones fantasma y al mordisco constante de la temperatura. Era una noche larga y pesada, de esas que el cuerpo recuerda no por el descanso, sino por la tenacidad del espíritu al sobrevivir al mismo.
Al alba, cuando la luz incipiente reveló el rocío helado sobre el capó, la situación era crítica. Éramos viajeros cubiertos de capas de sudor, polvo y el olor a kilómetros recorridos; la dignidad estaba seriamente comprometida. Ya éramos guerreros a la fuerza y a punto de caer (al menos yo lo sentía así). Entonces, sucedió lo impensable, el milagro de carretera orquestado por la pericia del camarada.
Un golpe de suerte a tiempo, pero Gino logró conseguir el alquiler de una ducha en algún punto anexo a la estación de servicio. Para este viajero inexperto, la noticia fue una liberación, un acto de resurrección y así continuar esta aventura heroica.
Alrededor de las 10:25 a.m. El plan, una vez inmutable y trazado con firmeza, ha sido barrido por la brisa del destino, imponiendo un cambio de planes de proporciones épicas. Hemos reorientado el rumbo con una audacia recién adquirida. La trayectoria principal nos lleva ahora a la Ciudad Eterna, Roma.
Este desvío no es un mero capricho logístico, sino una inmersión deliberada en la divinidad y la historia. La fecha de encuentro con Estyb queda fijada para mañana, domingo por la noche, cuando por fin alcancemos el merecido refugio de Torino.
Esa ducha fue un ritual de purificación y resurrección. Me he levantado, no solo limpio, sino completamente ¡como nuevo! con la energía de una mañana fresca. Esta revitalización física se traduce en una apertura mental, “Lo que venga, bienvenido.”
A eso de las 12:46 p.m. cruzamos el paralelo 45 italiano.
Octubre 11
1:22 p.m.
Todos los caminos nos lleva a…
Fue una travesía sin tregua, una ambiciosa conquista de la península en un solo e implacable tirón. Desde los campos agrícolas de la Emilia-Romaña, vimos desfilar Piacenza, Parma y Módena, todas ellas hilvanadas en la ruta al pasar Bolonia.
El verdadero desafío comenzó al apuntar al sur, adentrándonos en el corazón de Italia.
La Toscana nos abrazó con sus colinas legendarias, mientras que Florencia brilló en la distancia como un faro. La geografía se convirtió en una épica constante con cadenas interminables de túneles se abrían paso para revelar fotogramas de paisajes icónicos, un espectáculo visual que solo Italia puede ofrecer todo experimentado en la fluidez de un viaje ininterrumpido.
La mirada de la Toscana, aunque breve y fugaz, es la de un reino celestial que solo las fotografías logran congelar. Esa paleta de colores, dominada por los plateados olivos, los pinos de majestuosa copa de sombrilla, y la verticalidad inconfundible de los cipreses a lo largo de los caminos, es la firma imborrable de la belleza natural de esta región.
Es imposible abarcar tal magnificencia en tan poco tiempo. Por ello, estas maravillas quedan hoy como un compromiso pendiente, una lista de tareas que el destino me exige cumplir. Lo presiento con absoluta certeza: esta exploración se materializará pronto, quizás antes de lo sospechado.
