Venga de donde venga, y sin importar el precipicio hacia el que me dirija, acepto que las leyes de la estría temporal han sido sobrescritas.
No hace mucho, habitaba un presente donde el silencio era la única moneda; creía fervientemente que debía custodiar mis desenvolturas, enterrarlas bajo llave y esperar a que un “otro” providencial -un ente del destino- llegara a reclamar el peso de mis furtivos.
Hoy arrojo mis descaros a la red, esa dilatada arquitectura de ecos, sin el menor temor a su carácter efímero. No me interesa cuánto tiempo sobrevivan estas palabras en el flujo eléctrico del ciberespacio; lo que importa es que el mensaje ha dejado de ser una carga para convertirse en un pulso.
Lo que antes era una roca asfixiante, hoy es una fibra ligera, una brisa apta para el vuelo, un testimonio listo para ser habitado por otros.
Bajo esta nueva ciudad, me embarco en una odisea de ecos y distancias. Me sumerjo en viajes que no tienen mapa, donde la melodía es la única brújula posible. Ayer, inicie este viaje hoy, y en la vibración de estas palabras, tú también te elevas conmigo. Porque al final, cuando los nudos se deshacen, lo único que queda es la música.