Via al Desvelo (2)

(Segunda parte: Suelo medieval)


Octubre 7   
4:05 a.m. 
Bremen

Aproximadamente a la una de la madrugada pusimos la marcha rumbo sur desde Kiel. La carretera estaba sumergida bajo un aguacero tenaz que se negaba a ceder. A pesar de este implacable clima norteño, cada kilómetro recorrido empezaba a corroer el nido de mis dudas. 

La ciudad que emergió de la noche fue Bremen. Una parada impulsada por la absurda idea de rastrear el pasado de Pizarro, un delirio que celebramos con carcajadas.  
A esa hora, la urbe era un fantasma. Las arterias vacías y los negocios con sus persianas bajadas. Sinceramente, fue un alivio. Siempre llevo conmigo esa aversión a la marea humana en espacios cerrados; es una aflicción constante. Ya sabes, un sorbo de tranquilidad aquí y un poco de espacio allá. 

Bordeamos la mole del estadio del Werder Bremen, pero la oscuridad era tan densa y la iluminación tan raquítica que el coloso apenas se manifestó como una silueta espectral, un titán de hierro devorado por la neblina y la lluvia persistente. Era una presencia muda, una sombra ciclópea que vigilaba nuestro paso hacia las entrañas de la ciudad. 

Detuvimos el coche en el corazón mismo del casco antiguo, en las inmediaciones de la Bremer Marktplatz. Tras abandonar el refugio del vehículo en una callejuela angosta y olvidada, nos lanzamos a caminar, entregándonos al abrazo del frío. Avanzar en absoluta soledad por el centro a esa hora, con el eco de nuestros pasos rebotando en el pavimento mojado, se sentía como cruzar el umbral de un teatro gótico de terror. 

Las fachadas centenarias parecían observarnos con ojos de piedra, y bajo esa atmósfera cargada de humedad y silencio sepulcral, Bremen dejó de ser una ciudad moderna para convertirse en el escenario de una pesadilla elegante. Cada farola moribunda y cada gárgola invisible entre las sombras contribuían a esa sensación de irrealidad, donde el tiempo se detiene y la ciudad revela su rostro más ancestral y sombrío. 

St. Petri Dom zu Bremen, con su imponente estilo románico, el Rathaus, el Schütting, la estatua de Die Bremer Stadtmusikanten… Todo se combinaba: los viejos pisos de piedra, la llovizna fina y la niebla baja. Cada elemento encajaba, provocando un juego constante en mi imaginación. 
Luego nos adentramos en Schnoor, un barrio medieval atrapado en el tiempo. Bordeamos el río Weser y, sin mirar atrás, iniciamos la huida. 
De nuevo, la autopista A1 nos tragó en dirección sur. 

Cruzamos Bielefeld y Münster, y a la distancia, Büren, un nombre de vital importancia en mis notas. A mi pesar, no pudimos detenernos. La inclemencia del clima, sumada al apretado itinerario, frustró la parada. A pesar de ser un poblado menor, el acceso resultó ser inusualmente complejo. 
Mi profundo anhelo de pisar esas densas superficies y tener Wewelsburg a la vista tendrá que esperar una mejor ocasión. Estuve cerca tras mi última lectura, pero hay que saber cuándo retirarse. No forzar las cosas; hoy no se pudo. 
Volveré


Octubre 7 
10:40 a.m. 
Dortmund

Esta ciudad, por el contrario, se rindió sin resistencia. De acceso sencillo y con ese orden impecable que ya se asume en estas latitudes, revelaba de inmediato el pulso acelerado de una urbe mediana. La gente bullía por todas partes y el tráfico se concentraba en su espina dorsal. A estas alturas, la fatiga de la noche anterior era una carga minúscula. 

Decidimos poner un freno rápido a esta parada. Mi mente tenía un solo faro: el estadio del Borussia Dortmund. 
Antes de alcanzar el escenario, nos permitimos una breve incursión por los campos de entrenamiento, donde se respira el rigor y la historia del club. Luego, llegamos a la tienda oficial, anclada a los pies de esa mole de acero y hormigón; una escala que, más que voluntaria, se sentía como un tributo forzoso para cualquier amante del fútbol que se talle de serlo (no es mi caso, pero tengo ese trauma inusual aun). 

