
Estoy viajando en el tiempo, soy un espectador anacrónico de la magnificencia imperial.

El frío implacable, se colaba por los resquicios del vehículo como un cuchillo helado. No era solo el aire; era la tierra misma la que parecía exhalar un aliento gélido.

La fotografía que yo anhelaba no admitía tales distracciones; necesitaba el alma desnuda de la arquitectura, no su versión comercial y ruidosa.

El viaje no fue un capricho, fue una revelación. Se manifestó como la única grieta posible en una pared que cada mañana se sentía más alta y más gris.

Sus pasados, agrietados por inviernos solitarios y errores de juventud, crujían al contacto, recordándoles que antes de ser “nosotros”, habían sido naufragios individuales.

El mundo exterior se vaciaba mientras la vida ocurría a unos pocos metros, detrás de cristales que me devolvían mi propio reflejo de derrota.