Eran años en los que la ansiedad llegaba sin avisar, a cualquier hora, y yo me refugiaba en lo único que sabía sostenerme: la música. No era una solución, ni siquiera un consuelo completo. Era más bien una cuerda tendida sobre el vacío, algo que me mantenía a medio camino entre caer y seguir de pie, suspendido en ese punto incómodo donde nada se resuelve, pero tampoco se derrumba del todo.
Ponía un disco, cerraba los ojos, y por unos minutos el mundo dejaba de apretar.
Ahora, con la distancia, deduzco que esos períodos eran más elementales de lo que parecían. Y de ahí nace este cuento.
Justo entonces emergió un aliado enemigo vecino mío de aquellos tiempos de antaño. Por algún motivo insólito, notó en mi tendencia musical algo que valía la pena rescatar, o eso supuse en su momento.
De alguna forma se me acercó y me soltó sin demasiada ceremonia:
—Si quieres escuchar música, escucha esto.
Me facilitó un casete pirata, mal copiado, con una carátula en blanco y negro que alguien había fotocopiado del original y luego pintado a mano con colores, como quien intenta devolverle la vida a una fotografía desteñida. Era un calco riguroso, casi devoto, hecho con más paciencia que recursos. La cinta tenía ese siseo inconfundible de las copias de copias, y el plástico parecía haber pasado por más manos de las que podía recordar. Nada en él prometía demasiado.
Y, sin embargo, ese objeto humilde fue el comienzo de esta ficción.
Lo puse a sonar sin saber que estaba dando el primer paso de una carrera contra el tiempo, una que sigo transitando hasta el día de hoy.
Ya había visto por ahí, cosidos en jackets de gente por varios lugares, unos parches con una calavera perversa, dominante, de mirada torcida, que empuñaba un machete y que de solo verla intimidaba un poco. Era una imagen que parecía salida de una pesadilla, y justo esa misma figura ocupaba la portada del casete que mi vecino acababa de prestarme.
Me quedé mirándola un buen rato y pensé: puta madre, esto debe ser el camino al inframundo sonoro.
En aquel entonces yo era un culicagado extraviado en el dial de la radio comercial, rodeado de canciones repetidas hasta el cansancio, todas fabricadas con el mismo molde. Pero dentro de ese desierto había una inquietud que no se apagaba, la de buscar algo más crudo, más vivo, algo capaz de sacudir de raíz mi manera de entender la música.
Sin saberlo, llevaba tiempo esperando una puerta, y ahí la tenía, dibujada con tinta y colmillos.
Metí el casete en la grabadora, respiré hondo y le di play.
Sonó The Ides of March.
El resto es historia.
¿Cuándo podré ver en vivo a esta banda en mi tierra prometida? No lo sé. Nunca lo supe, y los días de aquella época tampoco lo sabían. Eran tiempos impulsivos, en los que nada caía del cielo y lo poco que llegaba a caer era un tumulto de sonidos repulsivos que se estrellaban contra mis oídos. Ruido sin alma, fabricado en serie, del que uno terminaba huyendo con los auriculares puestos.
Por eso esta banda, cuando por fin apareció, se sintió menos como un lanzamiento y más como un hallazgo.
Escucharlos era, a la vez, un consuelo y una espina. Consuelo, porque confirmaba que en medio de tanta mugre sí existía algo digno de ser escuchado. Espina, porque esa música pedía un escenario, un sudor compartido, un estruendo real en el pecho, y yo solo la tenía a través de unos parlantes.
Pero un día, más adelante, el momento llegó. Sin aviso, sin señales previas, la oportunidad de verlos tocar en vivo se presentó y no la dejé pasar.

La odisea
Existe un tipo particular de calor veraniego que solo se da en un anfiteatro al aire libre de Virginia a finales de julio: denso, húmedo, de ese que te empapa la camiseta para cuando la segunda banda sube al escenario. Se sentía cómo emanaba de la explanada del Nissan Pavilion, en Stone Ridge, aquel domingo. Bajo un cielo de tonos sombríos se apretaba una multitud que llevaba allí desde las nueve de la mañana, bebiendo en superabundancia y aguardando algo que, a partes iguales, temía y anhelaba.