La ruta nos llevó por la soberbia torre Florianturm a través de grandes bulevares, pero sin más dilación. El plan se mantuvo firme: una incursión quirúrgica. Una visita de médico, rápida y al punto. Y, sin duda, fue la mejor estrategia. 
Si bien una ciudad de tal prestigio sugiere una oferta cultural más amplia, una visita concisa pero bien aprovechada suele ser la mejor experiencia. Queda pendiente profundizar en sus atractivos en el futuro.

Llegamos a la zona con una ligera sensación de aturdimiento, desorientados por lo desacostumbrado del viaje. El paisaje no ayudaba: caminos en reparación, vías clausuradas, una marea densa de camiones de carga por todas partes y, el clima “ya” normal de esta área: humedad que cala los huesos, chubascos intermitentes, niebla persistente y el frío de octubre. 


Octubre 7 
3:23 p.m. 
Köln 

Continuamos el descenso hacia el sur por la autopista A1, viendo cómo el paisaje alemán se deslizaba a ambos lados con una eficiencia casi rítmica. Tras kilómetros de asfalto y horizontes abiertos, finalmente emergimos en los límites de Colonia. 
Nos recibía la cuarta ciudad más grande de Alemania, una urbe de alma romana y cimientos milenarios cuya tradición no solo se estudia en los libros, sino que se palpa físicamente en la rugosidad de cada esquina y en la soberbia silueta de su catedral gótica que domina el cielo. 

Al cruzar el umbral de lo que fue la antigua ciudadela, me invadió una extraña sensación de familiaridad. Fue un déjà vu arquitectónico: por un momento, creí estar visualizando de nuevo las calles de Bremen, como si el espíritu de las ciudades hanseáticas y ribereñas compartiera un mismo código genético. 

Era un paisaje de contrastes: un puerto diminuto incrustado en una gran metrópolis, modernos edificios alzándose entre reminiscencias romanas. Y, como sucede en todo lugar, encontramos sectores menos apetecibles, zonas que se percibían notablemente desoladas y de bajo perfil. 
El día es pausado, busco un banco asequible a mis preferencias, debo cambiar efectivo y las casas de cambio por aquí es un puntapié lento a mi tiempo. Puedo decir que se manejó gran parte de la ciudad buscando cambistas, entre un sinnúmero de avenidas y parqueos sin resultado positivo, tire la toalla. Me quedo sin euros. 

Luego caimos por la zona de Kranhäuser, una serie de edificios cuya peculiar concepción se adapta de manera brillante al entorno portuario. Estos gigantes se alzan a lo largo del Río Rhine, un cauce que ya hemos cruzado varias veces mientras serpenteamos la ciudad. 
En el recorrido, nos encontramos con dos poderosas reminiscencias del imperio romano que aún perduran: la Basilika Sankt Gereon y St. Kunibert. Y, por supuesto, la joya de la corona: el Kölner Dom, la manifestación más brutal de la arquitectura gótica en estas tierras, cuya construcción se remonta al año 1248. 

La plaza, sin embargo, se nos presentó como un hervidero caótico, saturada de una marea humana que se movía sin tregua. Era de día, y esa afluencia inevitable desvirtuaba por completo la esencia del lugar; cada turista, cada ruido y cada movimiento errático empañaban la visión pura que yo buscaba inmortalizar con mi lente. La fotografía que yo anhelaba no admitía tales distracciones; necesitaba el alma desnuda de la arquitectura, no su versión comercial y ruidosa. 

Ante el asedio de la multitud, tomamos la única vía posible para los buscadores de lo auténtico: la paciencia absoluta. Decidimos replegarnos y aguardar, dejando que las horas se consumieran lentamente hasta que la noche devoró, por fin, el bullicio. 

Cerca de las once, cuando el aire se volvió más denso y el eco empezó a reclamar su espacio, regresamos a la plaza anexa a la Köln Hauptbahnhof como quien vuelve a un escenario tras el cierre del telón. Queríamos comprobar si la soledad nos daría audiencia, si el vacío finalmente se había instalado entre las piedras centenarias para permitirnos, al fin, capturar el testimonio estático de la noche. 

