La chica escapaba al estereotipo anglo convencional, o al menos a lo que yo conocía de él: era una mezcla extraña de gustos terrenales que, casi por casualidad, coincidían con los míos. Turbias mañanas de hotcakes que se enfriaban y de licores que llegaban al anochecer como una forma silenciosa de despedida diaria. Decía que su origen estaba entre lo celta perdido con aromas neoyorquinos, y yo nunca supe bien si eso era cierto o una manera más de inventarse a sí misma frente a quien quisiera escucharla. En mi vida logre descifrar ese capítulo.
La conocí deambulando por los escondites de la universidad estatal buscando esas pequeñas certezas de aprendizaje que todos perseguimos sin saber bien para qué y, aun así, en medio de esa incertidumbre general, ella encontraba respuestas que yo en ningún tiempo aquello habría hallado solo, en esos pasillos viejos y fríos que parecían pertenecer a otro siglo raro y extraño a lo acostumbrado.
Las espinas le brotaban como la rosa del libro que repasábamos, esas que no se ven hasta que uno se acerca demasiado, hasta que cree haber encontrado algo cálido y descubre que también sabe defenderse. Protege lo suyo con un silencio firme, una distancia calculada que jamás llega a ser fría, pero que tampoco invita a quedarse demasiado. Y quizá por eso mismo atormentaba un poco acercarse: porque uno sabía desde el principio, que ahí había algo fastuoso, pero también algo que no estaba dispuesto a entregarse sin condiciones.
Ahora que lo pienso, hubo algo en ella que siempre tuvo forma de despedida anticipada, como si supiera que esos días tenían fecha de vencimiento y por eso los vivía con esa calma extraña, casi resignada. Las mañanas se volvían largas sin esfuerzo, y las noches —esas noches de copas compartidas con extraños y conversaciones que no llevaban a ningún lado— tenían una textura distinta, más densa, como si el tiempo mismo se espesara entre nosotros.
Describir cuántas razones buenas fueron sería casi un robo, una fechoría a algo que ya no nos pertenece del todo. La pasamos bien mientras el reloj todavía marcaba la hora correcta, antes de que empezara a adelantarse, antes de que los días comenzaran a deshacerse unos de otros sin que lo notáramos.
No sabe, no opina, pero fueron numerosas… y ahora, vistas desde aquí, esos días parecen más un alejamiento lento que una serie de encuentros oportunos, algo que se fue desgastando sin ruido, como todo lo que de verdad importa.
Muchos somos los charlatanes en este lugar, en este tétrico albergue estudiantil perdido en una ciudad fantasma al otro lado del planeta, donde las calles parecen vaciarse apenas cae la tarde y los pasillos del edificio crujen como si guardaran memorias de gente que ya no está.
Llegamos de a uno, con maletas livianas y nombres difíciles de pronunciar para los demás, buscando algo que ni nosotros mismos sabíamos nombrar. Y ahí, entre espinas y rosas, entre paredes que parecían más viejas que cualquiera de nosotros, terminamos por encontrarnos.
Tal vez todos fuimos eso: intrusos pasajeros en la vida de los otros, gente que entra por un tiempo, deja una marca pequeña y después se va, dejando atrás solo el eco de unas risas, una taza sin lavar, una canción que ya no volveremos a escuchar juntos.
Ella, con sus aguijones, sabía protegerse de eso. Nosotros, sin saberlo, también aprendimos a hacerlo, aunque fuera tarde, aunque fuera ya casi al final.
La rubia me enseñó a fumar tabaco de una manera esencial, casi espacial, como si me estuviera revelando un pequeño universo dentro de otro mucho más grande y caótico que nos rodeaba. No fue una lección apresurada ni casual; fue un ritual paciente, de esos que solo alguien que realmente conoce algo puede transmitir sin prisa.
Me puso en la palma de la mano todo el proceso a seguir en los momentos de intranquilidad —esos momentos que, en aquella época, parecían multiplicarse sin razón aparente—, qué clase de tabaco adquirir, qué aromas buscar, cómo distinguir uno bueno de uno mediocre, y cada pormenor de la adquisición, como si se tratara de un conocimiento heredado de generación en generación, transmitido ahora a mí casi por accidente.
Me queda el recuerdo de su ayuda, explicándome todo con una calma infinita, casi con cariño, los matices entre un tabaco y otro, el olor que debía desprender un buen paquete recién abierto, la textura correcta entre los dedos.
