Siderea

Ocurrió en el siglo pasado, con nombre y textura supe de inmediato que ella marcaria el compás de todo lo que vino después. En ese momento mi vida era simple, solo tenía una amante más o menos disponible, alguien con quien no había promesas ni continuidad, y yo estaba bien con todo eso, o al menos me lo repetía. No esperaba nada más. No imaginaba que algo extraño, distante de mi realidad, fuera capaz de alcanzarme. Uno cree tener claro hasta dónde llega su vida, y de golpe aparece algo que no estaba en el plan, y ahí queda uno, tratando de entender qué fue exactamente lo que pasó. 

Una nueva era se asomaba, o tal vez ya estaba metido hasta el fondo entre nosotros, y yo, incauto, pensé que la transición sería tan simple como tirarse un pedo sin pedir permiso. Pero no. Todo se convirtió en un desmadre con los compañeros de piso que tenía en ese entonces y mis desordenes propios.  

Era víspera de año nuevo. Tenía un plan más o menos armado, algo que quizás podía salir bien, y confiaba en que la energía del momento jugara a mi favor. Pero fue exactamente al revés. 

Desde temprano se sentía raro el ambiente en el piso, como si todos cargáramos con expectativas distintas y nadie las hubiera puesto sobre la mesa. Yo tenía mi idea de cómo debía ir la noche, ellos tenían la suya, y ninguno se molestó en preguntar. Como siempre pasa, terminaron destapando cosas que llevaban semanas fermentando bajo la superficie parecía. 

Yo seguía aferrado a mi plan, convencido de que si me mantenía en curso todo terminaría acomodándose solo. Mientras yo trataba de sostener mi versión ordenada de la noche, el piso entero se iba llenando de un ruido distinto, de tensiones que no tenían nada que ver con el año nuevo pero que eligieron justo esa noche para explotar. Y ahí estaba yo, en medio de la cuenta regresiva, dándome cuenta de que ni el nuevo siglo ni mi plan iban a llegar como los había imaginado. 

Aquella tarde tocaron a mi puerta un par de rostros que no me decían nada, dos tipos que jamás había visto, tenían cara de estar buscando algo. Me preguntaron si hablaba español, y les dije que sí, que esa lengua materna la llevaba tatuada, que accedía a ella con una ferocidad casi instintiva. 

En ese lugar, el español brillaba por su ausencia. Se escuchaban mil jergas distintas, un balbuceo de acentos y lenguas cruzándose por los pasillos, menos el mío. O sea, tenía ahí una especie de exclusividad involuntaria, un monopolio idiomático que nadie me había pedido pero que igual cargaba conmigo. 
Y esa exclusividad, según me contaron después durante una velada —entre copas y confesiones a medias—, me daba un estatus un poco más agraciado que al resto, como si hablar la lengua “correcta” en ese momento y lugar equivaliera a llevar una especie de ventaja invisible, un salvoconducto que yo ni siquiera sabía que portaba. 

Ese par de tipos venían acompañados de una chica al costado, ella tenía facha de no ser local extrañamente. Se veía tratable y risueña, de esas presencias que iluminan un pasillo sin proponérselo. 
De repente se acercó hacia mí y me habló en mi lengua ex materna de aquel entonces, con una naturalidad que no dejaba espacio para la timidez. 

—Hola, ¿cómo estás? Me han dicho que tú hablas español. Mucho gusto, soy Maha. ¿Y tú? 

Su voz tenía ese tonillo cálido, medio cantadito, que más o menos delataba de dónde podría venía sin necesidad de preguntarle nada. Una pronunciación de esa Iberia sumergida, un dejo que sonaba entre impostado y encantador, un poco fingido tal vez, pero agradable al oído, de esos que se perdonan enseguida. 
Yo, todavía procesando la escena —los dos desconocidos, la puerta, el dialecto perdido entre tantos otros—, apenas atiné a sostenerle la mirada mientras ella esperaba mi respuesta con una sonrisa fácil, de esas que no cuestan nada pero que se quedan rondando después. No sabía todavía que ese saludo tan simple, tan de trámite, iba a ser el principio de algo que no tenía forma de anticipar. 

