Black Celebration: Una insurrección acústica

Llevo apenas unos meses instalado en este pueblo al sur de la capital, un rincón del mapa donde el tiempo parece haberse estancado en un ciclo eterno de silencio y disciplina.

Aquí, la vida se mide por el pasar de las páginas y el brillo de las lámparas de escritorio que se encienden al caer la tarde; el estudio no es una actividad, es el clima imperante. 
Mi presencia aquí responde a un afán que, si intento definirlo, termina siempre en un “no lo sé” suspendido en el aire. Sin embargo, en la intimidad de mi habitación, la verdad es otra: la música es mi verdadero estudio personal, mi obsesión silenciosa. Poseo un recelo extraño, una especie de miedo ficticio que me impide tocar un instrumento o dejar que una nota escape hacia el pasillo. 
En la seguridad de mi mente, soy un músico de media caña, un virtuoso que no necesita escenario. Imagino arreglos complejos y ejecuciones perfectas mientras el silencio del pueblo me rodea. Pero la realidad es que aquí no sucede nada. Las calles mueren temprano, las sombras son estáticas y esa ausencia de caos ha empezado a filtrarse bajo mi piel. Esta quietud absoluta, lejos de inspirarme, me afecta; es un lienzo en blanco tan vasto que me da pánico mancharlo con el primer sonido. 

Mis vecinos son figuras borrosas, siluetas inclinadas sobre escritorios que solo cobran una forma humana cuando se reúnen, de vez en cuando, en alguna diminuta tertulia nocturna. Estas reuniones son rituales de voces bajas y cerveza recalentada, donde el aire se llena de teorías académicas y planes de futuro que me resultan ajenos. Yo suelo estar allí como un observador silencioso, un náufrago en este pueblo astillero que huele a salitre y madera vieja, donde supuestamente he venido a estudiar, pero donde solo he aprendido a cultivar tu propio aislamiento. 

Fue en una de esas noches, mientras el murmullo de mis compañeros se convertía en un ruido blanco de fondo, cuando una revista musical cayó en mis manos. Al abrirla, sentí un vértigo inmediato, todo se veía al revés. Las palabras eran una escritura extraña, un idioma que no era el mío y que se retorcía en la página como insectos indescifrables. Estaba a punto de cerrarla, abrumado por la confusión de ser un foráneo en tierra extraña, cuando el destino decidió dar un golpe sobre la mesa. 
Al pasar una página con desgana, el papel satinado reflejó la luz apagada del salón y mi sensor se detuvo. 

Allí, en un afiche de diseño sobrio pero imponente, el nombre brilló con la fuerza: Depeche Mode. El lugar: St. Petersburg. La fecha: una cuenta regresiva que ya había comenzado. 

Hice el cálculo mental con una rapidez que no aplico a mis estudios. Estaban a solo cuatro horas en tren. ¡Mierda! 

Sentí una sacudida eléctrica, un hambre de mundo que creía dormida. “Tengo que estar allá”, me repetí, mientras el pecho me exprimía. No podía permitirme otra derrota; no estaba dispuesto a ver cómo la vida pasaba de largo por la ventana de este pueblo astillero. No toleraría ser, una vez más, el hombre que se queda en el muelle viendo cómo zarpa el barco. 

Pero, de inmediato, la realidad cayó sobre mí como una manta húmeda. ¿Cómo iba a llegar? Mi mapa mental de este país terminaba en las fronteras de este pueblo gris. No conocía las rutas, no dominaba el idioma y, lo peor de todo, miré a mi alrededor y vi los rostros de mis compañeros, perdidos en sus glosarios y sus tesis. A nadie aquí le interesaba el sintetizador Higher Love ni el viaje hacia lo desconocido. 

Tenía todo en contra: la geografía, el idioma y la soledad de mi entusiasmo. Pero mientras el afiche seguía allí, desafiándome desde la mesa, supe que el verdadero peligro no era perderme en el camino a St. Petersburg, sino quedarme atrapado para siempre en el silencio de esa sombra en mi habitación. 

Las noches de borrachera nostálgica tienen un aroma particular: una mezcla de tabaco rancio, cerveza barata y ese sabor internacional que solo se encuentra en los refugios de paso. Rodeado de extraños de tierras lejanas, las barreras lingüísticas se disolvían con la tercera copa; de pronto, el balbuceo de un dialecto ajeno se volvía comprensible bajo la luz neón, y la conversación fluía en un idioma universal dictado por la embriaguez. 

Sin embargo, no todo era camaradería. Entre la multitud asomaban los expropiados del piso: almas errantes que parecían haber perdido su lugar en el mundo. Los que no encajaban en nuestras reuniones. Observarlos era ver un baile de sombras intentando maniobrar entre los torpes de siempre, los santurrones, la gente anormal del piso (etiqueta en la que, nosotros encajábamos a la perfección). Éramos un ecosistema de gustos encontrados y disgustos compartidos, unidos solo por el deseo de no estar en otra parte. 