Allí, tras el último giro de la calle, se erigía al fin la obra maestra. La suerte, en un gesto de generosidad inesperada, nos había sonreído de la forma más pura: la inmensidad del templo se presentaba ante nosotros completamente desnuda. No había multitudes, ni ruido, ni almas que perturbaran la solemnidad de aquel santuario de piedra; solo el silencio y nosotros frente a la historia. 

Su presencia es, ante todo, un impacto sensorial. Majestuosa e inabarcable, la catedral no se contempla, se padece. Sus torres, que parecen rasgar el cielo con una ambición casi divina, imponen un respeto que te deja sin aliento. Es un puñetazo de historia directo al alma, un recordatorio físico de lo que el ingenio y la fe humana son capaces de erigir a lo largo de los siglos. 

¿De qué sirve saturar lo escrito con datos y fechas, con números fríos? Sería un desperdicio, creo.
Tesoros ancestrales y secretos silenciados yacen bajo su sombra. Cada bóveda susurra siglos. 
Resulta frustrante intentar describirla, pues el lenguaje se queda pequeño ante sus dimensiones. No existen términos en mi para dimensionar la Kölner Dom; es una estructura que trasciende la arquitectura para convertirse en un mito de piedra negra y luz filtrada. 

Lo único valioso que puedo ofrecerte es el mandato de experimentarla en carne propia, de pisar su piedra sagrada y sentir la misma conmoción que ahora me consume. 
Cada segundo de la espera fue un tributo que valió la pena pagar. 
Frente a su fachada, uno no se siente un turista, sino un testigo diminuto de algo eterno. 

Al final, me invade una certeza silenciosa: creo conocer Colonia, o quizá ella me ha permitido conocerla a mí, un poco más de lo que jamás habría sospechado. He dejado de ser un extraño ante sus muros de piedra para entender que hay ciudades que no se visitan, sino que se habitan en la memoria. 


Octubre 8 
7:15 a.m. 
El viaje en pausa

Continuamos esta huida hacia el sur, devorando kilómetros con una voracidad casi desesperada. El asfalto se rendía bajo las ruedas mientras dejábamos atrás los perfiles de Bonn y Koblenz, ciudades que apenas pudimos vislumbrar como ráfagas de luces y sombras a través del cristal. El valle del Rhine se desplegaba a nuestro lado, pero no había tiempo para contemplaciones; la carretera se había convertido en un túnel de enfoque absoluto. 

El viaje nos obligó a realizar un reajuste drástico del itinerario. No fue una decisión tomada con calma, sino una imposición de las circunstancias: por un lado, un clima caprichoso y hostil que amenazaba con cerrar los pasos; por otro, la fatiga acumulada de nuestra propia logística. 

Agregamos la dieta espartana de camionero que hemos adoptado desde el primer día, ósea, una rutina de supervivencia donde el placer se ha sustituido por la eficiencia. Como se extraña un Dürüm caray.
Esto no es solo un viaje; es un ejercicio de resistencia contra el mapa y el reloj. 

El deseo nos dicta detenernos en cada ciudad, devorarla por completo, beber de su esencia; esa sería la aventura ideal. Al menos asi dicen aquellos. Pero, me confieso aquí parado en la vías alternas, no es tan sencillo.
El agotamiento es un ancla pesada y estas carreteras se vuelven cada vez más infinitas bajo las ruedas. 

Sin embargo, hay redención en los pequeños poblados. Nos hemos detenido en pocos pueblitos, todos encantadores y con una magia particular, sintiendo que hemos entrado en un gigantesco parque de diversiones; es un juego ameno y enriquecedor. Elegimos Münstermaifeld como parada técnica. Cerca de un antiguo santuario romano, en una callejuela angosta, nos detuvimos solo para refrescarnos, un trago de agua para nosotros y gasolina a la carroza. 


Octubre 8 
9:20 a.m. 
Burg Eltz 

El hechizo se ha materializado bajo mis botas; es una magia tangible anclada a la tierra que me obliga a detener el paso: ante mí, el Castillo de Eltz. 