Me paso los siglos vividos en un instante.

Le respondí con impericia, como quien no está seguro de si está soñando o si de verdad le están hablando en su propia jerga después de tanto tiempo rodeado de sonidos ajenos. 

—¡Hey! —le dije, con más entusiasmo del que pretendía mostrar—. Claro que sí, hablo español. Por cierto, me dicen “el intruso”, ni me preguntes por qué —solté después, medio en broma, medio en serio, como quien suelta una confesión sin darle demasiada importancia—. Y sabes qué, conviene seguirles la corriente a estos compañeros de hostal, aquí cada quien tiene su distintivo y su cruz. 

Ella soltó una carcajada corta sin filtro, y me clavó la mirada. 

—Eres pendejo a primera vista —me dijo, sin ninguna piedad—, pero me agrada estar aquí conociéndote. 

Y esa frase me cayó como el clásico balde de agua fría que todo el mundo menciona cuando las cosas se ponen en ascuas, cuando uno ya se sentía cómodo y de repente alguien te baja de la nube de una sola patada. No supe si reírme o quedarme callado asimilando el golpe. 
Ahí estaba yo, con mi apodo estúpido y mi ego recién pinchado, mientras ella seguía sonriendo como si acabara de ganar algo, como si esa combinación de insulto y cumplido fuera su forma particular de romper el hielo. Y funcionó, definitivamente.
Porque en vez de sentirme ofendido, sentí esa curiosidad rara que aparece cuando alguien te desarma con dos frases y te deja con ganas de saber qué más tiene guardado. 

Sin previo aviso, la escena se sentía casi como un pequeño milagro doméstico y los dos tipos que la acompañaban se quedaron un paso atrás, observando el hecho con esa complicidad silenciosa de quien ya sabe cómo va a terminar la conversación. 

—¿de dónde eres? —le pregunte. 

—Soy del lejano oriente —contestó antes de dar media vuelta y alejarse. 

En ningún tiempo en la vida imaginé que llegaría a conocer a alguien de un lugar tan remoto, tan ajeno al mío, un territorio que solo había rozado a través de un par de canciones de Bunbury, esas letras que uno tararea sin saber bien de qué hablan hasta que la vida se encarga de ponerle rostro a esas palabras. 
Y sí, claro, siempre guardé la fantasía de recorrer algún día esas tierras, de empaparme un poco más de esa cultura que me llegaba solo en fragmentos, en ecos prestados, en referencias de segunda mano. Me atrevo incluso a confesar que, muy en el fondo, siempre cargué con ese extraño llamado árabe, una especie de eco heredado que nunca supe bien de dónde venía ni por qué insistía en quedarse. 

No tenía ni idea de que esa conexión, aparentemente casual, escondía entre sus telarañas una historia enterrada, algo que tarde o temprano iba a tener que mirar de frente. Como si el destino, con su humor particular, hubiera decidido tejer un hilo invisible entre ese pasado que yo apenas intuía y el presente que estaba a punto de vivir. 
Uno cree que ciertas cosas son solo curiosidad, capricho, gusto musical, y de pronto descubre que eran más bien señales, migajas de un camino que ya estaba trazado desde antes. 

A este punto ya no recuerdo bien qué siguió, la memoria se me deshilacha justo ahí. Creo que me atarantó la presencia de esos dos sujetos que la acompañaban, esa sombra constante detrás de ella que no terminaba de descifrar. Pensé, quizás, que uno era su novio, o su seguridad, o algún amigo con instrucciones de no perderla de vista. Y esa duda tonta, esa incertidumbre absurda, me webeo por completo, me nubló el cabeza justo cuando más despierto debía estar. 
Solo tengo claro, como un fogonazo entre la neblina, que en algún momento le solté algo tipo “eres de puta madre y me caes bien”, así, sin filtro, sin pensarlo dos veces, como salen las verdades cuando uno ya no tiene cabeza para editarse.

