Donde el camino comienza (1)

(Primera parte: Decifrando paradigmas)


La idea de viajar no llegó con un anuncio formal ni con el lujo de una planeación pausada. Al contrario, se asomó en mi mente sin previo aviso, de la forma más cruda e inesperada, justo cuando el año se sentía más pesado sobre mis hombros.

Apareció en el epicentro de esos momentos críticos de hostigamiento laboral, en ese punto ciego donde el trabajo deja de ser una labor para convertirse en un asedio. 
Me refiero a ese tipo de jornadas donde la presión deja de ser abstracta y se transforma en un dolor físico, en una armadura de plomo que te oprime los hombros y te nubla el juicio. Era la asfixia de sentirme atrapado en un engranaje obstinado, una maquinaria sorda que insistía en moler mis horas, mis ganas y mi identidad, día tras día, en una rutina que se sentía como una sentencia. 

El viaje no fue un capricho, fue una revelación. Se manifestó como la única grieta posible en una pared que cada mañana se sentía más alta y más gris. Fue como si mi espíritu, asfixiado por el ruido de las oficinas y las urgencias ajenas, hubiera dado un golpe sobre la mesa gritando: “¡Basta! Necesitamos aire. Necesitamos irnos”. 

A partir de ese grito interno, todo cambió. Lo que empezó como un destello fugaz empezó a tomar forma, a ganar colores y aromas. Esa promesa de un panorama nuevo dejó de ser una alucinación lejana para convertirse en mi luminaria de rescate. 

A Gino lo conozco desde que la vida se medía en cuadras y las ambiciones cabían en el bolsillo de un pantalón desgastado. Es un camarada de asfalto y acordes, un cómplice de aquellas melodías que definieron la adolescencia y de los rituales urbanos que hoy parecen fragmentos de otra existencia. Es un aliado de juventud que, impulsado por un instinto indomable, decidió emprender la fuga apenas el eco del último timbre escolar se disipó en el aire. De eso hace ya una eternidad, un milenio de distancias. 

Su energía, siempre agitado y refractario a la quietud, lo empujó a un exilio voluntario mucho más ambicioso que cualquier travesura de barrio: el desafío de cruzar el Atlántico. 
Desde que puso un océano de por medio, la comunicación no se ha envejecido; al contrario, se ha sostenido como una señal de resistencia, manteniéndose viva y vibrante a través de un contacto radiofónico constante, como si las voces fueran ondas capaces de curvar el planeta para coincidir. 

Durante años, la invitación fue una reiteración recurrente, casi una cábala: “Ya pues, paso por allá un rato, ¡habla!”. Lo decíamos entre bromas, ocultando tras el humor la inercia de quien se sabe atrapado en la comodidad de lo conocido. Eran ofertas de humo, pura cháchara que se disolvía con el café de la mañana. 

No obstante, hubo un día de quiebre y oferta. Me levanté con esa extraña lucidez que solo otorga el “pie izquierdo”, una revelación repentina de que el tiempo no es infinito aquí en la tierra. Comprendí que el plazo de la espera le había ganado demasiado terreno a la vida misma. Sentí la urgencia visceral de deshacer la rutina, de despojarme de las anclas terrenales y las obligaciones que nos vuelven estáticos. 

Aunque el mundo decidiera paralizarse o el cielo se desplomara, yo tenía que reclamar esa oportunidad: la de examinar el tejido del tiempo y lanzarme a explorar lo que había más allá de mi propia frontera. Y la visita al amigo de mil años debía ser como una batalla liberada de la cuarentena.  

Pregunté a Gino si era posible el viaje, la visita y un hipotético recorrido por el cinturón que rodea el vecindario. La respuesta fue real y tangible: “¡Positivo!”, con todo. 
Al día siguiente, y tras un previo pulseo con mi flaca, compré el pasaje con fecha de octubre. Mandé a la mierda el acomodo y mi hermoso trabajo. Rebusqué vuelos y posibilidades financieras, quedando satisfecho con una compra que luego me daría fuertes dolores de cabeza. Y, bueno, el resto queda moldeado en la memoria. 

La mayoría de estos recuerdos y reflexiones se han quedado fielmente anclados a sus fechas originales (2025), escritos en el celular tal como lo percibí en el momento. Otros han sido anotados días después e incluso en pleno regreso a casa.