Yo ya conocía el lugar, y sin entrar en demasiados detalles puedo comentar que ese recinto es una mierda, y no me cansaré de repetirlo. Todo es difícil ahí: llegar, estacionar, moverse, comprar algo de beber sin sacrificar media hora de vida, encontrar una sombra que no esté ya ocupada por cuerpos derrumbados. Parece diseñado para que el público sufra, y sospecho que el sufrimiento forma parte del negocio.
Nosotros llegamos sin saber cómo, pero llegamos, buscando sombra y descanso. Sí, lo sé, suena ridículo, pero seguíamos aterrizando de la noche anterior: resaqueados, con la piel de un verde enfermizo y el estómago revuelto, mientras el clima se encargaba de empeorarlo todo. Éramos tres perdidos en medio de aquel océano de gente.
El cartel no era feroz, seamos honestos. Tenía relleno de sobra y varios nombres que estaban ahí para cumplir con el formato. Pero los dos headliners eran todo lo necesario para estar presentes, y ninguno de nosotros pensaba perderse algo así por causas ajenas.
Como dije, tocaban mil bandas por todos lados. Había dos escenarios, creo, y me interesaba muy poco caminar hasta ellos, y menos aún ir a verlas. En algún momento le pregunté a alguien, con toda inocencia:
—Oye, esta bandita como que lleva tocando más de tres horas, ¿verdad?
Y la respuesta era peor que la sospecha: ya habían pasado como diez bandas. Todas sonaban igual, todas cortadas con el mismo molde, un producto chicle descartable, masticado, sin sabor y listo para escupir. Cada una repetía la misma fórmula de riffs prefabricados y gritos ensayados, como si el escenario fuera una cinta transportadora. Aquello no ayudaba en nada a sanar la cruda que cargaba. Al contrario, la empeoraba.
La tarde caía sobre nosotros y yo seguía soportando aquellos sonidos, sentado en la grama del recinto, mientras las gradas se llenaban a mi alrededor hasta rebosar. El ánimo subía a cuentagotas, como el agua tibia que quedaba en mi botella. Entre banda y banda, ese trámite interminable de cambios de equipo y aplausos de compromiso, me armé de valor y emprendí camino hacia el bar, con la excusa de echar un vistazo al merch del día.
Ambas cosas eran una pequeña odisea. La fila avanzaba a paso de procesión, los precios parecían calculados por alguien que jamás había pisado un concierto, y las camisetas, aunque algunas valían la pena, costaban lo que es una semana de almuerzos. Aun así, deambular entre los puestos y el olor a cerveza derramada me devolvió algo de pulso. Era un pequeño ritual, una forma de recordarle al cuerpo que seguía vivo.
Porque tenía que estar a tono. La hora se acercaba y no era posible que me viera destruido y derrotado justo ese día. No, ese no. Era el momento de cambiarlo todo: ponerme de pie, sacudirme la resaca y la desgana de encima, y volar hacia lo que había venido a ver.
Aquella era todavía tenía un mundo sin pantallas. Los celulares con cámara eran una rareza, y nadie levantaba el brazo para grabar el show entero desde la primera fila. Lo que ocurría se quedaba en los ojos y en los oídos, sin nube ni archivo, y si se perdía, se perdía para siempre. Aun así, fieles a nuestra costumbre de romper cualquier regla, intentamos dejar algún rastro del día, un intento torpe, con la mano temblorosa y la resaca a cuestas. Quizás alguna imagen logró salvarse, quizás no. Pero lo que sí quedó grabado, con más nitidez que cualquier fotografía, fue todo lo demás.
Yo había ido por Iron Maiden. Tenía que verlos carajo. No sabía cómo, pero ya era hora, y algo me decía que ese momento por fin era hoy. Llevaba años escuchándolos desde aquel casete pirata de carátula pintada a mano, con la calavera que me había abierto la puerta del inframundo sonoro, y estar a punto de tenerlos enfrente me parecía casi una deuda saldada con el chaval que fui.
Y la suerte venía doble, porque ¿quién en su sano juicio le diría que no a Black Sabbath? Sí, esa misma noche tocaban ambos. Los padrinos del género y los herederos de la galopada, en el mismo escenario y en la misma velada. Lo mejor de dos mundos que había aprendido a venerar por separado, ahora reunidos bajo un mismo cielo bochornoso.
¿Qué más se podía pedir? Nada. Todo lo demás, el calor, la resaca, las diez bandas de relleno y el recinto miserable, se volvió el precio de la entrada.