Ese día, como era costumbre en aquel rincón del edificio, tocaba beber, y qué mejor excusa que la llegada del año nuevo para justificar el desorden. Caray, la paciencia que debían tener mis ex vecinos para aguantar esas tertulias interminables, ese enredo constante de lenguas extrañas chocando entre sí, tratando de entenderse a puro gesto, buena voluntad y ese caos académico que de alguna manera terminaba funcionando. La noche se armaba sola, sin que nadie tuviera que planearla del todo.

Ahí estábamos todos, cruzando esa nociva calle como si fuera un ritual sagrado, cada quien, con su moneda en la mano, dispuestos a comprar litros de mala decisión disfrazados de celebración. 

Justo enfrente del edificio quedaba la “oficina del brebaje”, así le decíamos entre risas, ese changarro de mala muerte donde no tenías que caminar ni media cuadra para conseguir tu dosis de perdición. Unos pasos nomás, y ya tenías el cielo a tus pies, servido en botellones de plástico y con la bendición de la tía de turno. Pero ya se sabe, lo fácil casi siempre viene con la factura escondida. 

Esa tarde, justo después de terminar con las compras de última hora para la celebración de medianoche, me quedé un momento de pie esperando el ascensor. Con la mente en otro lado, perdido entre mis propias dudas y cavilaciones, levanté la vista un segundo y, de reojo, alcancé a ver que Maha caminaba exactamente hacia el mismo lugar. 

No dudé. Nunca dudé con ella, y eso ahora me pesa de una manera distinta. Algo en mí ya intuía que ese cruce no era casualidad, que la vida llevaba tiempo tejiendo ese instante sin pedirme permiso. 

Le dije un simple “hola, ¿qué haces?”, con esa naturalidad que a veces esconde los nervios mejor que cualquier discurso. Ella respondió con una amabilidad absoluta, y así, sin planearlo, empezamos a hablar. A su lado venía alguien nuevo, una presencia que se sumó a la conversación y que, sin saberlo aún, se convertiría en gran parte de esta historia. 

Porque a veces las cosas no tienen sentido en el momento, sino mucho después, cuando ya es tarde para actuar distinto. Y las personas que parecen responder a nuestro llamado, las que se detienen cuando las llamamos, no siempre están ahí por nosotros: muchas veces no son más que puentes, vínculos hacia otros destinos que ni ellas ni nosotros alcanzamos a ver todavía. 

—Maha —dijo, con esa naturalidad que solo tienen quienes no saben el efecto que provocan—, te presento a mi hermana… 

Ella tenía una sonrisa que superaba lo angelical, una de esas sonrisas que parecen escritas para desarmar a cualquiera sin previo aviso. La miré, y en ese instante su perfección me golpeó como una patada certera directo a los huevos del alma, dejándome sin aire, sin palabras, sin defensa posible. Caí —metafóricamente, aunque bien podría haber sido literal— derrotado ante su semblante, tendido en el suelo de mis propias certezas, con ese dolor dulce que solo provoca lo verdaderamente hermoso. 

Y ahí, todavía en el suelo, entendí que esa tarde no había terminado. Apenas comenzaba.

En ese momento sentí esa famosa frase de las mariposas en el estómago, o eran pulgas en el corazón, o abejas en la panza, ya ni sé cómo carajos era el dicho exacto, pero fuera cual fuera el bicho correcto, ahí estaba alborotándome por dentro sin pedir permiso. 
Me sentí extraño y contento a la vez, como si mi cuerpo no supiera bien si estaba en peligro o en el mejor momento de su vida —quizás ambas cosas al mismo tiempo.

Porque solo verla tan cerca, sentir su respiración mezclarse con el aire que yo también respiraba, bastó para dejarme completamente plasmado bajo su sombra. No hacía falta que dijera nada más. No hacía falta que pasara nada más. Bastaba con estar ahí, quieto, absorbiendo cada segundo como si mi memoria ya supiera que algún día necesitaría regresar a este instante exacto, a esta cercanía que no pedía explicaciones, solo presencia. 

Y así, entre insectos imaginarios revoloteando en mi pecho y su sombra cubriéndome por completo, percibí que había ciertas cosas que uno no elige sentir. Simplemente llegan, se instalan, y ya no hay forma de sacarlas de ahí.