Llegar fue, honestamente, un alivio que no puedo describir solo con palabras. El amigo de trecientos años se mandó una peripecia tan descomunal que hasta hoy cuesta agradecer. 
Gracias de corazón, Brother y familia, por el tremendo viaje y cálida recepción que me dieron. 
Sentir el abrazo de ustedes y ver esas caras conocidas después de tanto tiempo y la forma en que abrieron sus puertas fue el mejor aterrizaje posible en Kiel y Torino. 

Solo mirar hacia atrás desde esta perspectiva ordinaria es que logro dimensionar de verdad la magnitud de lo conseguido, y la forma tan única e irrepetible en que viví esos poco más de veinte días. 
Lo que sigue es, sencillamente, el resultado de dejar fluir un impulso mío, una necesidad interna que, de pronto vi totalmente posible y necesario compartir.

“Adoptamos la ideología de simplemente vagabundear y conocimos lo que pudimos en el tiempo que teníamos.” 


Octubre 3 
9:31 p.m. 

Sobrevolando Boston, a 10,664 metros de altura, me convierto en una sombra fugaz sobre el mapa. Es casi imposible conciliar esta perspectiva etérea con la realidad de hace apenas unas horas: la tierra pegajosa de Maryland, la tensión de la carretera rumbo a Virginia. 
Esa etapa del viaje, el preámbulo que separaba la calma de mi hogar del inevitable despegue, fue una angustia. Cada kilómetro era un lastre; la distancia se sentía tan eterna y persistente como un obstinado dolor de cabeza que se niega a ceder. Era la fricción palpable entre el ayer (conocido y seguro) y el mañana (incierto y vertiginoso).

Pero, como a menudo sucede en la vida, todo se disolvió con un solo clic, el sonido seco del cinturón abrochado, la súbita liberación de la presión, libero una canción de ayuda. 
Ahora, la brújula apunta con decisión al norte de Alemania. La formalidad de mi próximo asunto, ese que me ha arrancado de mi rutina, se negociará —lo sé— de la única forma adecuada: con el elixir dorado, espumoso y embaucador, directamente en el templo de su dios creador. 

Sin embargo, no es el deber, sino la resonancia de un reencuentro que es una anomalía en el tiempo. Allá me espera un camarada, una pana de antaño luego de trescientos años. 

Dormir aquí, encajonado en el avión, es una estafa nocturna. Esta noche la siento como un interminable purgatorio, atrapado contra la pared, en el limbo incómodo entre dos tierras y dos husos horarios. El ambiente es una agresión constante a los sentidos. A mi lado, mis vecinos han encendido una luz de un color insano, casi fluorescente, que proyecta un reflejo innoble sobre el plástico de la cabina, volviéndome cómplice visual de su vigilia. 

Estoy rodeado por un elenco de personajes que se han adueñado del espacio con una despreocupación irritante: A mi costado, una gordita a la que le sobra espacio en su butaca, pero que no duda en invadir sutilmente mi frontera personal. Detrás, un par de robustos pasajeros que parecen ser la personificación de la onda cool, probablemente ajenos al drama de la clase turista. Al lado, una pareja que opera sin conocimiento público de la decencia, demostrando una frescura atroz. Para colmo, ya están enfrascados en una guerra silenciosa con el viejo cascarrabias que tienen justo delante. 

Y en medio de este circo aéreo de luces y tensiones, solo anhelo una cosa: dormir un poco. No busco la perfección ni el silencio absoluto, solo quiero cerrar los ojos. A pesar de todo este desconcierto, mi instinto sigue siendo el de atender el bienestar ajeno; una cortesía que, tristemente, parece ser una mercancía escasa a metros de altura. 
Y bueno, me toca ser el elegido. 


Octubre 4 
8:45 a.m. 
Reykjavík

El paisaje de Islandia se despliega ante mí como una dualidad asombrosa, casi violenta: los campos de arena negra volcánica, mudos testigos de un fuego antiguo, se funden sin previo aviso con la promesa vibrante de la hierba fértil. Es una tierra que no pide atención, sino que la exige con la fuerza de lo elemental. Aquí, el silencio tiene peso y el viento cuenta historias de origen. Roba mi atención de una forma casi hipnótica, obligándome a soltar cualquier distracción externa para simplemente ser y estar. En este rincón del mundo, la vida no solo brota, sino que resiste, y esa resistencia me resulta profundamente inspiradora. 

La proporción de lo normal aquí es lo habitual: el idioma resulta extraño y la gente es muy pálida. Apenas llevo unas horas en este lugar y el tiempo ya se siente insuficiente. Hay rincones que te atrapan de tal forma que, antes de irte, ya estás planeando el regreso. 

