Veinte 1 

Sus manos no conocen la aspereza de la tierra ni el rigor del invierno; son dóciles y leves, como pétalos de gardenia que se despliegan con el primer roce del amanecer, aún húmedos por el rocío. Poseen esa extraña virtud de la calma, una quietud que parece detener el pulso acelerado de una ciudad que se desmorona. 

En aquellos días donde el aire pesaba y la incertidumbre marcaba el ritmo de una existencia agridulce, su sonrisa era el único faro capaz de despejar la bruma de la tarde. En medio de los “tiempos del cólera” —donde el miedo y la pasión se confundían en los vestíbulos—, verla sonreír era presenciar un milagro cotidiano; era el sol abriéndose paso entre las nubes de tormenta para rescatar el día. 

Ella habitaba en las afueras, en una casa que olía a madera vieja y jazmín, lo suficientemente cerca del pueblo para escuchar las campanas, pero lo bastante lejos para ignorar su caos. Allí, desde su ventana, podía observar la plaza principal donde Él se entregaba a su papel más recurrente. 

Él no era un hombre de paz, sino un mártir del día. Se paseaba por las calles empedradas cargando culpas ajenas y sacrificando su propia dicha en el altar del qué dirán, jugando a ser el héroe de una tragedia que nadie le había pedido escribir. Mientras ella era la suavidad que reconciliaba al mundo, él era el eco de una lucha interna, buscando redención en cada rincón del pueblo, sin saber que la verdadera paz lo esperaba a unos pocos kilómetros de distancia, en la dócil caricia de unas manos que aún no se atrevía a tocar. 

No es tarea sencilla amalgamar dos entes en uno solo, especialmente cuando ambos llegan al encuentro con la superficie llena de fisuras. Unir dos almas no es como juntar dos gotas de agua que se reconocen al instante; se parece más a la kintsugi japonesa: el arte de pegar piezas de cerámica rota con hilos de oro. 

Sus pasados, agrietados por inviernos solitarios y errores de juventud, crujían al contacto, recordándoles que antes de ser “nosotros”, habían sido naufragios individuales. 

Todo comenzó bajo la máscara de la ligereza. Se propusieron un juego de adultos que fingen ser niños, una tregua frente a la seriedad del mundo. Jugaron a las miradas furtivas, a las promesas de papel y a las risas sin causa. Pero en la mitad de aquel recreo, la magia —esa fuerza antigua y caprichosa— decidió interponerse. 

Sin pedir permiso, la balanza se inclinó. El divertimento dio paso a un sentimiento de corte medieval, una devoción anacrónica de caballeros y damas que no buscaban la gratificación inmediata, sino la lealtad absoluta bajo el cielo de los tiempos de pasión. 

No era un amor moderno, desechable; era un vínculo forjado en el yunque del destino, pesado y eterno. 

Ambos comprendieron que habían cruzado el punto de no retorno. El instinto, esa brújula interna que no sabe de mapas, los empujó hacia una ruta indefinida. 

En ese silencio, el sentimiento medieval brotó con una fuerza violenta y anacrónica. No fue un deseo carnal o un capricho pasajero; fue una rendición. Él dejó de jugar al martirio para convertirse en un guardián, y ella, con sus manos de pétalo, sintió que ya no solo sostenía flores, sino el peso de un destino compartido. 

La Alegría se manifestaba en la luz de los campos y en la suavidad de las manos de ella, prometiendo una realización que antes parecía un mito. 

Las Piedras eran los restos del presente, los compromisos, los miedos heredados y las sombras que acechaban en el pueblo. Piedras puestas ahí no para detenerlos, sino para poner a prueba la firmeza de su paso. 

Sabían que el camino no sería llano. Cada paso hacia su realización personal exigía sortear los obstáculos que el presente les lanzaba a los pies, entorpeciendo ese deseo de fundirse en un solo cuerpo, en una sola historia que desafiara la lógica de su tiempo. 

“El amor no es solo la unión de dos perfecciones, sino el abrazo de dos fracturas que deciden encajar.” 

Las manos de ella, dóciles al amanecer, se cerraron con firmeza sobre las de él, no para atraparlo, sino para sostenerse mientras el mundo, con toda su lógica y su cólera, intentaba separarlos. 