Las luces se apagaron y el recinto entero contuvo el aliento. Yo seguía con el cuerpo hecho trizas, la garganta seca y los oídos zumbando de las bandas anteriores, pero en ese instante todo el cansancio se evaporó. Durante años los había imaginado a través de un parlante, en la penumbra de mi cuarto, con aquel casete mal copiado girando como un talismán. Y ahora, a pocos metros, estaba a punto de ver cómo esa música cobraba carne y hueso.
Ahí lo entendí. Todo lo que había vivido para llegar hasta ese punto, las épocas turbulentas, los días de angustia, la resaca que aún me sepultaba, cobraba sentido en esos minutos. No era solo un concierto. Era la puerta que había estado mirando durante años, abriéndose por fin de par en par.
Y yo estaba del lado correcto.
El sol ya se había ocultado cuando los altavoces crepitaron con los primeros compases de “The Ides of March”, reproducida en cinta, como siempre. Y el campo, por primera vez en todo el día, se quedó en silencio. Cientos de jóvenes achicharrados por el sol, que habían venido en su mayoría a por metalcore y a joder en el mosh, dejaron de moverse de golpe. Incluso los chavales que dos horas antes se destrozaban el cuello a cabezazos se quedaron plantados, con la mirada fija en el escenario, como si alguien hubiera pulsado el botón de pausa. Después de una tarde entera de ruido descartable, aquello era lo más parecido a un ritual que habíamos visto.
Yo, que había conocido esa canción en un casete pirata de carátula teñida a mano, sentí que el círculo se cerraba ahí mismo. Aquellos primeros compases, que antes salían siseando de una grabadora, ahora inundaban todo un anfiteatro.
Así se presentaba Iron Maiden en plena gira “Eddie Rips Up the World“. Llevaban semanas recorriendo Europa y el Reino Unido antes de aterrizar en el tramo estadounidense, y eso se notaba: la química era sólida, la sincronización impecable, y la energía, controlada pero palpable, la de una banda que sabe exactamente lo que hace y no necesita demostrarlo a gritos. Eran veteranos frente a una generación que apenas empezaba a descubrirlos, y no venían a pedir permiso.
Para el Ozzfest habían recortado el repertorio que traían de la gira europea. Era comprensible, aunque también un poco injusto: un festival de tantas horas y tantas bandas intercambiables obliga a condensar, y ellos condensaron. Pero la lógica del recorte no importaba demasiado esa noche. Lo poco que iban a tocar sería suficiente, y lo sabíamos todos.
La noche se abrió sin pedir permiso. El bochorno del día cedió por fin ante una brisa que olía a césped pisoteado y a cerveza tibia, y yo, con una lata en la mano y casi recuperado del atropello de la víspera, sentí que el cuerpo volvía a responderme. No estaba en mi mejor forma, pero estaba de pie, y a esas alturas eso ya era una victoria. Cada trago me devolvía un poco de color a la cara, como si el litro de cebada de ayer estuviera saldando sus cuentas en sentido contrario.
Luego “Wrathchild” irrumpió con fuerza en esa humedad de Virginia como un primer golpe certero, y “The Trooper” convirtió a la primera fila en un solo cuerpo que pisoteaba el suelo al unísono, incluso antes de que llegara el estribillo. “Revelations” marcó un cambio de ritmo me pareció, la interpretación teatral de Dickinson y esa melodía operística captaron la atención de una multitud que llevaba todo el día inmerso en el frenesí del mosh. “Phantom of the Opera” fue un muro de sonido —miles de voces superponiéndose a las guitarras, todo el campo afinando al unísono como si lo hubieran ensayado, aunque no fuera así—. “Run to the Hills” fue el ritual, la llamada y la respuesta, el pisotón, las palmas; la canción en la que el público se convierte en la sección rítmica.“The Number of the Beast” fue la detonación, el momento en que la multitud dejó de ser un montón de personas para convertirse en una sola entidad. “Hallowed Be Thy Name” fue el momento de sosiego, el vibrato de Bruce transportaba el peso de toda la actuación hacia algo tranquilo y casi venerable. “Iron Maiden” cerró el repertorio principal condensando el nombre, el mito y toda la identidad de la banda en cuatro minutos. Los encore fueron “Running Free” —la liberación, el salto, el eco de las guitarras bajo el cielo abierto— y “Sanctuary”, para rematar la faena antes de que se apagaran las luces y la noche de Virginia se tragara el campo por completo.