Todo eso, en su voz, sonaba menos a un vicio y más a una pequeña ceremonia de supervivencia, una forma de pausa en medio del ruido constante de aquellos días.
Fumar, para ella, no era solo un hábito: era un momento de silencio compartido, una manera de estar presente sin necesidad de hablar.
Y, sin embargo, esa delicia —porque eso era, una delicia pequeña y honesta— la dejé de lado por mucho tiempo, por causas impropias del momento, como suele decirse cuando uno no quiere nombrar directamente lo que realmente interrumpió las cosas.
Su hábil tacto con los idiomas ayudó mucho a la comunicación en medio de tanta adversidad, en esos momentos donde uno no sabía bien ni el “qué” ni el “cómo” perseguir la dicha, o, mejor dicho, la mejor opción entre tantas que parecían igual de inciertas. Ella pasaba de un idioma a otro con una naturalidad que a mí siempre me pareció casi mágica, como si las palabras no le pertenecieran a ningún lugar en particular y por eso pudiera moverse libremente entre ellas, tomando prestado un poco de cada lengua según lo necesitara el momento.
Yo, en cambio, era testarudo, y mi relación con los idiomas fue siempre terriblemente espantosa, una guerra silenciosa contra acentos que se negaban a salir bien, contra palabras que se me escapaban justo cuando más las necesitaba. Mientras ella deslizaba frases enteras sin esfuerzo, yo armaba oraciones a medias mezclando idiomas sin querer, como si mi cabeza fuera un cajón desordenado donde todo estaba mezclado y nada en su lugar.
Y, aun así, de alguna manera, ella continuamente encontraba la forma de entenderme, de traducir no solo mis discursos sino también mis mudeces, mis titubeos, esa torpeza juvenil que yo cargaba como una mochila demasiada inoportuna.
Todo esto ocurría en lo que ahora pienso como un viaje espacial de lugares de estudio y caos, mucho caos: ciudades distintas, edificios universitarios que parecían laberintos diseñados para perderse, oficinas burocráticas donde cada formulario parecía escrito en un idioma inventado solo para confundirnos. En medio de ese desorden, ella era una especie de traductora no solo de lenguas, sino de situaciones, de contextos, de esa sensación constante de estar fuera de lugar que parecía perseguirnos a todos lados.
Mirando hacia atrás, creo que esa habilidad suya no era solo lingüística. Era una forma de generosidad silenciosa, una manera de tender puentes en momentos donde todo parecía estar a punto de derrumbarse.
Alguna vez mencionó, casi de pasada, que venía de una posición influyente en su tierra natal; alguien capaz de mover los hilos del mundo sin despeinarse. Para mí, a esa edad, todo aquello era desatinado. Me sonaba a un delirio existencial ajeno, porque mi realidad era puramente underground: la facha de un alpinchista de moda, el desdén por el sistema y el cobijo de la calle.
Mientras yo habitaba el subsuelo, ella se movía en un plano sideral. Aun así, logramos encontrarnos en un punto medio: un pedazo de cielo invernal que alcancé a mostrarle a medias. Recuerdo que solo sonrió, miró el horizonte y me dijo: “Ese cielo podría ser mío, pero prefiero dejártelo para el futuro”. En ese entonces no lo percibí, me quedé solo intentando comprender el tamaño de su herencia.
Me estaba regalando el mañana.
Sin metáforas de más, sin necesidad de adornarlo.
No preguntes, solo sigue la cruz, así será mejor.
Cargando esa frase como quien carga una despedida que todavía no ha sido dicha del todo.
Al pasar de las horas, su Nochebuena fue en Tokio y el Año Nuevo en un pueblo remoto cerca de Siberia, dos lugares tan distintos entre sí como lo eran nuestras vidas en ese momento, y, aun así, en algún punto del mapa, nuestras rutas volvían a cruzarse, aunque fuera solo por un instante, solo lo suficiente para no dejar marca.
De sus viajes me regaló un disco de una banda favorita. Creo que ni siquiera lo hizo a propósito, o al menos no del todo. Alguna vez, en alguna conversación perdida entre tantas otras, mencioné casi de paso que esa era mi banda elegida, una de esas confesiones pequeñas que uno suelta sin pensar que alguien las recuerde después. Y sin embargo ahí estaba, meses después, cruzando media frontera, llegando como si nada desde el otro lado del mundo, envuelto con el cuidado de quien no quiere que algo tan frágil se rompa en el camino.
