
El viaje no fue un capricho, fue una revelación. Se manifestó como la única grieta posible en una pared que cada mañana se sentía más alta y más gris.

Sus pasados, agrietados por inviernos solitarios y errores de juventud, crujían al contacto, recordándoles que antes de ser “nosotros”, habían sido naufragios individuales.

El mundo exterior se vaciaba mientras la vida ocurría a unos pocos metros, detrás de cristales que me devolvían mi propio reflejo de derrota.