La Misa Negra del Ozzfest: Cuando los Titanes Conquistaron el Escenario.

Aquella actuación de Black Sabbath no fue simplemente un concierto; fue un cataclismo sonoro, un ritual litúrgico de proporciones titánicas. Se alzó como uno de los momentos más formidables de toda aquella era del Ozzfest, un despliegue de poderío ancestral empañado apenas por un humano y conmovedor tropiezo.
El telón de fondo no era menor: soplaba el viento del décimo aniversario del festival, albergando un hito histórico e irrepetible. Por primera vez en la historia, los caminos de Black Sabbath y Iron Maiden convergían bajo un mismo cielo. A las 9:30 en punto de la noche, la profecía se cumplió. Los cuatro jinetes originales —Ozzy Osbourne, Tony Iommi, Geezer Butler y Bill Ward— tomaron el escenario principal como patrones legítimos del trono del heavy metal.
Durante una hora exacta, el repertorio funcionó como un martillo inexorable forjado exclusivamente con los tesoros de sus primeros cuatro álbumes sagrados: N.I.B., After Forever, War Pigs, Dirty Women, Fairies Wear Boots, un monolítico medley compuesto por Symptom of the Universe, Sweet Leaf y Electric Funeral, seguido de Iron Man, Black Sabbath, Paranoid (bautizado con la solemne y amenazante intro de Sabbath Bloody Sabbath) y, como decreto final, Children of the Grave.
Cada bloque fue una lección magistral de oscuridad. El medley central estalló como una triple embestida: denso, melódico y sepulcral, deslizándose hacia un tramo de pesadez asfixiante antes de resucitar con los primeros acordes de Iron Man. La habilidad de Tony Iommi en Dirty Women se convirtió en una cátedra de riffs abrasadores, mientras que el clímax de Paranoid, precedido por la arquitectura inconfundible de Sabbath Bloody Sabbath, desató una catarsis colectiva capaz de arrancar los cimientos del festival. Devolver la furia a través de Children of the Grave como final fue el sello definitivo a una actuación legendaria.
Sin embargo, la grandeza suele habitar en la vulnerabilidad. El único atisbo de flaqueza llegó cuando la voz de Ozzy se quebró peligrosamente en Dirty Women; las exigencias melódicas superaron por completo el registro que sus cuerdas vocales podían soportar aquella noche. Con la honestidad descarnada que lo caracteriza, se disculpó ante la multitud, confesando que desafiaba la estricta prohibición de los médicos para estar allí.
A fin de cuentas, no fue una ejecución quirúrgica ni perfecta; fue un espectáculo visceral, genuinamente Sabbath, entregado a una marea de fieles devotos. Sin artificios, sin invitados sorpresa, sin canciones de relleno. Únicamente cuatro leyendas esculpiendo el sonido del trueno. En un cartel asediado por bandas comerciales y efímeras, el contraste convirtió a Sabbath en una fuerza de otra dimensión, un monolito de oscuridad pura.
Si el destino solo me concedió presenciar a dos bandas aquel día, supe con certeza que había elegido las correctas.
Aquel día, el caos conspiró para concederme un único y respetable fenómeno: cruzar la mirada con los arquitectos de las sombras, la única vez en toda mi existencia que tuve frente a mí a Black Sabbath en carne, hueso y riffs de plomo. No fue un simple acuerdo; fue la comunión definitiva con el origen de todo, un pacto sellado en un tiempo que hoy se ha convertido en mito y ceniza. Mientras el peso de sus acordes sacudía el suelo bajo mis pies, supe que el destino me había reservado un instante irrepetible, un destello de eternidad pura que el reloj jamás volverá a concederme. Frente al paso implacable de los años, me quedo con la gloria de haber estado allí cuando los señores pisaron la tierra.

Repetir no es rebobinar. La segunda galopada.
La segunda vez fue extraña, y buena parte de la culpa la tuvo todo lo que pasó en el área.
Una tormenta reventó la electricidad casi por todas partes del área que habitaba, y para colmo era verano, ósea, un calor insoportable, sin aire acondicionado, con las casas convertidas en hornos y los ventiladores muertos sobre las mesas. Basto un poco de mal tiempo para que la infraestructura se rindiera.