Ella comparte sus experiencias de extranjera en este lugar melancólico donde vivimos todos los estudiantes, incluido yo, como quien reparte fragmentos de un mapa que solo ella puede leer completo. Dice que conoció a un músico famoso en su pueblo, y yo, por supuesto, no me como el cuento del todo —hay algo en su forma de tantear, esa naturalidad casi excesiva, que me hace dudar— pero le sigo la corriente, porque en el fondo no importa si es verdad o no: lo que importa es la forma en que lo cuenta, con esa chispa en los ojos de quien revive algo, real o inventado, con la misma intensidad.
Habla de su ciudad natal y compara casi todo con ella, como si el mundo entero fuera solo una serie de variaciones sobre ese lugar original al que, sospecho, no siempre quiere volver, pero del que tampoco logra alejarse del todo. Habla de sus viajes a Londres, de los trenes a París que tomaba casi como quien toma un autobús urbano, de los chocolates en Viena que describía con una precisión casi dolorosa, de los vinos en Lausanne compartidos en terrazas que yo solo puedo imaginar a través de sus palabras. Y yo escucho, entendiendo apenas una fracción diminuta de todo eso, como quien mira un álbum de fotos ajeno y trata de imaginar las historias detrás de cada imagen.
Me cuenta gran parte de su vida en un solo momento, como si necesitara comprimir años en minutos antes de que algo —el tiempo, la distancia, nosotros mismos— se lo impidiera. Pero, al mismo tiempo, y casi sin que ella misma lo note, ajusta también lo fundamental: detrás de cada anécdota hay una soledad que no nombra, una añoranza que disfraza de glamour, una manera de estar lejos de casa que se parece, después de todo, a la mía, aunque los escenarios sean tan distintos.
Devota del músico famoso a la hora de fumar tabaco, no se cansaba de los poemas sonoros ni de esas tentativas suyas de encasillar cada canción dentro de alguna experiencia personal, como si cada letra hubiera sido escrita pensando exactamente en ella, o en algo que ella había vivido y que ahora encontraba reflejado, casi por casualidad en la voz de otro.
Era una buena tipa en todo sentido, eso nunca lo dudé; me caía muy bien, y en cierta forma —pareciera, digo, porque nunca estuve del todo seguro— encajábamos bien, con esa naturalidad incómoda de dos personas que se entienden más de lo que admiten.
Me ayudó mucho con la tarea gramatical de los días de clase, porque la verdad es que ese idioma, para mí, seguía siendo un amasijo de jeroglíficos sin sentido, reglas que cambiaban según el humor de quien las explicara. Y ella, con esa mezcla de burla y cariño que la caracterizaba, me decía: “¿y cómo coños piensas hacer una profesión aquí sin el idioma?”. Una pregunta que en su momento sonaba casi como un chiste, pero que, ahora que la recuerdo, tenía todo el peso de una verdad que yo no quería ver.
Porque en casi todo tenía razón. Y creo que, en aquel entonces, me hacía el tonto a propósito, fingiendo no entender del todo, solo para que ella siguiera explicando, repitiendo, insistiendo, porque en el fondo lo que yo quería no era aprender el idioma, sino quedarme un rato más ahí, escuchándola corregirme con esa paciencia que disfrazaba la impaciencia.
Y entonces, la veo todavía en algunas autobiografías sueltas, sollozando de costado, sin disimular, porque nunca supo cómo hacerlo. Las lágrimas le salían igual, sin pedir permiso, mientras fumaba con la mirada perdida en algún punto que yo no podía ver. Pensaba que esos sonidos —esas canciones, esas voces que tanto le gustaban— eran parte de su pasado, de sus amigos de antes, de sus novios de antes, de esos “no sé” que repetía cuando no quería seguir hablando de algo. Y yo, sin decir nada, veía cómo ahorcaba sus hábitos en un instante, apagando el tabaco a medias, guardando silencio, como quien guarda algo que ya no cabe en ninguna parte.
Y entendí, sin que nadie me lo explicara, que cada momento era una mierda a no contar: a veces sabía dulce, como esas mañanas de café o esas tardes de bus mirando paisajes repetidos; y a veces apestaba, como esas noches donde el silencio decía más que cualquier palabra, y donde uno solo podía quedarse ahí, acompañando, sin preguntar, sin pedir explicaciones, sabiendo que algunas cosas simplemente son así y no hay idioma —ni el de ella, ni el mío— que alcanzó para traducirlas del todo.