Pero la música que sonaba de fondo era un recordatorio cruel. El concierto de Depeche Mode se acercaba como una tormenta inevitable y yo me encontraba en el ojo de la inestabilidad más absoluta. Estaba atrapado, estancado en esta villa que se sentía más como una sala de espera que como una morada. Mi situación era un inventario de carencias:

  • Sin entrada: Un pedazo de papel que valía más que mi cuenta bancaria.
  • Sin logística: Atascado en coordenadas geográficas que parecían diseñadas para el aislamiento. 
  • Sin compañía: Nadie con quien compartir el vértigo del viaje o el peso de la obsesión.

Tiré la toalla casi antes de soltarla. “Nunca podré verlos”, me repetía como un mantra derrotista mientras vaciaba el vaso. Sentía que mis días estaban contados, no por una enfermedad física, sino por esa erosión de la voluntad que provoca la rutina. La impotencia me quemaba la garganta, saber que el evento del año era algo físicamente posible, pero inalcanzable dentro de mi realidad inmediata. 
“Ya es hora de largarme de esta ciudad”, pensaba con el puño cerrado, odiando la brecha insalvable entre mis deseos y mis posibilidades. Porque no hay nada más doloroso que un sueño que está ocurriendo a pocos kilómetros, mientras tú te quedas sentado en un bar hogareño, escuchando a un extranjero hablar de un mundo que tú no puedes alcanzar. 

Al día siguiente, el trayecto de vuelta desde la facultad fue un desierto emocional. Arrastraba los pies por la acera, cargando no solo con los libros, sino con un peso en la maleta musical aislada de ayer. Al cruzar el umbral del albergue de estudiantes, me sentía desértico; la analogía de una patada en los testículos se quedaba corta para describir esa mezcla de náusea moral y derrota absoluta que me recorría el cuerpo. 
En ese estado, lo último que deseaba era la camaradería forzada o las tertulias interminables que solían formarse en las zonas comunes. Mi único refugio era la cama y el consuelo mecánico de mi reproductor de CD, girando con el álbum de siempre para anestesiar el ruido exterior. 

Sin embargo, el destino tenía otros planes. Dejé la puerta de mi habitación entreabierta, un descuido fruto del cansancio, y fue entonces cuando “el F” decidió hacer acto de presencia. 
Él pertenecía a la otra orilla del edificio, al bando de los “expropiados”, esos con los que compartía pasillo, pero apenas cruzaba palabras por una cuestión de fronteras invisibles. Sin pedir permiso, se filtró en mi espacio personal como una sombra persistente. 

Chato, soltó con una voz que mezclaba la condescendencia con una extraña humanidad, el asunto de ese concierto tuyo es ya un mito en el edificio. Has preguntado hasta al conserje, has removido cielo y tierra… y todo para nada. 
Hizo una pausa, dejando que el silencio de la habitación subrayara mi fracaso. 
Tienes que entenderlo —continuó mientras sus ojos escudriñaban mis pertenencias—, a nadie aquí le importa tu música. La gente es de otra índole, tienen otros ritmos en la cabeza. Esos sonidos que tú buscas son, precisamente, lo último que ellos desearían escuchar y obviamente nadie va hacer un viaje para ver a una banda desconocida. 

Sus ojos se clavaron entonces en el afiche del concierto, ese anuncio que yo había pegado en la pared con la esperanza ya marchita de un Sounds of Faith and Devotion. —Es ese el anuncio, ¿verdad? —preguntó señalando el papel. 
Sí, respondí secamente, sin fuerzas para defender mi territorio. 

Mientras él hablaba, una revelación amarga me golpeó. Era cierto lo que decía: yo había hecho una procesión por cada habitación, ofreciendo lo increíble. Estaba dispuesto a pagar la entrada y el billete de tren, ida y vuelta, con tal de no ir solo, de compartir ese fuego musical con alguien más. Nadie había aceptado; mi oferta no causó ni un atisbo de furor, solo indiferencia. 

Pero en ese instante, mirando al F parado frente de la puerta, me di cuenta del vacío en mi propia lógica. Le había preguntado a todo el edificio, a cada sombra y a cada extraño, pero nunca se lo había preguntado a él. Quizás por el muro invisible de los “bandos”, quizás por el prejuicio de su raíz como expropiado, lo había excluido de la ecuación sin pensarlo. 