No es solo arquitectura, es una aparición. Se halla inmerso en el manto espeso y cambiante de un bosque ancestral, donde el follaje traza un tapiz hipnótico de tonos ocres, sangres y esmeraldas que parecen arder bajo la luz filtrada. 

Ceñido por el cauce serpenteante del río Elzbach, que abraza la piedra como un guardián líquido, la fortaleza se yergue soberbia sobre su espolón rocoso. Es una quimera medieval, un sueño de agujas y entramados de madera suspendido en un vacío temporal, anclado perpetuamente en la geografía de Wierschem. 

El mero recorrido hasta este santuario ha sido un acto de voluntad memorable, una travesía que se siente más como un viaje iniciático que como un simple trayecto. Se ha cruzado rutas que ascienden entre la bruma, conectando pueblos rústicos cuyos nombres parecen olvidados por la modernidad; se ha dejado atrás comercios incipientes, campos labrados con la paciencia de los siglos y viñedos vertiginosos que se asoman al abismo para rozar las orillas del Rhine. 

Ha sido un peregrinaje constante de cuerpo y espíritu para confrontar, finalmente, novecientos años de historia ininterrumpida; un cuento de hadas que no fue escrito con tinta, sino cincelado con sangre y honor en la roca viva. 

Me encuentro sin aliento, con los pulmones llenos de ese aire húmedo y cargado de resina. En este instante, mi única capacidad es fijar la mirada, intentando procesar lo imposible. Siento la necesidad casi eléctrica de tocar la rugosidad de esos muros, de absorber la fuerza telúrica que emana del suelo y que parece abrumar mi propia potencia interna, renovándola. 

Haber alcanzado este lugar, haber vencido la distancia y el tiempo para estar aquí, se siente como una victoria personal absoluta. Las palabras, antes tan útiles, me abandonan ahora por su insuficiencia; se deshacen en el aire frío. Solo queda el silencio ensordecedor de la contemplación, el respeto ante lo eterno y la certeza de que, a partir de hoy, una parte de mi alma se quedará para siempre guardiana de estas torres. 

Hay lugares que poseen una carga tan densa, una presencia tan absoluta, que intentar diseccionarlos con adjetivos parece casi una profanación. Al decir “Exacto”, sellas el pacto de lo inefable: hay momentos donde la cámara y la palabra deben rendirse ante el asombro. 

Prefiero soñarlo contigo, dejando que esa “magia anclada a tus pies” rellene los huecos que el lenguaje no alcanza a cubrir. Porque describir el Castillo de Eltz es hablar de arquitectura; pero sentirlo bajo esa luz de Wierschem, después de haber cruzado medio mundo, es algo que solo se entiende en el silencio que compartes con esos muros. 
Esa fotografía no es solo una imagen; es el trofeo de una victoria personal. En ese silencio de contemplación, el castillo deja de ser un destino y se convierte en un Espejo. 

Junto a la solemne magnificencia del Kölner Dom, este enclave se consagra, sin duda, como mi predilecto hasta este día. 
Mi veredicto es rotundo: la visita es irrenunciable. 


Octubre 8 
3:40 p.m. 
Mainz 

Mainz es una joya en la orilla del Rhine: una ciudad acogedora, pulcra y famosa por ser el corazón de una de las regiones vitivinícolas más prestigiosas de Alemania. El sol nos ha dado la bienvenida, confirmando poco a poco que el clima aquí es sorprendentemente cálido. 
La ciudad se halla en la margen izquierda norte del río, el cual cruzamos por el Puente Theodor Heuss, que conecta con Wiesbaden. 
Paramos en el centro, donde el tiempo parece haberse detenido alrededor del Der Hohe Dom zu Mainz, la Catedral. Se alza sobre la plaza, un fascinante compendio de historia donde el románico, el gótico y el barroco se funden en un solo edificio. Es una vista poderosa. 

El recorrido se realizó por diversas calles céntricas, rebosantes de actividad comercial y un constante flujo de personas. Claramente, el favorable clima contribuyó a este dinamismo general. Lógicamente, se visitó solo lo mínimo de esta ciudad, ya que aún queda ruta por cubrir y se necesita apresurar la marcha. 