Casi siempre la encontraba en el mismo rincón del cafetín universitario, concentrada en su almuerzo, una ensalada verde meticulosamente armada con gajos de naranja, un puñado de semillas y una rebanada de pan negro. Ella asegura que no come carne. No sé si es vegetariana devota o si solo lo disimula bien para encajar en la moda light, pero verla masticar con tanta paz me superaba.
—Eso que haces no tiene perdón de Dios —le decía yo siempre en broma, sentándome al otro lado de la mesa—. Ese plato tuyo no es comestible, va en contra de todas las leyes de mi rutina dietética y lo considero una violación flagrante a mi estómago.
Ella solo sonreía de medio lado, acostumbrada a mi drama. Mientras tanto, yo procedía a desplegar mi propio festín: una pizza enorme, grasienta y gloriosa, pedida exclusivamente para mí, con la firme intención de no compartir ni una sola rebanada. Mi filosofía siempre ha sido simple: mi organismo decide por mí y mi cerebro se limita a acatar cada uno de sus deliciosos desarreglos (grave cosa hoy).
La veía pinchar cada trozo de naranja con total parsimonia, ajena al caos calórico que ocurría a unos centímetros de distancia, como si su almuerzo fuera un ritual sagrado y el mío, un boleto directo a la culpa.
Se había convertido en nuestra forma favorita de pasar los mediodías entre clase y clase.
Afuera, en cambio, ya no queda nada; solo la nieve brillante de un invierno que lo congela todo. Es una metáfora perfecta de lo que somos: yo soy el caos, alguien dañino que arrasa con lo que toca, y ella… ella es una chica light, que flota por la vida sin dejar huella, intocable y ligera.
Al día siguiente, el hechizo se rompe al sonido del viaje. El mundo se dispersa en un parpadeo. Mi destino es Marruecos, una tierra de laberintos, contrastes y calor intenso que encaja con mi propio desorden interno; el de ella es Nueva York, imponente, impecable y envuelta en esa luz de rascacielos y asfalto.
Muchos viajan sin rumbo, huyendo de algo o buscando una señal, mientras que otros llevan la vida resuelta, con todo el plan meticulosamente anotado bajo el brazo. El libreto del viaje es el mismo para todos, pero la gran verdad de la vida es que nadie te enseña cómo empezar de nuevo o cómo terminar de soltar. Eso, muy pocos lo saben.
Alguna vez me habló de sus raíces con una mezcla de misterio y nostalgia. “Vamos por la ruta de dónde vengo”, me propuso, mirándome a los ojos. “Quiero enseñarte algo más, algo que vaya más allá de lo que ya has escuchado de mí; tal vez así puedas viajar a ese cielo del que una vez me contaste”. Sus palabras sonaron como una invitación idílica, un boleto sin retorno a su mundo.
Mi reacción en ese instante fue tan intensa, tan alucinante, que me dejé cegar por completo. Cuando me miró y me soltó un “te quiero”, el mundo se detuvo. Estaba tan suspendido en su galaxia que fui incapaz de ver la realidad.
Y sin pensar, la magia de ese destello duró apenas un segundo. Fue una epifanía amarga: en el mismo milisegundo en que sus labios pronunciaron esas palabras, una certeza fría me golpeó la gallardía. Supe, con la claridad destructiva de la intuición, que ese cariño venía con equipaje. Había un desposado en algún lugar, un hilo invisible que la ataba a otra parte y que convertía su cariño no en un boleto de ida, sino en una hermosa y dolorosa despedida anticipada.
Ahora, al recordarlo, ese aprendizaje suyo me parece casi un regalo congelado en el tiempo, algo que quedó pausado junto con el resto del mundo. Pienso en sus manos explicando con paciencia, en su voz tranquila enseñándome algo tan simple y, sin embargo, tan cargado de significado, y no puedo evitar sentir que esa enseñanza —como tantas otras cosas de aquella época— quedó suspendida, esperando un momento que tal vez nunca termine de llegar del todo.
Humanos compuestos por pensamientos, emociones y todo elemento a la orden del día, atributos y conformidades, que nos hacen individuo, dejando de lado lo humano para volver a ser animal.
Las promesas e ilusiones ya no son sorpresas, ¿creo que terminamos?