Mientras observo el cielo, me sorprendo negociando en silencio con ese “invasor lunar”, pidiéndole casi como un favor personal que conspire para que mis alas me traigan de vuelta por estos rumbos muy pronto. Ojalá me escuche. Ojalá que, entre tantas órbitas, decida cruzar de nuevo mi camino con este pedazo de tierra. 

El tráfico es lento, pero constante, un transbordo eficiente al estilo del tren de Long Island. El primer tramo del viaje ha sido calmoso y, aunque no conseguí dormir, me siento como si algo me hubiera apaciguado. No lo sé. 
Me embarco en esta aventura de joven existencial con peso en los años, esperando lo mejor. 
Islandia es una angustia silenciosa. Debo regresar pronto. 


Octubre 4 
12:55 p.m. 

Aquel vuelo desde Reykjavik no fue un simple trayecto, sino un tránsito metafísico entre mundos: un salto al vacío desde la pureza de los silencios glaciares y la furia volcánica hacia la vibrante densidad de la vieja Europa. 

Al iniciar el descenso, el manto de nubes se fracturó en jirones para revelar la fisonomía de Hamburgo, con sus venas de agua plateada serpenteando entre el acero y el ladrillo. Cuando el tren de aterrizaje impactó contra el asfalto alemán, el estruendo no fue mecánico, sino el rugido de un destino que reclamaba su cumplimiento. Al abrirse las compuertas, el aire del norte me golpeó con una identidad propia; ya no era el filo cortante y puro del Ártico, sino un aliento espeso, cargado de la humedad del Elba y del aroma industrial de un puerto que nunca duerme. 

El pacto no se firmó con tinta, sino con una ojeada de complicidad absoluta. Ante nosotros se desplegaba la ruta, una cinta negra de asfalto que serpenteaba hacia lo desconocido, una promesa de libertad absoluta donde el motor sería el único latido. 
Una eternidad de tres siglos ha transcurrido antes de que volvamos a joder. 

La hospitalidad de la familia es notable, desbordante de cordialidad y buena energía. Fui recibido no como un viajero, sino como un aliado que regresa de una guerra olvidada. 
Y luego unas cervezas. 


Octubre 5 
2:40 p.m.  
Wacken 

Aterricé ayer bajo un cielo que no se limita a llover, sino que parece decidido a escupir su desprecio sobre la tierra. No hay rastro aquí de esa lluvia romántica que invita a la introspección; lo que me recibe es un gris plomizo y monolítico, una amalgama de niebla densa y un frío parásito que ignora la ropa para instalarse, con una terquedad quirúrgica, directamente en la médula de los huesos. Es la firma oficial de esta metrópoli, un clima ofensivo, casi hostil, que parece diseñado por una deidad cínica para quebrar la voluntad de cualquier hombre común. 

A pesar de que el cielo se equivoca conmigo, entre más se ensaña el viento del norte y más se desdibuja el horizonte en un muro de agua, más se templa mi determinación. Este ambiente de asedio no es un obstáculo, sino el preludio necesario para lo que está por venir. Porque a pesar de la inclemencia, a pesar del barro que ya se adivina y de este invierno prematuro que castiga el ánimo, mi ruta permanece intacta, grabada a fuego en mi voluntad: Wacken. 
El nombre resuena como un trueno que silencia la tormenta; el santuario me reclama, y no hay diluvio en este mundo capaz de apagar el hambre de asfalto y gloria que me empuja hacia el norte. 

A ver, si llegas en cualquier otro momento del año, Wacken es básicamente una postal de la Alemania rural más profunda. Es un pueblito de Schleswig-Holstein donde viven apenas mil personas, cuatro calles bien puestas y un montón de vacas que te miran como preguntándose qué haces ahí. Es el último lugar del mundo donde esperarías que se abriera un portal al infierno musical. 

Ahora mismo, lo que se extiende ante mis ojos no es más que una planicie de un verde apagado, un camposanto de silencio absoluto bajo el cielo plomo azulado. 
Pero no me engaño: este es “El Lugar”. Es el epicentro geográfico de una devoción que no entiende de fronteras; el sitio exacto donde cada verano, el barro deja de ser suciedad para convertirse en una reliquia sagrada y el aire, antes calmo, estalla en mil pedazos bajo el peso de los riffs de las leyendas que codificaron este ruido y lo convirtieron en un lenguaje universal. 