—¡Hola! —Me dijo con una sonrisa, me llamo Estrella, en un dialecto extraño que mis oídos no reconocían pero que mi pecho tradujo al instante. No sé cómo, no sé en qué momento exacto mi cuerpo decidió entenderle sin necesidad de palabras compartidas, pero lo hizo. Y eso, contra toda lógica, me bastó. A veces entender no tiene nada que ver con el idioma, sino con esa rara sintonía que algunas personas provocan sin esfuerzo alguno. 

Y entonces se fueron. Las dos hermanas, caminando como si nada hubiera pasado, como si no hubieran dejado detrás a un hombre completamente desarmado. Yo me quedé ahí, con mi sensor masculino —ese que se supone debería avisarme, protegerme, ponerme en alerta— completamente colapsado, incapaz de procesar lo que acababa de suceder. Desplomado, no físicamente esta vez, sino por dentro, con esa certeza extraña que a veces llega sin pedir permiso. Esa sensación de haber encontrado, sin buscarla, a la persona capaz de mover cada uno de mis cimientos, de esos que uno cree bien construidos hasta que alguien llega y demuestra lo contrario.

Y me quedé así, viéndola alejarse, sabiendo que algo en mí ya no volvería a acomodarse de la misma forma.

Esa noche el edificio entero se convirtió en un espectáculo que ni el mejor guionista hubiera podido fantasear. Pasó de todo. Peleas que surgían de la nada y morían igual de rápido, bailes improvisados entre desconocidos que en cualquier otro contexto ni se hubieran mirado, rituales medio en broma medio en serio que alguien empezó y todos terminaron siguiendo sin preguntar por qué. Parejas que se rompieron ahí mismo, a mitad de pasillo, con gritos que se mezclaban con la música. Otras que se formaron esa misma noche, casi como si el año viejo quisiera dejarnos claro que todavía tenía sorpresas guardadas antes de irse. Fue, sin dramatizar, una batalla campal. Un caos sublime y ridículo al mismo tiempo. 

Los motivos exactos de todo lo que pasó esa noche se me escapan. Hay cosas que uno vive tan rápido, tan metido en el momento, que después no logra reconstruir el hilo completo. 

Tuvo que pasar todo esto para llegar hasta aquí, o tal vez, de una u otra forma, lo que vino después terminó pesando en lo que pasó. 

Nos topamos con un tipo bastante peculiar en la tiendita frente al edificio —digo ‘nos’ porque iba con un amigo— y, para colmo, el muy descarado tuvo la conchudez de agredirnos solo por no darle sencillo para la cerveza. Así de simple, así de absurdo. Bastó eso para que la cosa escalara sin mucho orden ni lógica. Y como si el ambiente ya estuviera cargado, esperando cualquier chispa, ese pequeño alboroto terminó contagiando al resto de la gente que, minutos antes, solo estaba ahí afuera, copa en mano, esperando tranquilamente la cuenta regresiva. 
En cuestión de segundos, lo que iba a ser una recepción de año nuevo tranquila se transformó en un desmadre colectivo, con todo el edificio metido en su propia versión del caos. Una cojudes heroica que termino antes de que empezara.

Es que esa noche parecía que todo encajaba, como si el cosmos hubiera decidido acomodar las piezas justo cuando recién empezaba a moverse. 
Permanecía cerca del ascensor, con el episodio aun retumbándome en la cabeza, impaciente por mi golpeado amigo que seguía demorándose afuera. Me dejé caer en la entrada, atrapado en ese vaivén de cansancio y adrenalina, hasta que la distinguí recortándose a lo lejos, caminando sin apuro. Estrella. 

Quedé mudo. Completamente desconectado de cualquier palabra en cualquier sermón que hubiera aprendido en mi vida y olvide por completo lo acontecido. Me levanté de un salto, como si el cuerpo reaccionara más rápido que la razón, e intenté hablarle sin tener la más mínima idea de cómo carajos me iba a hacer entender. No lo pensé, simplemente me lancé, me mandé como pescado recién sacado del agua, directo a la sartén hirviendo, sin salida, sin plan, solo con las ganas. 