El tiempo, ese viejo escultor de destinos, finalmente ha dejado de restar para empezar a sumar. Aquellos planetas que durante años orbitaron en trayectorias errantes, cargados de historias de amor inconclusas y suspiros al aire, parecen haber encontrado por fin su centro de gravedad. Se han alineado con la precisión de un mecanismo de relojería antigua, permitiendo que florezca entre ellos un sentimiento que no sabe de estaciones, sino de permanencias. 

Su historia posee el tinte dramático de los amantes de televisión o los folletines de líos imposibles, donde cada encuentro es un desafío a la lógica. Sin embargo, lo de ellos trasciende la ficción. A pesar de los arrebatos del día, de las tormentas cotidianas y de las grietas del pasado, han logrado perdurar. No han pasado días, sino siglos; se han amado en otras vidas, en otros cuerpos, a su propia manera —caótica y sagrada—, pero obstinadamente juntos. 

Ella se ha convertido en la encarnación de una Julieta que ha aprendido a leer entre líneas. Ya no es la joven trágica del drama original, sino una mujer que resuelve el enigma de su propia amargura y felicidad con la paciencia de quien conoce el final de la historia. Se instala en el balcón de su existencia, con la mirada fija en el horizonte, transformando la espera en un acto de fe. 

Desde allí lo ve venir a Él. Lo reconoce a lo lejos por su andar errante, un amante que llega siempre ajetreado por su propia inconsistencia existencial. Él carga con el peso de sus dudas y las batallas que libra contra sus propios fantasmas, caminando a veces un paso adelante y dos atrás. Pero, al levantar la vista y encontrar los ojos de ella, todo ese ruido interno se silencia. 

Él es el caos buscando refugio; ella es el balcón que sostiene el mundo. A pesar de que él llegue con el alma desaliñada y el espíritu cansado, la ama con una fuerza que desmiente cualquier duda. En ese intercambio de miradas se sella el pacto: la inconsistencia de él se rinde ante la serenidad de ella, y en ese espacio compartido, las piedras del camino se vuelven polvo, dejando solo el rastro de dos entes que, por fin, han aprendido a ser uno solo.

Hay un inventario de instantes, un archivo de susurros y madrugadas, que solo un puñado de estrellas privilegiadas conoce. Mientras el resto del mundo ignora la magnitud de lo que se ha gestado entre ellos, ambos guardan el mapa de una travesía que nadie más sabría interpretar. No solo han caminado; han tenido que sobrevolar abismos, elevándose por encima de los tropiezos y las ruinas de sus propias historias para coincidir, finalmente, en este presente compartido. 

Su conexión es un mecanismo perfecto de sintonía: Él le escribe con la urgencia del que encuentra una verdad; ella lo lee con la devoción de quien reconoce su propio nombre en la caligrafía ajena. Se escuchan con los ojos y, en un parpadeo de luz, logran entenderse para siempre, como si el lenguaje hubiera sido inventado solo para que ellos dos pudieran descifrarse. 

Hoy, Él muestra las huellas del rigor; tiene las manos agrietadas por el frío mordaz del norte, surcadas por el invierno de la vida. Su semblante conserva el mismo brillo de sustento y asombro que el primer día. 
En su memoria, el tiempo no ha transcurrido: ella sigue ahí, suspendida en aquel recuerdo fundacional. 

La ve caminar frente a él en medio de un tumulto irrelevante, una marea de gente que para él no era más que estática borrosa. Ella destacaba con aquel jean color blanco y unos tacones que desafiaban la gravedad, a punto de quebrarse, pero firmes en su elegancia. Ese contraste entre la fragilidad de sus pasos y la seguridad de su presencia fue lo que lo encadenó a ella para siempre. 

Lo que viven no es una novedad, sino una herencia. Es el ayer que sobrevive con terquedad en sus abrazos y el mañana que habita fielmente en el pasado de sus vidas encarnadas. Son dos almas que se han buscado en diferentes siglos, bajo diferentes nombres, pero con la misma promesa. Lo que hoy se manifiesta como un encuentro cotidiano es, en realidad, el eco de una unión milenaria que ha decidido, una vez más, hacerse carne en el presente. 

“No son dos extraños conociéndose, sino dos memorias que finalmente han logrado recordarse.”

Un día como hoy también es veintiuno.