Si alguien desea descifrar por qué este género es una religión innegociable y no algo simple, debe profanar este suelo con sus propias botas, incluso hoy, cuando el terreno amenaza con tragarse cada paso en un lodazal infinito. 
Mientras camino, mi mente se proyecta hacia el caos venidero, puedo saborear la mezcla metálica de la lluvia en el rostro, el frío calando la piel y la cerveza compartida entre desconocidos que, por unos días, se vuelven hermanos de sangre y decibelios. Imagino esas jornadas de catarsis colectiva, donde el fango es la única alfombra roja que importa y el rock and roll es el único dios al que se le rinde culto. 

A lo lejos, en la línea donde el horizonte se funde con la bruma, me parece vislumbrar la silueta espectral de un escenario titánico. Casi puedo oír el rugido de una banda descargando toda su furia a un volumen que hace temblar la tierra. 
Sé que no es temporada, sé que el calendario dice que aquí reina la paz, pero la vibración está viva. 
Se siente en la planta de los pies, en el pulso acelerado, en esa electricidad estática que flota sobre el pasto. Camino por aquí y el suelo me responde con un eco de doble bombo; Wacken no es un evento, es un estado de conciencia que late bajo la tierra, esperando el momento de volver a despertar. 
¡Qué chevere CSM! 
Empezamos este viaje con el pie derecho. 


Octubre 6 
Kiel

Hoy toca conocer un poco la ciudad donde pernocto. Una excursión por el centro, actividades comerciales y trenes a todo el país. Urbe atenta al detalle, con carisma y bien agraciada. 
Aterrizar en Kiel es como entrar en una película de espionaje de la Guerra Fría, pero con un toque moderno y portuario. Lo primero que te golpea no es la vista, es el aire. 

Se percibe en el rostro un aire gélido y soberbio, una corriente ancestral que arrastra consigo el aroma indómito del mar abierto, cargado de salitre y de historias sumergidas. Es una brisa que no pide permiso, que llega desde el horizonte infinito para recordarte la escala humana frente a la inmensidad del océano.

Aquí, la lluvia ha dejado de ser un evento meteorológico para convertirse en un elemento arquitectónico; no es un accidente ni un contratiempo, sino la médula espinal del paisaje. Se manifiesta como una neblina etérea y persistente, una gasa de humedad que se entrelaza en un abrazo cinéreo con el humo denso de las chimeneas.

En este rincón del mundo, el gris no es ausencia de color, sino una paleta infinita de matices donde la bruma se funde con el celeste pálido del firmamento, creando una atmósfera de una melancolía bellísima, donde la tierra y el cielo parecen haber olvidado dónde termina uno y dónde comienza el otro.

Kiel no intenta gustarte a la primera. 
Fue bombardeada casi por completo en la Segunda Guerra Mundial por ser una base naval clave, así que lo que ves hoy es una reconstrucción pragmática. Pero ahí es donde reside su encanto: es una ciudad que no finge. Es el lugar donde los cruceros gigantescos y los ferris que van hacia Escandinavia parecen edificios flotantes que bloquean el horizonte. 

Es un enclave donde la herencia náutica y la modernidad sobria convergen en un equilibrio perfecto. Aunque su geografía pueda parecer contenida, su espíritu es vasto, logrando esa extraña y preciada alquimia de ser una ciudad pequeña en dimensiones, pero inmensa en calidez.

Es una ciudad moderna y dinámica que combina la ingeniería del Canal de Kiel con la pasión por la vela y la vida académica. Ideal para quienes buscan un ambiente costero, brisa báltica y eventos náuticos de clase mundial. 

Y me llevaron a la Kieler Brauerei, un lugar rustico fenomenal en el centro que produce su propia cerveza en el sótano, donde se pueden ver los tanques de fermentación. Se siente el karma germano aquí definitivamente. La posada sirve comida tradicional y típica de Schleswig-Holstein. Muy recomendable.

Tengo la certeza de que los días venideros me otorgarán el privilegio de conocer, de primera mano y sin filtros, las entrañas de esta ciudad. Apenas estoy rozando su superficie, pero el tiempo se proyecta generoso para desvelar sus secretos más profundos. 

Ha sido un día de esos que fluyen, extrañamente productivo a pesar de la torre de Babel en la que vivimos. 
Empacamos, verificamos fundamentos y necesidades elementales, aclimatamos la minivan que servirá de transporte por los días venideros y a descansar. 
Mas tarde salimos a la carretera y solo el instinto sabrá a dónde llegar… 
¡Vamos!