Ese show es mañana, loco. ¿Cómo piensas llegar? —me soltó, mirándome como si hubiera perdido el juicio—. No hablamos el idioma, ni siquiera lo masticamos todavía. Nunca has sacado las narices de este pueblo y, para rematar, ni siquiera tienes la entrada en la mano. Estás soñando despierto. 
Sus palabras cayeron como baldes de agua fría. La realidad de estar en un país ajeno, donde cada letrero era un jeroglífico y cada dirección un enigma, me golpeó de frente. 
Ya fue —le dije, con la voz cargada de una resignación amarga—. Me llega al pincho todo esto. Me frustra estar tan cerca y a la vez tan lejos. Olvídalo, ya fue. 

El silencio se apoderó de la habitación, solo interrumpido por el eco lejano de la cotidianidad del edificio. Pero entonces, una voz que no esperaba rompió el aire. 

Chato, vamos. Yo te acompaño. De paso conozco la ciudad, que ya hace falta ver algo de cemento capitalino. 

Me quedé helado. El que hablaba era el vecino de piso, un paisano con el que apenas cruzaba un “hola” cordial en el pasillo. Era el tipo que martirizaba mis mañanas poniendo su CD de Marc Anthony a todo volumen, inundando el pasillo con una salsa que nada tenía que ver con mis gustos. Éramos dos extraños compartiendo un código postal. Sin embargo, ahí estaba él, siendo el único que se apiadaba de mi derrota, ofreciéndose como cómplice en una misión suicida. 

¿Es en serio? —le pregunté, incorporándome de golpe—. No me estés hueviando, loco. No te juegues así conmigo, que la decepción me va a matar. 
Él ni siquiera parpadeó. Había una determinación en su mirada que yo ya había perdido. 

¡Muévete huevón! sentenció, agarrando sus llaves. Vamos a la estación a comprar los pasajes ahora mismo. Una vez allá, nos buscamos la vida; siempre hay reventa, siempre hay un hueco. Alguna entrada aparecerá. 
No sabía en qué lío me estaba metiendo, ni cómo íbamos a descifrar las rutas de tren en un idioma que nos sonaba a ruido. Solo supe que, sin consultarlo con la almohada ni con la lógica, ya estaba de pie. La perturbación seguía ahí, pero la soledad se había esfumado. 
Quedé peor que polvo precario… 

Salimos directo a la estación y conseguí pasajes para el mismo día del concierto, ósea al día siguiente. Nos íbamos en tren a St. Petersburg. 

La tarde caía sobre nosotros con una pesadez metálica frente a la mole del CKK Arena (Спортивно-концертный комплекс). No terminaba de comprender cómo habíamos logrado llegar hasta ese punto exacto del mapa; el cansancio se nos había filtrado en los huesos tras un viaje en tren que pareció no tener fin, una sucesión eterna de paisajes borrosos y estaciones olvidadas. Las mochilas, que al principio del viaje cargábamos con entusiasmo, ahora eran lastres de lona que nos hundían los hombros y entorpecían cada movimiento. 

En mi mente, el plan era perfecto. Había visualizado este momento mil veces: llegar, entrar y fundirnos con la multitud. Pero la realidad de aquella tarde rusa era mucho más hostil. Allí estábamos, frente a las puertas cerradas, sin entradas y con el eco de una frase rotunda que flotaba en el aire: “Sold Out”. Todo estaba agotado. 

Empecé a caminar en círculos, recorriendo el perímetro del coloso de hormigón. La desesperación tiene un idioma propio, uno que mezcla la urgencia con la torpeza. En mi pésimo intento por comunicarme, mis labios empezaron a balbucear fragmentos de un ruso roto, palabras mal pronunciadas que lanzaba al aire con la esperanza de que alguien, por piedad o azar, me ofreciera una vía de escape. 

  • El silencio exterior: Afuera, la explanada se sentía extrañamente desierta.
  • El rugido interior: A través de los muros, se percibía la vibración de miles de personas que ya estaban dentro, viviendo lo que nosotros solo podíamos imaginar. 

Me sentía pequeño, un punto insignificante bajo la sombra de la arquitectura soviética. El mundo exterior se vaciaba mientras la vida ocurría a unos pocos metros, detrás de cristales que me devolvían mi propio reflejo de derrota. En ese instante, sentí cómo mi realidad se fracturaba. Mi universo personal, forjado en la travesía, se partía en tres pedazos exactos. Era mi propio mundo siberiano: frío, inmenso y, por primera vez, aparentemente inalcanzable. 
Me quedé allí, de pie, viendo cómo la última luz del día se rendía, mientras el balbuceo de mi ruso desesperado se convertía en el único sonido en una plaza que nos había dejado fuera. 