Y claro, luego de ver lo anterior, he quedado algo ensimismado, con la mente divagando. Por esta razón, el resto de los detalles del día se han desvanecido, y es un olvido intencional: dejar que la sensación de asombro sea la protagonista ha calado fondo. 

Nos sentamos a tomar un aperitivo rápido y a planear el siguiente tramo. Afortunadamente, pude resolver un pendiente logístico crucial: cambiar divisas para los próximos días. 
Mainz cumplió con la entrega. 


Octubre 8 
7:15 p.m. 
Heidelberg 

Heidelberg no es solo una ciudad; es un tapiz romántico tejido con la hebra de una rica historia de Encanto natural y palpable belleza, siendo abrazado por el serpenteante río Neckar. 
Aquí floreció, en 1386, la Ruprecht-Karls-Universität, la institución académica más antigua de Alemania. 
Su latido es inconfundiblemente estudiantil. Al caer la noche, las calles recobran su propósito y significado: bajo la luz dorada de las farolas, la alegría de la juventud se mezcla con los ecos medievales que emanan de las antiguas construcciones, mientras el buen vino fluye en las tabernas. 

Al acercarnos a la ciudad, la bienvenida es notablemente cálida. El paisaje lo confirma con árboles de higo y los fértiles viñedos que trepan por las colinas. Decidimos sumergirnos de lleno en Altstadt, la parte antigua. Ahora, con la imponente figura del castillo dominando la cima, nuestro desafío se fija en la ladera del monte Königstuhl. La subida se antoja exigente, casi vertical, pero al mirar el destino, sabemos que la recompensa de la vista hará que cada paso valga el esfuerzo. Es dificultoso, pero no imposible. 

El ascenso al monte se presenta como una prueba de esfuerzo compleja. El camino se estrecha en una única vía, delimitada a ambos costados por casas y obstruida por la presencia constante de vehículos aparcados justo en sus accesos. Me pregunto constantemente la delicadeza que requiere la coexistencia en este lugar; la idea de tener que descender hasta la llanura y luego afrontar toda esta subida, simplemente para una diligencia tan básica como comprar el pan, resulta agotadora. “¡Qué joda!”, reflexiono. No obstante, asumo que quienes residen aquí han desarrollado una maestría en el manejo de esta topografía. 

A pesar de la dificultad, esta ruta de otoño nos regala paisajes que se vuelven irresistiblemente atractivos. Con cada día que pasa, descubrimos nuevos rincones que enriquecen el viaje, y la belleza histórica de Heidelberg, sin duda, se erige como un punto culminante e imperdible. 

El Castillo de Heidelberg (Heidelberger Schloss, 1214), una joya gótica y renacentista, se impone sobre la ciudad en cualquier dirección. De noche, se ilumina con tenues luces amarillentas y trazos rosados que le confieren un toque de profundo encantamiento. Tras una colosal subida, finalmente alcanzamos la cresta del monte. 

La ciudadela alberga parques perfectos para una pausa y un museo que, desafortunadamente, ya estaba cerrado a esta hora tardía. Aunque el descenso a las ruinas del castillo es posible a pie, esta vez la fuerza de voluntad se encontraba en reposo. Pecamos de miedosos y la mente nos jugó una pasada, es que no había una sola alma a nuestro alrededor, solo la noche y una luz demasiado tenue. Nos invadió la desconfianza. 
El castillo está parcialmente en ruinas, y, aun así, su presencia es imponente. El esfuerzo de la subida valió completamente la pena. 

Descendiendo por callejuelas que serpentean la ladera, volvimos a sumergirnos en el corazón de la parte antigua. Hoy, a dondequiera que mire, se percibe una efervescencia estudiantil que se divierte en todas direcciones, lo cual resulta francamente contagioso. Es notable la cantidad de inglés que se escucha en este sector. 