Intenté con mi inglés delicado —delicado siendo generoso, la verdad era más bien un manoteo de palabras sueltas mal acentuadas—, pero no funcionó. 
Ahí, parado frente a ella, sintiéndome el hombre más torpe del edificio, pensé que las ganas de comunicarse no siempre alcanzan cuando el lenguaje decide no cooperar. 

Estrella se acercó, sin apuro, como si ya supiera exactamente lo que había que hacer. Y me abrazó. Fue un abrazo de buena fe, sin dobleces, de esos que se dan pocas veces en la subsistencia y que uno reconoce de inmediato como genuinos. No hicieron falta palabras claras, ni siquiera un idioma compartido; con la más delicada intención, su cuerpo pareció transmitirme algo que iba más allá de la expresión, una especie de vibra interna que llegaba directo, sin traducción, diciéndome sin decir: sé lo que pasó, ¿estás bien? Ven, te ayudo a subir a tu habitación. 

Y yo quedé completamente reducido. Hay algo instantáneo en ciertos encuentros que todavía hoy me cuesta descifrar, una especie de reconocimiento que no pasa por la razón ni por la lógica, sino por algo más profundo, más antiguo. Y desde el fondo de mi realidad, lo necesitaba. Exigía justo eso, ese abrazo, esa calma, esa presencia que llegaba en el momento exacto en que todo lo demás era ruido y golpes y confusión. 

Le dije, casi sin pensarlo, que el ascensor no, que mejor subiéramos por las escaleras hasta el séptimo piso, donde vivía. No fue por cansancio ni por caballerosidad, si soy honesto conmigo mismo: en mi mente solo había un pensamiento, egoísta y sincero a la vez, el de querer estirar cada segundo posible a su lado, de multiplicar los escalones si hubiera sido posible, de hacer que ese trayecto durara toda la noche si el edificio me lo hubiera permitido. 

Subimos entonces, peldaño a peldaño, en silencio la mayor parte del camino, pero un silencio que no incomodaba, todo lo contrario, se sentía como una conversación distinta, hecha de pasos lentos, de miradas breves, de esa complicidad extraña que nace entre dos personas que no comparten idioma, pero sí algo mucho más difícil de encontrar. 

Mi habitación era un desastre, un caos que solo tenía sentido para mí. Cosas acumuladas sin razón aparente, reliquias que guardaba como quien guarda escombros de versiones pasadas de sí mismo, sin saber bien para qué servían ni por qué no las botaba. Objetos que hablaban de personas que ya ni recordaba del todo, presencias que en su momento significaron algo y que ahora solo ocupaban espacio, como fantasmas domésticos. Y flotando entre todo eso, voces —las mías, las de otros, ya ni sabía— que murmuraban ese respaldo constante hacia mi propio mundo antisocial, ese rincón que había construido para no tener que explicarle nada a nadie. 

Sabía, con esa certeza incómoda que a veces uno prefiere ignorar, que aquello no duraría mucho. Que cualquier desliz, cualquier paso en falso o simplemente sincero, podía convertirse en el punto exacto de partida hacia otros rumbos. Otros parámetros. Otras personas. Otra novia, quizás, esperando en algún futuro cercano que yo todavía no quería mirar de frente. Pero esa noche, por primera vez en mucho tiempo, decidí no pensar en eso. 

Esa noche me dejé ir. Sin calcular consecuencias, sin medir lo que vendría al día siguiente, sin la culpa habitual que suele acompañarme cuando actúo por instinto y no por la cabeza. Simplemente estuve ahí, presente, dejando que el momento fuera lo único importante, aunque supiera —en el fondo, siempre lo supe— que probablemente esa misma decisión terminaría reescribiendo cosas que todavía no estaban listas para cambiar. 

La estrella de la noche no dejó de brillar ni un segundo. Y digo estrella con toda la intención, porque en ese momento no supe si hablaba de ella o del cielo que probablemente ni miramos, ocupados como estábamos en mirarnos solo a nosotros. Entre sus vocablos, esos que yo no entendía del todo pero que sentía perfectamente, ella encontró la forma de explicarme lo que le pasaba. Y lo curioso, lo casi imposible de creer, fue que era exactamente lo mismo que me pasaba a mí. No hicieron falta traducciones exactas ni diccionarios. 
Hay sensaciones que se entienden, aunque las palabras lleguen en otro dialecto, porque el cuerpo y la mirada dicen lo que la lengua no alcanza a nombrar. 