Entonces se escucha el loquerío de la gente, empieza el intro, está comenzando el concierto. Ese rugido sordo, una mezcla de bajos que retumban en el diafragma y miles de gargantas unísonas, atraviesa las paredes de concreto de la arena como una burla eléctrica. No puede ser, tanto para esto, no es posible, ¡Maldición! La euforia ajena es, desde este lado del muro, el sonido más solitario del mundo. 

Abandonado y con hambre afuera de la arena, entre un bosque espeso me encuentro, aislado del pergamino clásico del plan perfecto. El aire se ha vuelto denso, cargado de una humedad que se pega a la piel como el fracaso. Me encuentro entre todas las preguntas hechas para estar aquí y todas las fallidas respuestas del mundo a mis pies, esparcidas como las colillas de cigarro y los boletos falsos que ensucian el pavimento. ¿En qué momento el hilo se enredó tanto? ¿Fue el dinero, fue el tiempo, o fue simplemente esa mala racha que me persigue como una sombra fiel? 

Tengo puesta una chaqueta que no abriga nada, una prenda de tela delgada que parece rendirse ante cada ráfaga de viento, y unos zapatos que me ajustan el tendón con una saña casi personal. Cada paso es un recordatorio punzante de mi mala elección. Ya es de noche y el sueño se va perfilando en un “quizás” del montón que ya habitan en mí; ese cansancio que no es solo falta de descanso, sino la erosión de la voluntad tras haberlo intentado todo y haberse quedado a un milímetro de la gloria. 

El bosque a mi alrededor parece cerrarse, las luces del coliseo proyectan sombras largas y distorsionadas de los árboles, convirtiendo el entorno en un laberinto de ironía. Adentro, las luces robóticas pintan el aire de colores; afuera, solo hay penumbra y el olor a tierra mojada.
Bajando las escaleras del recinto, con la cabeza gacha y el pecho vacío de música, pero lleno de ruido mental, veo venir al F. Su imagen se recorta contra el resplandor de la entrada a la que no pudimos acceder. Tiene la misma mirada de náufrago que debo tener yo. Lo miro, asumo la derrota con la amargura de quien muerde un metal frío y le digo: ¡Que joda man! Qué más podría pasar… 

Los fragmentos de esa noche flotan en mi memoria como ceniza, inconexos pero vehementes. El aire de aquel septiembre de 2001 tenía un peso distinto, una electricidad extraña que precedía al caos del mundo, pero para mí, el universo se reducía a una entrada sostenida entre dedos temblorosos. 

¡Loco, conseguí un ticket! —su voz cortó el ruido del exterior como un rayo de lucidez—. Entra nomás. Yo me quedo aquí afuera hasta que termine el show; de ahí vemos cómo regresamos al pueblo. ¡Entra y disfruta! 

Sus palabras fueron el empujón final hacia el abismo. No hubo tiempo para dudas ni para el peso de la gratitud; el sacrificio de quien se quedaba en la acera para que yo pudiera cruzar el umbral se convirtió en mi motor. Ajusté las correas de mi mochila contra la espalda, una armadura improvisada de juventud y ansiedad, y me lancé a correr. 

Corrí como si el tiempo fuera a cerrarse tras de mí, dejando atrás el asfalto y la incertidumbre. 
Crucé el acceso y la oscuridad me devoró. No era una penumbra vacía, sino una vibrante, cargada de la humedad de miles de almas y el zumbido de los amplificadores que hacían eco en el pecho. Me encontraba en la sección general, ese hueco de fervor donde la jerarquía no existe, solo la música. 

Al fondo, imponente y místico, se erguía el “Exciter Tour”. 

En ese instante, las primeras notas de “Halo” comenzaron a serpentear por el aire. Era una atmósfera densa, casi religiosa. Avancé a ciegas, abriéndome paso entre un mar de cuerpos anónimos, impulsado por una fuerza magnética que me arrastraba hacia el escenario. No me detuve hasta que el espacio se agotó, hasta que tuve el metal de la valla casi al alcance de la mano. 
Me quedé allí, anclado al suelo, plasmado de pie. A mi alrededor, el murmullo era un caos de idiomas que no comprendía; voces extranjeras que celebraban en lenguas ajenas, pero que sentía perfectamente familiares a través del sonido. Éramos extraños unidos por el mismo pulso sintético. 
Frente a mis ojos, bañados en luces que parecían de otro planeta, estaban ellos: Depeche Mode. 

Era un 18 de septiembre. El mundo exterior estaba a punto de cambiar para siempre, pero en ese rincón de oscuridad y sintetizadores, el tiempo se había detenido. Por primera vez, la música que había habitado en mis audífonos cobraba carne, hueso y una magnitud colosal. Estaba vivo, estaba ahí, y el resto del mundo simplemente había dejado de existir.


Youtube link (usuario: Flame-XIII)

Leave a Reply

Your email address will not be published. Required fields are marked *