Fue un sábado de junio del 2012, en el que lo impensable ocurrió, y el día pasó de algo desgastado a casi glorioso. Junto a un compañero de la nueva parroquia conseguimos llegar a ese lugar que ya me debía revancha, tan lejos y de acceso tan hostil que parecía puesto a propósito para desanimar a cualquiera. Pero es ahí donde la mayoría se presenta, así que ni modo.
La tormenta había paralizado la zona por completo. No había semáforos y las filas se alargaban sin explicación. Ni siquiera se conseguía gasolina, y las estaciones cerradas parecían anunciar el fin del mundo. Era un mini caos, y justo el día en que Maiden pisaba suelo capitalino. Recórcholis, qué timing.
El gancho de aquella noche era Alice Cooper abriendo el show, ¡caramba! No podía pedir más, otra vez. Nunca había visto en vivo a este man, y me dije que un mini set previo a la doncella sería perfecto, un regalo inesperado en medio de tanto caos. Con esa ilusión emprendimos el camino, aunque llegamos medio maltrechos y con una sed de desierto. Demasiado calor para este veranillo, maldición, pero ahí estábamos, empapados y en pie, que a esas alturas ya era un mérito.
Pero, ¡puta madre! llegamos tarde.
Cooper ya estaba cerrando su set cuando cruzamos la entrada, y de su función solo alcanzamos los últimos ecos, como quien llega a una fiesta cuando ya recogen las sillas. Me dio rabia, claro, de esas que uno se traga mirando el suelo. Pero así es esto. Ni la tormenta, ni el calor, ni la distancia nos habían llevado hasta allá por él. Estábamos por Iron Maiden, y con eso bastaba para sacudirse la frustración.
Buscamos un lugar donde acomodarnos, compramos algo de beber y esperamos. Mientras tanto, la cabeza se me fue llenando de expectativas. A pesar de los años transcurridos y de los miles de tours que llevan a cuestas, por aquí y por allá, esta vez pensé que sería diferente. Imaginé que se mandarían un set tan completo y generoso parecido a la primera misa que tuve hace unos años, y que, sin pedir demasiado, meterían más temas del casete pirata de mi infancia degenerada, aquel que me abrió la puerta de la caverna sonora.
Era pedir poco, o al menos eso me repetía. Es la esperanza terca de quien lleva media vida escuchando la misma cinta y todavía cree que la banda, esta vez sí, va a tocar justo lo que uno lleva años esperando.
Bajo el Relámpago y el Trueno: El Renacer de una Leyenda.
Las luces del local se apagaron de golpe, marcando las 9:00 p.m., y en ese preciso instante el tiempo se congeló. Maiden no estaba simplemente dando un concierto; estaba abriendo las puertas de otra dimensión con la gira Maiden England. A lo largo de una hora y cuarenta y cinco minutos de pura descarga —hasta que el reloj marcó las 10:45 y el último acorde se desvaneció en el aire—, la banda transformó el escenario en un templo del heavy metal absoluto.
La atmósfera era un calco viviente del legendario vídeo del 88, transportando a los presentes de regreso a la era del Seventh Tour of a Seventh Tour. Dominando la parte trasera se alzaba una imponente plataforma elevada en forma de U, esculpida con una estética de hielo tan realista que parecía exhalar el frío del invierno más crudo. Pero el hielo era solo el lienzo para una tormenta de fuego y espectáculo: telones monumentales que cambiaban de escena, estallidos de pirotecnia que iluminaban las miradas aturdidas del público, las apariciones teatrales e imponentes de Eddie y un desatado Bruce Dickinson cambiando de vestuario canción tras canción para dar vida a cada relato.
El alma de la noche pertenecía por derecho propio a aquella obra maestra, Seventh Son of a Seventh Son. Con cinco auténticos himnos vertebrando el repertorio, el público rugió al unísono con el misticismo oscuro de “Moonchild”, la euforia desatada de “Can I Play with Madness”, la profundidad épica de la canción homónima “Seventh Son of a Seventh Son”, la melancolía certera de “The Clairvoyant” y la incombustible energía de “The Evil That Men Do”.
Y entonces, el destino añadió su propia leyenda a la velada. Aunque el concierto jamás corrió un riesgo real de cancelación, el espectáculo se levantó desafiante justo el día después de una tormenta histórica que había sumido a toda la región en una situación crítica de emergencia. Respirar aquel aire cargado de electricidad, con las cicatrices del temporal aún visibles en las calles y la música atronadora retumbando en el pecho, convirtió aquella noche no solo en un concierto inolvidable, sino en el triunfo definitivo de la música frente a la furia de los elementos.