En tan pocas horas —apenas unas horas, ridículo pensarlo ahora en retrospectiva— se había armado una conexión brutal, de esas que no piden permiso ni avisan con anticipación, que simplemente aparecen y se instalan como si llevaran ahí toda la vida esperando el momento correcto para manifestarse. No hubo tiempo de dudar, ni de analizar, ni de aplicar la lógica de siempre. Solo hubo espacio para sentir, para dejarse llevar por esa corriente extraña que conecta a dos personas cuando menos se lo esperan, cuando el resto del mundo —las peleas de esa noche, el edificio en caos, la incertidumbre del día siguiente— simplemente dejó de importar. 

Y ahí estábamos, ella y yo, rodeados por las incoherencias de mi habitación, hablando sin hablar del todo, entendiéndonos sin entender completamente, construyendo en cuestión de minutos algo que normalmente toma meses, quizás años. Como si el tiempo, esa noche, hubiera decidido comprimirse solo para nosotros. 

Se quedó un rato en mi hábitat improvisado, en ese refugio caótico que llamaba habitación, y entre sus manos sostenía unas hojas donde garabateaba palabras para poder entenderse conmigo. 
Recurrió al papel como quien recurre a un puente cuando la palabra se convierte en un abismo infranqueable. Y funcionó. 
Cada frase escrita, cada intento de traducir lo que sentía en símbolos que yo pudiera descifrar, se sentía como un pequeño regalo hecho a mano, algo mucho más íntimo que cualquier conversación fluida en un lenguaje compartido. 

Todo parecía tan preciso, tan calculado por alguna fuerza invisible, que el resto de la gente del piso fue desapareciendo de a poco, como si el universo estuviera despejando el escenario a propósito. Y así, casi sin darme cuenta, logré quedarme a solas con ella por un instante breve pero denso, cargado de esa complicidad silenciosa que solo entienden quienes la han vivido. 

Fue apenas un respiro, una pausa suspendida en el tiempo, hasta que la realidad decidió interrumpir. 

Porque entonces apareció Maha, acompañada de sus dos guardaespaldas de siempre, esos mismos rufianes que ya había visto antes rondando cerca, con esa actitud entre protectora e intimidante que solo tienen quienes cuidan a alguien importante. Y sin mucho preámbulo, sin darme tiempo a procesar del todo lo que estaba pasando, se la llevaron. 

Así, sin más. Como llega, se va. Y yo me quedé ahí, con las hojas garabateadas todavía en la mano, tratando de entender si lo que acababa de vivir había sido real o solo un espejismo fabricado por la adrenalina de la noche. 

Nunca supe, y quizás nunca lo sabré del todo, si aquella primera impresión con Maha significó para ella algo más que un simple cruce casual, un saludo sin mayor peso. Ni siquiera sé si hubo, en algún instante fugaz, una chispa que después se apagó sola, desviándose sin aviso hacia su hermana, como si el destino hubiera cambiado de idea a mitad de camino y decidiera reacomodar las piezas sin consultarme. 

No lo pensé así al principio, cuando todo era demasiado nuevo, demasiado vertiginoso como para andar analizando intenciones ajenas. Tampoco lo pensé al final, cuando ya el momento había pasado y solo quedaba la anécdota, ese recuerdo que uno guarda medio borroso, medio idealizado. 

Ya casi era medianoche con ese año nuevo en la puerta y ese reloj en la pared que corría sin piedad, ajeno por completo a mis dudas internas, mientras los asistentes a esa especie de vigilia anual que se arma cada 31 de diciembre rondaban las esquinas del edificio, buscando algo de regocijo y bienestar en medio de la noche invernal. 