Recorrimos la Hauptstraße, cruzamos la plaza que ofrece una magnífica vista al templo gótico Heiliggeistkirche, y luego marchamos sobre el Puente Karl-Theodor-Brücke. Esta estructura, con sus 250 años de historia y sus dos torres barrocas a la entrada, es un espectáculo visual sin igual. 

Transitar por estos suelos no es simplemente caminar; es entablar un diálogo con una geografía que vibra en una frecuencia distinta. Hay una singularidad eléctrica en este terreno, una esencia que se distancia radicalmente de todo lo que mis pies han recorrido antes. Es como si cada paso aquí no solo avanzara en el mapa, sino que profundizara en una dimensión de la experiencia que hasta ahora me era totalmente ajena. 

“I Lost My Heart in Heidelberg”. 


Octubre 8
11:55 p.m. 
Karlsruhe 

Una ciudad de justicia y diseño. 
Llegamos a esta pequeña ciudad, compañera estudiantil de la anterior, pero con la singular distinción de ser la capital de la justicia alemana y situada a tiro de piedra de la frontera con Francia. Desembarcamos ya muy tarde. Como sucede en estas metrópolis más recogidas, el pulso social se apaga temprano, y solo pudimos captar una pequeña muestra de su vibración nocturna. 

Se ve más moderno aquí, pocas edificaciones añejas como otras ciudades, aun así, muy atrayente. La visita se convirtió en un recorrido nocturno resumido, cayendo directamente por Marktplatz donde se encuentra el imponente Karlsruher Schloss (Palacio de Karlsruhe). De noche, el palacio se ve espectacular, rodeado de amplios jardines que se extienden en una encantadora llanura. Muy cerca, el diseño nos confrontó con la Pirámide de Karlsruhe, ese enigmático ejemplo de arquitectura del renacimiento egipcio, erigida con una función funeraria. También pudimos contemplar la fachada del Rathaus (Ayuntamiento) y la silueta de la Evangelische Stadtkirche (Iglesia luterana). 

Pero a planificación inicial de Karlsruhe es fascinante, la ciudad fue concebida como una rueda, con radios perfectos emanando desde el palacio central. Es una idea tan ingeniosa que me recuerda a Brasilia y su concepto.
Recorrer estas ciudades bajo la luz tenue de la noche siempre les confiere un aire distinto. Esa vibración nos inyecta una dosis extra de energía para seguir persiguiendo la ruta, incluso cuando el cuerpo nos pasa una factura alta por el esfuerzo acumulado. 


Octubre 9
11 a.m. 
En el Umbral de la Frontera 

La travesía hizo una pausa estratégica en Willstätt, el último asentamiento de suelo germano antes de cruzar el umbral hacia territorio francés. Se sentía en el aire esa calma tensa de los lugares de paso; Willstätt no era solo un punto en el mapa, sino el escenario elegido para el último desayuno alemán de la jornada. 

Fieles a la costumbre de la ruta, nos dirigimos a un Rewe. Este supermercado, que ya se ha convertido en el centro de abastecimiento de confianza, nos recibió con su familiaridad pragmática. La rutina, lejos de ser tediosa, se impuso con la calidez de un ritual: conquistamos ese café que ya es un clásico y una selección de panecillos. 

Fue un pequeño triunfo logístico que nos permitió postergar, al menos por hoy, el “picnic guerrero”; ese banquete improvisado y caótico sobre el capó del coche o en un banco de madera que tanto caracteriza los días de ruta. Sabemos que esa improvisación nos aguarda mañana, pero hoy la organización fue nuestra aliada. 

Mientras recorríamos los pasillos, algo captó mi atención de forma recurrente: el paisaje lingüístico. En este rincón de Baden-Wurtemberg, el alemán cedía espacio a un murmullo constante de ruso y ucraniano. 

Con el aroma del café aún humeante y el espíritu reconfortado por un desayuno cumplidor, enfilamos la vía B28. Cada kilómetro avanzado se sentía como un paso hacia lo desconocido; la cercanía de la frontera francesa empezaba a vibrar en el horizonte. Dejamos atrás la eficiencia alemana con el estómago a media caña y la curiosidad encendida. 
El desayuno estaba honrado. La próxima parada trae la primera frontera del tour y una nueva aventura.