Aquel show fue un atasco en el tiempo, por todo lo que se juntó alrededor. Fue un reto que parecía imposible y que, de algún modo, se doblegó, superado con todas las fuerzas extrañas que el universo tuvo a bien prestarnos. Entre la tormenta, el apagón, el calor y la distancia, cada paso parecía negociado con el destino. Y cuando por fin terminó todo, me vi varado lejos de mi posada, sin idea de cómo atravesar media ciudad en plena carretera, con la noche encima y ninguna certeza de que hubiera manera de volver.
Aun así, aquel día fue un viaje al pasado, aunque no exactamente el que yo esperaba. Busqué entre las canciones algún rastro de mi casete pirata, ese talismán de carátula pintada a mano, y no encontré nada. No tocaron “nada” de Killers, mi disco preferido de siempre. Ni una nota del álbum que me abrió la puerta a las catacumbas del metal. Lo asumí con un nudo en el estómago, entre la rabia y la resignación de quien esperaba un abrazo y recibió un apretón de manos.
Y, sin embargo, en medio de esa ausencia, ocurrió algo curioso. De alguna forma pude revivir una época casi medieval, un tiempo en el que todo era nada y a la vez todo era simple, en contraste con esos días del 2012, saturados de pantallas, prisas y ruido. Quizás no era la noche que había soñado, pero era una noche que sabía a origen, a tierra y hierro, a cuando la música bastaba para llenarlo todo.
Podría resumir todo esto en un solo encuentro: el de mi yo de hoy con el otro, el que quedó abandonado en la perdición del pasado. Aquel muchacho rebelde que dibujaba Eddies en los cuadernos y las carpetas de la escuela, con el bolígrafo mordido y la calavera siempre a medio terminar. Ese chaval que pretendía ser salvaje, aunque en el fondo solo era un curioso perdido en la radio comercial, y que creía que un casete pirata bastaba para blindarse contra el mundo.
Con los años entendí que aquellos garabatos eran, en realidad, una promesa. Sin saberlo, ese chico dejó trazado el mapa que yo recorrería después: las tardes de angustia, las resacas, los calores imposibles, los viajes a recintos hostiles, los amigos que se quedaron en el camino. Cada concierto fue una vuelta a casa disfrazada de peregrinaje. No fui a ver a una banda, fui a reunirme con él.
Y quizás ahí está lo más curioso. Uno cree que los recuerdos se guardan quietos, como fotografías, pero no es así. Se reescriben cada vez que volvemos a ellos. El muchacho de las carpetas tuvo que esperar a que yo creciera para que sus sueños tuvieran testigo, y yo tuve que crecer para comprender que esa ingenuidad rebelde era lo más valioso que traía conmigo. Él dibujó el futuro; yo lo viví. Él soñó el ruido; yo lo escuché de frente. Y ahora, cada uno a su manera, nos contamos el uno al otro.
La carrera contra el tiempo que empezó en un cuarto oscuro, con una cinta siseando en la grabadora, sigue corriendo, y tal vez nunca termine. Pero ya no me asusta. Sé que en algún rincón de la memoria hay un chaval con un cuaderno lleno de arte esperándome, y que basta una nota para volver a encontrarlo.
Siempre en algún lugar, muy atrás en el tiempo.
Somewhere back in time.
Iron Maiden
Eddie Rips Up the World Tour – Ozzfest
Nissan Pavillion, Bristow VA
24 de Julio 2005
Setlist:
The Ides of March • Wrathchild • The Trooper • Phantom of the Opera • Revelations • Run to the Hills • Hallowed Be Thy Name • The Number of the Beast • Iron Maiden • Running Free • Sanctuary
Iron Maiden
Maiden England Tour
Jiffy Lune Live, Bristow VA
30 de Junio 2012
Setlist:
Moonchild • Can I Play with Madness • The Prisoner • 2 Minutes to Midnight • Afraid to Shoot Strangers • The Trooper • The Number of the Beast • Phantom of the Opera • Run to the Hills • Wasted Years • Seventh Son of a Seventh Son • The Clairvoyant • Fear of the Dark • Iron Maiden • Aces High • The Evil That Men Do • Running Free