Abajo, en la recepción del primer piso, se había organizado una pequeña reunión para todos los forasteros que vivíamos ahí, una especie de tregua improvisada entre dialectos opuestos y costumbres distintas, unidos solo por la coincidencia de estar lejos de casa esa noche. Y claro, al rato decidí bajar. No hacía falta preguntarme por qué; en el fondo ya sabía la verdadera razón: la posibilidad, aunque remota, de volver a verla. 

Estaba completamente ido, como si mi cabeza hubiera decidido tomarse la noche libre y dejar el control en manos de algo más instintivo. Y lo curioso es que, por primera vez en mucho tiempo, mi presentimiento parecía estar jugando a mi favor. Nunca antes me había pasado eso, esa sensación extraña de que las cosas, por una vez, podían salir bien. Sentí que debía hacerle caso a ese décimo sentido —ese que aparece pocas veces y que uno aprende a reconocer solo después de ignorarlo demasiadas veces— y enfrentarme, de una vez por todas, a la pregunta incómoda de si realmente era capaz de ser quien decía ser frente a una Estrella fugaz de invierno, de esas que aparecen una sola vez y que uno sabe, desde el principio, que no se quedarán mucho tiempo. O simplemente marcharme del todo. 

Difícilmente llegué al primer piso, rodeado de miradas extrañas, analicé el panorama sin saber muy bien cómo reaccionar. “Todo esto es surrealista”, pensé, sintiendo que cada detalle a mi alrededor se volvía cada vez más incomprensible. 
Nunca había presenciado una danza oriental; de hecho, ni siquiera estaba en mis planes. Quizá, como mencioné antes, esto habitaba en algún rincón de mi subconsciente, pero aquella noche logré ver mucho más allá de lo indudable. 
Apenas crucé el pasillo de la recepción, la encontré ahí, dejándose llevar con total soltura por los movimientos de una danza árabe. Era un compás que me resultaba completamente ajeno, pero que, de algún modo, me atrapó desde el primer instante, volviéndose extrañamente cautivador. 
Eran movimientos que escapaban por completo de mi rígida estructura mental, sacudiendo mis esquemas y despertando en mí una curiosidad inevitable por comprender de qué estaba hecha aquella mujer. 

—Ven —me indicó con un gesto imperceptible de la mano, invitándome a sumarme en plena danza. Yo, ni loco. Con la pesada sombra de varios matones merodeando y el altercado que acabábamos de protagonizar afuera del edificio, lo único sensato que podía hacer era guardar distancia. Eso creía, al menos. Pero la realidad decidió burlarse de mis precauciones. 
Sin pensarlo demasiado, me lancé al ruedo y me uní a ellas. Hice el ridículo, por supuesto, pero al final nadie me quito lo bailado, y lo mejor de todo fue ver la sonrisa de satisfacción en su rostro al notar que al menos lo estaba intentando. Una auténtica danza de los cristales, entre el peligro latente y la torpeza de un instante inolvidable. 

No sé bien por qué engranaje invisible, pero a pesar de todo seguíamos entendiéndonos, sintonizando en un idioma secreto que solo nosotros parecíamos hablar. 
En un instante fugaz, una corriente eléctrica me recorrió por dentro: lo único que deseaba en ese momento era besarla y borrar del mapa todo lo demás. Una urgencia ciega que brotaba desde lo más hondo y me empujaba hacia sus labios. Es de esas certezas viscerales que uno experimenta de pronto, chispas intensas que el sentido común suele apagar a tiempo, dejándolas en el tintero, atrapadas en el limbo de lo no consumado. 

Y, por supuesto, con esa cobardía que a veces me gana, me quedé quieto, incapaz de dar el paso. 

Me detuve a mitad del camino, elegí la prudencia y, al final, me marché con las manos vacías y el pecho extrañamente harto de silencio, cargando con el peso invisible de lo que pudo ser y se quedó en el aire. 

Aquella noche el sueño me dio la espalda por completo, a pesar de que los pasillos del edificio aún vibraban con el eco de la fiesta, incitándome a prolongar el festejo. Sin embargo, tras los compases de la danza, la estrella de la noche se había retirado a descansar; sin ella, el brillo se había apagado, dejando el ambiente vacío de motivos para seguir celebrando. No quedaba nada más que hacer allí, así que opté por arrastrar mis pasos hasta la soledad de mi habitación. Lo que siguió fue una madrugada interminable, una maratón de pensamientos y desvelos donde las inquietudes se amontonaban y mi mente proyectaba secuencias de películas ajenas, pero con guiones propios, imaginando mil finales distintos para una misma historia. 
Desperté pasado medio día con el alma completamente gastada y el cuerpo adolorido, pagando la factura física y mental de una noche que se negaba a terminar. 

Afuera, la luz de enero era un blanco cegador que esculpía la nieve acumulada bajo un sol frío, incapaz de templar el ambiente. Adentro, la inercia me vencía por completo; no quedaban fuerzas para nada, salvo para cargar con el peso de mi propio cuerpo postrado en la cama, todavía atrapado en el recuerdo de aquella anoche. 

Estrella poseía exactamente aquello que la vida me arrebató sin previo aviso y lo que mi alma, con una urgencia ciega, supo buscar desesperadamente en los atardeceres de ayer. Era una rara y frágil contradicción hecha persona: la libertad indómita de un ave de paso que, por capricho del destino, decidió posarse un instante en mi ventana, trayendo consigo el aroma cálido y otoñal del café mezclado con un sutil rastro de nuez moscada. Poseía unas manos de paciencia infinita, tan dóciles que parecían hechas a medida para curar mis temores, y una sonrisa que desafiaba cualquier lógica, siendo la única capaz de iluminar por completo mi propio universo. En aquellos días, cuando la escarcha del desencanto congelaba mis adentros, ella lo era absolutamente todo para mí; fue la cálida y esquiva primavera que vino a florecer, de manera tardía, en aquel interminable y solitario invierno de mi siglo anterior. 

Ella vivía a casi diez horas de distancia en tren, anclada en otra realidad y en otro tiempo, y apenas estaba de paso por mi ciudad visitando fugazmente a una amiga que, por esas ironías inexplicables del destino, vivía exactamente en mí mismo edificio. Sin buscarlo, con la sola complicidad de las casualidades más hermosas y crueles de la vida, estaba justo ahí, en el tramo preciso, para encontrarla. 

Pero la memoria terca y doliente, aún guarda intacto el eco de lo que vino después. 

Por la quietud de la noche siguiente, un golpe suave y tembloroso rompió el silencio de mi puerta. Era ella. Estaba sola, con el alma a flor de piel y los ojos anegados en lágrimas silenciosas que rompían su frágil compostura. En aquel primer instante, ante la desolación de su mirada, mi corazón se encogió temiendo lo peor, incapaz de descifrar el malestar que arrastraba; un misterio que solo el peso de los días posteriores terminaría por revelarme con toda su melancolía. 

Se acercó a mí con una lentitud desesperada, tan cerca que pude respirar su alma desnuda, el temblor de su aliento y la profunda tristeza que la habitaba, lo suficientemente cerca como para susurrarle al oído lo inmenso, lo sagrado que era sentirla a mi lado. Entonces, rompiendo la distancia, me habló en un español suave y quebrado, mirándome fijamente a los ojos como si quisiera grabar mi rostro en su memoria para siempre.

—Búscame —me gimió. 

Me dejó un papel con el número telefónico del lugar efímero donde se hospedaba, el refugio temporal de su regreso a casa, y de la ciudad lejana donde vivía. Y, sin darme tiempo a retenerla se fue, dejándome con el eco de sus pasos desvaneciéndose en el pasillo y el vacío helado de su ausencia.

Y se marchó. 

Todo ocurrió caprichosamente en ese año nuevo, en un poblado lejano, perdido entre personas cuyos rostros jamás volví a ver, rodeado de lenguas ajenas y de amantes fugaces en la penumbra. 
A pesar de todo, ignorando el frío y la deriva en la que vivíamos, sucedió lo inevitable: la distancia terminó por romperse y nuestros mundos, por fin colisionaron. Sucedió lo inevitable. 

Viajé, la busqué… y, contra todo pronóstico del tiempo y del olvido, la encontré por un momento.